¿Qué son los puertos francos, que acumulan más obras de arte que la mayoría de museos del mundo?

«Tenet», la última película de Christopher Nolan, lo refleja muy bien: son paraísos legales y fiscales sobre los que no rige ninguna jurisdicción

Christopher Nolan es un genio en realizar ciencia ficción, pero siempre basándose en la realidad y sus realidades. De esta manera, quiere que el espectador reconozca que nuestro mundo está llenos de detalles que parecen fantasía para la comprensión lógica del ser humano, pero que son totalmente veraces. En este sentido, a muchos les ha sorprendido descubrir que uno de los aspectos de su última película, «Tenet», recién estrenada en España, está inspirado en algo que ocurre desde hace siglos. Se trata de los puertos francos del arte, espacios sobre los que no rige ninguna jurisdicción, paraísos legales y fiscales con tal cantidad de obras que suman más valor que la mayoría de los museos del mundo. Y, obviamente, están cerrados al público.

Aunque casi todos están bien escondidos y conocemos información al respecto, algunos han alcanzado una dimensión tan enorme que no se puede ni disimular su existencia. Es el caso del puerto franco más grande del planeta, situado en el barrio de La Praille de Ginebra (Suiza) y que tiene más de 130 años de vida. Según el último registro, en este almacén había alrededor de 1,2 millones de obras de arte. El Louvre, el museo más amplio de todos, cuenta con algo menos de 500.000.

Quizá usted está pensando que las piezas más relevantes no están en estos puertos francos, sino en el mencionado El Prado, el Metropolitan, el Hermitage... De hecho, conocemos los cuadros de pintores reconocidos mundialmente porque están expuestas en los museos. Sin embargo, hay otros que nunca han visto la luz o desaparecieron misteriosamente hace años. ¿Por qué? Porque están en estos puertos al margen del resto de la humanidad. Y tienen tanto valor artístico como las que protagonizan las colecciones de las pinacotecas más importantes del planeta.

Dame nombres, datos que lo demuestren, se estará diciendo. Pero es que no se puede. Tal es el secretismo que rodea a estos puertos francos que sabemos muy poco sobre lo que hay en su interior. Y, claro, los historiadores de arte pueden pensar, gracias a que las obras suelen estar fechadas, que determinados artistas tuvieron periodos de inactividad pero, probablemente, no estuvieron quietos, sin trabajar, sino que la pieza que elaboraron en ese tiempo permanece ocultas en uno de estos sitios.

Son el mayor peligro del mercado porque cualquier ricachón puede pagar por una pintura y para no abonar impuestos guardarla en uno de estos puertos. Es lo que se cree que ocurrió con el «Muchacho con pipa» de Picasso, que fue vendido en 2014 y no se sabe dónde está. Además, en las subastas no se tiene por qué revelar el nombre del comprador. Así que se dan todos los ingredientes para que el arte más valioso acabe encerrado en la cueva de Alí Babá y los 40 ladrones.

El «Salvator Mundi» de Leonardo da Vinci, la pintura más cara de la historia, fue vendida en 2017 en una subasta de Christie´s. Y desapareció durante dos años. Lo más probable es que estuviese en un puerto franco escondido. Pero si usted compra un cuadro tan caro es para presumir de él de vez en cuando o para apreciarlo en algún lugar privilegiado. Así que si es el propietario lo sacará del puerto por temporadas y puede cometer el error de hacerlo para exponerlo en una reunión en su yate y que vaya un erudito del arte que alucine cuando descubra que posee un Leonardo. De hecho, Mohamed Bin Salmán, el príncipe heredero de Arabia Saudita, tenía el «Salvator Mundi» en su lujoso barco cuando un especialista lo vio en 2019 y lo comunicó a las autoridades. Ahora, el príncipe asegura que está preparando una sala para exponerlo.

Una obra de arte no es una propiedad cualquiera, como un coche que puedes tener años y años en el garaje como si nada. A no ser que sea uno pintado por Velázquez, por ejemplo. Hay artistas que son patrimonio de la humanidad y, por lo tanto, su trabajo, también. Y, si está en venta, se puede adquirir, pero no hacerlo desaparecer de la faz de la tierra. Debe saberse dónde está, aunque sea el salón de tu casa, sobre todo, para asegurar la conservación del mismo. Por eso son tan peligrosos los puertos francos, son la excusa perfecta para que una obra se esfume como si nada y pueda acabar maltratada en manos de un particular.

Ese es el perfil del propietario, pero también está el del inversor (especulador). Lo tienen muy fácil gracias a los puertos francos. Solo tienen que comprar un cuadro y meterlo en uno de estos almacenes durante unos años sin pagar impuestos anuales. Durante ese tiempo, el mercado no parará de inflarse, se encarecerá y ya podrá vender esta pintura por un valor mucho más alto que el que pagó en su momento.

En este mismo sentido, los puertos francos favorecen que el mercado del arte se infle porque es muy fácil y barato realizar transacciones. Son secretas, libres de impuestos y al margen de cualquier registro policial. Así, con tan pocos obstáculos, la cantidad de compras y ventas se disparan en espiral sin fin con cifras cada vez más gordas porque el dinero fluye como la espuma y siempre hay alguien dispuesto a pagar una cantidad desorbitada que provoca que todo el mercado tengan que subir la apuesta. Es algo similar a lo que ha pasado con el fútbol, que, como el arte, entre traspaso y traspaso se iba encareciendo hasta alcanzar cotas económicas astronómicas, inimaginables hace solo una década.

Se preguntará, ¿y por qué las autoridades permiten que existan si son tan peligrosos? Pues porque un puerto franco es más normal de lo que imagina. Muchos aeropuertos y muelles lo son, los paraísos fiscales (de los que quedan cientos y cientos) también, las propias Islas Canarias tuvieron una Ley de Puertos Francos durante más de un siglo que liberaba de pagar impuestos por importación y exportación.

Curiosamente, relacionamos la economía sumergida con trabajos como la agricultura, los «cáncamos» en obras, en talleres, y con el mundo laboral. Sin embargo, también se mueve mucho dinero de forma «sumergida» en las actividades de glamour, y los puertos francos son el mejor ejemplo. Además, en este caso las consecuencias de la evasión fiscal no son simplemente económicas, sino también culturales. La sociedad deja de acceder a una enorme cantidad de obras de arte que no fueron elaboradas, precisamente, para permanecer confinadas en fríos almacenes a los que solo accede una superélite.

El “museo” de La Praille

Este puerto franco de Ginebra es tan grande y ha cobrado tanta fama que se conocen el nombre de algunas de las obras que esconde o ha escondido después de que la Policía investigase determinados patrimonios sospechosos de corrupción. Se trata de «San Sebastián», del Greco; «Les Noces de Pierrette» y «Petit Pierrot aux Fleurs», de Picasso; «Furor Penellis» de Miguel Barceló; «Triptyqye au graffitis + Quadriculat», de Antoni Tápies; «Lurra Circa 1980», de Eduardo Chillida; «Serpientes de agua II», de Gustav Klimt, y el «Salvator Mundi», de Leonardo da Vinci.