¿Por qué nos gustan los cotilleos y vamos al cine?

Juan Luis Arsuaga y Juan José Millas explican en «La vida contada por un sapiens a un neandertal» nuestro origen y explican por qué actuamos y nos comportamos de determinada forma

¿Por qué nos interesa lo que les sucede a los demás? ¿Por qué nos sentamos por la noche delante del televisor? ¿Por qué escuchamos los relatos de viajes de los amigos? ¿Por qué nos arreglamos para ir a una fiesta? ¿Estos comportamientos son modernos o por el contrario son inherentes al hombre desde nuestro origen? Juan Luis Arsuaga ha tratado de explicar la evolución y el origen de la vida al escritor Juan José Millás en «La vida contada por un sapiens a un neandertal» (Alfaguara), una larga conversación entre los dos que explican la relación del hombre con la naturaleza, la domesticación de los animales o nuestro carácter social. Juan Luis Arsuaga explica a este diario algunas de estas cuestiones mencionadas.

¿Por qué somos cotillas?

“Eso sí que está en la naturaleza humana. No hay que avergonzarse por ser cotilla. Es lo propio del hombre, porque somos una especie sociable y nos interesa saber de la vida de los demás, sobre todo porque en nuestra historia evolutiva ha sido vital la supervivencia del individuo y para que exista cierto funcionamiento del grupo tienes que estar al tanto de lo que le sucede a sus individuos. Para eso se dan diferentes elementos. Los cotilleos, también lo son «Madame Bovary» y «Ana Karenina», como los chismes de los vecinos, existen porque tenemos interés en qué le ocurre a los demás. Esto conduce a que queramos conocer cómo acaba «La dama de las camelias». Pero hay que procurar, claro, darle cierta profundidad y altura a los cotilleos. Pero este interés por los otros generó, por ejemplo, la ficción. Gracias a él producimos arte y literatura. Por eso no hay que denostarlo tanto. De hecho, lo estoy ennobleciendo, porque la literatura también es cotilleo. Si no cómo explica el interés de los lectores en el final del «El Quijote», por qué te interesa el devenir de Sancho... pues porque tenemos curiosidad, pero, eso sí, hay que darle nivel y que se cuente todo de una manera bella”.

¿Por qué vamos al cine?

"No hay nada que al ser humano le guste más que el que le cuenten una historia. Por eso los contadores de historias, y los científicos también lo somos, nunca morirán. Eso jamás pasará de moda porque el ser humano siente un apetito insaciable por las historias. Esto es consecuencia de que tenemos un cerebro social y tenemos esa necesidad, ese gusto porque nos cuenten algo. Esta es la explicación por la que ponemos una serie o pagamos una entrada de cine. Y este gusto nunca se extinguirá. Es la única profesión que nunca morirá. Se cuentan historias para estar informado. Es una parte esencial de nuestra supervivencia en el pasado. La gente piensa que competíamos contra los leones y los leones eran una preocupación pero también contra otros grupos humanos y dentro del nuestro. Pero cuando las personas forman pareja, esa selección de la pareja se da dentro de un grupo en que hay más mujeres y hombres; se da en un medio social en el que se desenvuelve la vida. Esto es lo que ha hecho que desarrollemos un cerebro social para procesar información, porque si no, si eres autista, y si no sabes interpretar el comportamiento humano, te cuesta más trabajo tomar decisiones.

¿Por qué somos coquetos?

“Lo somos para expresarnos, por gustar. Es importante encontrar pareja y tienes que gustarle a un hombre o una mujer para tener hijos. Si no gustas a nadie, no tienes hijos. Y esto no es una cuestión menor porque entonces los genes no se perpetúan. Lo de adornarse tiene más implicaciones. No solo es por belleza. El adorno es una manera de mostrar ciertos objetos de adorno, los que incorporamos a nuestro cuerpo, que reflejan aspectos como estatus social, la pertenencia a un grupo o una identidad nacional o religiosa. El mejor ejemplo es el anillo de casado. Solo lo llevamos para que lo vean los demás. Cuando vas a una fiesta eliges cierta ropa. Todo esto tiene que ver con la vida social, que es lo que caracteriza al ser humano. Es una manera de presentarte. Esto forma parte de nuestra economía”.

