La memoria perdida de Robert Capa

La Fábrica publica por primera vez en España «La muerte en ciernes», el libro que el fotógrafo de Magnum realizó sobre sus vivencias durante la Guerra Civil con imágenes suyas y de Gerda Taro y David Seymour Chim

Basta con leer a los corresponsales extranjeros para entender la extremada dificultad que supone para ellos comprender a España en toda su magnitud. Es, con toda probabilidad, el territorio europeo con las claves humanas, geográficas, políticas y sociales más difíciles de desentrañar. No somos la excepción histórica del Viejo Continente como aseguraba un historiador. Es que no hay quien nos entienda. El propio periodista Jay Allen, que arrancó una inolvidable entrevista a Franco en los primeros compases de la contienda del 36, cuando el general todavía se encontraba en Tetuán, insinúa en el prólogo de «La muerte en ciernes», la complejidad que supone para un reportero, incluso de su talla, adentrarse en sus interioridades.

Para muchos que, al igual que él, cubrieron la Guerra Civil, España suponía el mismo reto que un puzle al que siempre le faltaran las piezas esenciales para completarlo. Es muy probable que Robert Capa y Gerda Taro vinieran aquí empujados por los idealismos de su juventud y también, probablemente, para defender una nación que no existiera más allá de su imaginación. Ellos, al contrario que George Orwell que enseguida vislumbró qué sucedía y supo retirarse a tiempo, nunca vislumbraron, como el novelista, las tensiones internas e ideológicas del arco social y político. Por entonces, los dos eran jóvenes, eran guapos, estaban de moda, eran glamurosos y la ropa les quedaba bien. Hasta la guerra parecía estar cortada a medida para ellos. Hay nombres que parecen destinados a convivir en una leyenda y ellos estaban señalados desde sus inicios para cumplir con ese vaticinio y alguno más. Su romance, el más célebre que existe ente los fotoperiodistas, parece extraído de una novela y su trágico final, de un drama. Quedó resumido en la dedicatoria que el húngaro escribió en su libro de memorias, que ahora recupera La Fábrica: «Para Gerda Taro, que pasó un año en el frente español, y se quedó».

Robert Capa, bautizado como Endre Friedmann, sobrevivió el tiempo suficiente para dar testimonio de nuestro conflicto, de la Segunda Guerra Mundial y de acabar de forjar su mito en otros campos de batalla. A él le debemos ese resumen fotográfico de nuestros odios que supone la imagen del «miliciano» y que aún dota de un equivocado halo romántico a ese trienio de infortunio. Los recuerdos de Capa son, como no podía resultar de otra manera fotográficos, pero también gramáticos. En los textos que recoge este álbum de instantáneas sale a relucir de qué lado se inclina. Junto a instantáneas impresionantes que aluden a las ancianas que despiden a los hijos que parten al frente, los civiles, enteleridos de miedo, que buscan refugio en las estaciones de metro, y las familias que huyen de los pueblos con sus escasos enseres, existe una apología, casi un canto, hacia el pueblo que se ha puesto en armas para defender la República agredida por los sublevados. Es notable el testimonio gráfico, sobre todo el referido a la ciudad universitaria de Madrid, con esos soldados con ametralladoras cobijados en las aulas universitarias y donde los profesores han sido sustituidos por francotiradores: los nuevos catedráticos resultaron ser las armas. La facultad de Filosofía caía en el bando republicano; la de Medicina, en el Nacional.

Muy elocuentes son las fotos de aquel Madrid bombardeado por la aviación franquista que muestran como pocas veces las consecuencias de las bombas. Capa nos muestra balcones que permanecen en difíciles equilibrios, edificios desventrados, muros desplomados en las aceras, hogares reducidos a polvo y ciudadanos privados de sus hogares, durmiendo al tendido en las calles.

Pero el libro, en el que se mezclan las imágenes de Capa con las captadas por las cámaras de Gerda Taro y David Seymour Chim, se abre con los primeros pasos del mítico fotógrafo en España. En esta autobiografía de palabra e imagen, Capa inicia sus recuerdos contando cómo empezó todo, un viaje que cambió su vida para siempre. «Cuando llegamos a Barcelona, el 5 de agosto, se habían acabado los combates. No resonaban ya los disparos en las calles. A los muertos se los habían llevado. Había triunfado el pueblo, en efecto, tras asaltar las guarniciones rebeldes, como había ocurrido en Madrid. El golpe de Franco había fracasado en las dos ciudades más grandes de España».

Con este punto de partida, Capa nos lleva hasta las estaciones de trenes de Barcelona donde jóvenes soldados se suben a los trenes para viajar hasta el frente de Aragón. Todos marchan felices, con la ingenuidad de que todo sería fácil, que la guerra estaba ganada y que el golpe de Estado militar estaba condenado al más rotundo de los fracasos. Con la distancia del tiempo pasado, el fotógrafo rememoró ese momento asegurando que «no sabían que aquello era ahora una auténtica guerra. No tenían manera de saber lo que les esperaba. No tenían manera de saber que las grandes potencias habían cerrado filas en torno a aquella rebelión militar. Esa madre anciana que caminaba entre los raíles quizá intuyó -¿quién sabe?- que aquellas despedidas, en efecto, eran auténticas despedidas».

Las palabras de Robert Capa, al igual que sus imágenes, se centran en la población civil, en aquellos que hoy estarían olvidados para todos si no fuera porque ahora podemos contemplar sus rostros gracias a la labor del fotógrafo. Son rostros en un primer momento esperanzados, con la ilusión de que esta pesadilla acabe cuando antes. Pero, a medida que la contienda se complica, que las bombas destruyen ciudades y que las balas matan a inocentes, esas mismas caras son las de la tristeza y el miedo, las del pánico al constatar que aquello parece no tener final y si este llega será el peor escenario imaginado. Este viaje bélico nos lleva de Cataluña a Madrid, pero parando por Aragón, País Vasco o Andalucía, una cartografía de la guerra donde es la población la víctima inocente del horror.

«La muerte en ciernes» se publicó originalmente en febrero de 1938 en Estados Unidos. Pero el reportero no quiso estar presente en el lanzamiento del libro ni en la exposición que se le dedicó en Nueva York con todo el trabajo realizado en España. Todo aquello le resultaba demasiado doloroso. Había logrado escapar de las bombas, pero por el camino había perdido a su compañera Gerda Taro, muerta en el frente de Brunete en julio de 1937.

Parece que el proyecto del libro nació durante el breve paso de Capa por Nueva York, en 1937, probablemente durante una cena con el fotógrafo André Kertész y su esposa, Elizabeth, húngaros como él y con quien mantenía una buena amistad. Esa primera edición apareció con algunos errores. Por ejemplo, Capa apunta que Taro fue enterrada en «una tumba en el cementerio parisiense de Picpus» cuando la realidad es que sus restos reposan en el de Père-Lachaise. También se escribe mal algún nombre español. Pero lo más sorprendente es que Capa incluyera fotografías de su amigo Chim, pero no reconociera su aportación en los créditos del volumen. La nueva edición de La Fábrica hace justicia a David Seymour e incorpora su nombre.