¿Cuándo dejó Gibraltar de ser español?

El encuentro entre González Laya y Fabián Picardo vuelve a poner de actualidad un tema recurrente en la historia moderna de nuestro país

Ciudadanos ondeando banderas en el acto político de la celebración del Día Nacional de Gibraltar
Ciudadanos ondeando banderas en el acto político de la celebración del Día Nacional de Gibraltar

Aunque Sergio del Molino nos mostró en “Lugares fuera de sitio” (Espasa) que las plazas “especiales” dentro de la Península son más de las que pensamos, se puede seguir considerando que Gibraltar se lleva la palma. Es el más español de los suelos británicos y el más británico de los suelos españoles (nuestro por mera cercanía y no con la ley en la mano, claro). Cruzar la verja desde La Línea es introducirse en un lugar a medio camino entre dos culturas en el que el llanito hace que hasta el “hello” o el “goodbye” suene propio.

Pero es que la aventura de entrar en la ciudad del Peñón está desde el momento en el que, pasado el control de fronteras, el semáforo se pone en rojo para que pase un avión. Sí, un avión. La pista de aterrizaje y despegue es lo primero que uno pisa al entrar en este istmo. Luego ya viene esa inmersión en una atmósfera “british” aderezada con la soltura andaluza. Una mezcla que tiene su origen hace más de tres siglos. Concretamente, desde que España perdió el control de la roca a principios del XVIII.

En 1704, durante la Guerra de Sucesión española, una flota anglo-holandesa se hacía con la ciudad de Gibraltar en nombre del archiduque Carlos de Austria y dentro de la campaña de este para convertirse en rey de España. Comenzaba una ocupación que se confirmaría de forma oficial una década más tarde con uno de los puntos del Tratado de Utrecht.

Si en el primer apartado de este acuerdo, firmado el 11 de abril de 1713, estuvieron presentes Francia, Gran Bretaña y Países Bajos, habría que esperar tres meses más, hasta el 13 de julio, para que España entrara en escena. Allí, a Utrecht, llegaron los representantes de Felipe V (retenidos en París desde mayo de 1712 para que no interferir en las negociaciones). Los embajadores, el duque de Osuna y el marqués de Monteleón, llevaban unas instrucciones precisas: mantener Nápoles para su Corona o que “nación ninguna ha de traficar derechamente en las Indias ni ha de llegar a sus puertos y costas”.

Por asegurar las peticiones reales, los enviados españoles tuvieron que ceder a Gran Bretaña Gibraltar y Menorca (recuperada de nuevo en el Tratado de Amiens de 1802), además de amplias ventajas comerciales en el Imperio español de las Indias que venían a terminar con el monopolio comercial que había mantenido la monarquía hispánica para sus vasallos castellanos durante los dos siglos anteriores.