¿Nos perjudica vivir en ciudades?

“Hay tantas contraindicaciones. Podríamos empezar por las caries dentales, que no existían en la prehistoria, la obesidad, el dolor de espalda, siguiendo por el estrés y la ansiedad. Este estilo de vida artificial nos perjudica. No afectará a la evolución, pero seguiremos teniendo dolores de espalda. Convendría que la gente disfrutara más de la naturaleza, y saliera a ver a animales y plantas”.

¿Cómo será el hombre del futuro?

“Dependerá de lo que hagamos. Es posible la manipulación genética, pero me opongo a ella. Lo mejor es no cambiar nada de su biología. No necesitamos modificarnos para correr más deprisa. Si lo queremos hacer, tenemos patines o coches. No tenemos que recurrir a la genética. Lo que tenemos que cambiar no es la rapidez de las piernas, sino nuestra relación con la naturaleza, nuestros valores... No tengo interés en experimentar con la biología humana. Hasta ahora se habían producido cambios por un mecanismo que era la selección natural, que se producían en gran parte por la mortalidad infantil. Como no quiero que se mueran mis hijos, me opongo a la selección natural. El deber moral, como científico, es seguir a la naturaleza, pero no deseo aplicar esa selección a la siguiente generación. Quiero una sociedad en la que todos tengamos cabida y que todos los que nazcan sean válidos. Ya no habrá más evolución porque no existe ningún sitio biológico a dónde ir. Hemos llegado al final de nuestra evolución biológica".

Juan José Millás: “Caminamos hacia la autodestrucción”

A través de una serie de paseos, el escritor Juan José Millas ha acompañado a Juan Luis Arsuaga. A lo largo de estas andanzas, él ha podido encontrar respuestas a muchas preguntas y sorprenderse con algunas explicaciones del paleontólogo. Y algunas le han asombrado: «El ser humano es el producto de una evolución que no va a ninguna parte. No tiene ninguna finalidad. Estamos hechos por un relojero ciego. La evolución no tiene propósito, pero esta ausencia es quizá lo que nos hace más grandes, porque ese propósito lo tenemos que poner nosotros. Debemos dar un sentido a algo tan absurdo como la vida. Cuando Nietzsche dijo que Dios había muerto, alguien respondió diciendo que ya todo estaba permitido. Pero como aseguraba un pensador francés, si Dios ha muerto, ahora los únicos responsables de lo que ocurra somos nosotros. Es una de las grandes enseñanzas del estudio del ser humano, de la evolución, que nosotros somos responsables, que tenemos que dar sentido».
Otro de los aspectos que impresionaron a Juan José Millás fue el pulso entre la vida y la muerte que existe dentro de nosotros mismos. Esta capacidad de hacer el bien y el mal. «Estamos constituidos por estos dos impulsos. Los deseos de vida están presentes, son evidentes, pero también la muerte, esa capacidad de autodestrucción que se ve en el calentamiento global o esos incendios terroríficos de Estados Unidos. El virus actual revela la mala relación con la naturaleza. La curiosidad que nos queda es qué vencerá. Y me temo que caminamos hacia la autodestrucción. No tiene importancia que desaparezca una especie más, pero es irónico que también seamos los únicos seres autoconscientes de la muerte».
Para él, también el racismo, como el que vivimos en Estados Unidos, tiene una explicación: «Representa el miedo al otro, al extranjero. El racismo está fundamentado por el que viene de fuera. De hecho, el término «bárbaro» significa extranjero y expresa ese miedo ancestral, antiguo; el miedo a la diferencia en nuestro ámbito más doméstico. Hemos eliminado muchas cosas. Nosotros mal que bien, convivimos. Pero hay un racismo latente en esa sociedad, que también se puede examinar desde otro punto de vista: como un experimento, porque en su interior alberga a multitud de etnias. Es un experimento de convivencia brutal que a veces nos deja escenas terribles, pero solo tienes que darte un paseo por Nueva York o Lavapiés para darte cuenta de que también podemos convivir juntos».