Música

Arriscadas cumbres sinfónicas

James Conlon al frente de la Joven Orquesta Nacional de España en el Palacio de Carlos V, Granada
James Conlon al frente de la Joven Orquesta Nacional de España en el Palacio de Carlos V, GranadaMiguel Ángel MolinaEFE

“Solo Música”. Las cuatro Sinfonías de Schumann y las cuatro de Brahms. Orquestas Nacional, de Galicia, de Castilla y León y JONDE. Director: James Conlon. Temporada del CNDM. Auditorio Nacional, Madrid, 18, 19 y 20-VI-2021.

Ha regresado, como de costumbre a los dos años de la precedente, la maratón “Solo música”, que en esta ocasión, debido a las condiciones sanitarias, se ha desarrollado a lo largo de cuatro sesiones distribuidas en tres días consecutivos en vez de concentrarse en una sola jornada; lo que ha privado a la aventura de la intensidad y la tensión tradicionales. Lo que no quiere decir que no hayan estado presentes. Porque hacer de seguido ocho sinfonías de la talla de las de Schumann y Brahms no es ninguna tontería. Supone un notable esfuerzo por parte de las formaciones y sobre todo del director que está a su frente.

El CNDM ha preparado con tiempo y cuidado el ciclo, bien visto considerando la cercanía personal y artística entre ambos compositores, y, en colaboración con las propias entidades sinfónicas, ha ido programando los conciertos que puede decirse que en cierto modo estaban rodados antes de que fructificaran en la definitiva cita madrileña. Y se ha notado que en general todo encajaba, más allá de las concepciones interpretativas y resultados sonoros postreros. Hemos podido estudiar así la personalidad tímbrica de las cuatro agrupaciones, dependiente por supuesto en gran medida de las órdenes de la batuta que las ha gobernado.

La Nacional se ha mostrado compacta, sombreada, vigorosa, con maderas afinadas y seguras. La de Galicia ha evidenciado su brillo, su claridad y su amplitud. La de Castilla y León su equilibrio y su nervio, con unas magníficas trompas a su frente. Y la JONDE su entusiasmo, su efusión, su entrega, también, como es lógico, una personalidad tímbrica menos definida y un empaste no siempre logrado. Determinante en buena medida de todo ello ha sido por supuesto la labor del neoyorkino James Conlon (1950), un maestro diligente, muy activo en el podio, de batuta clara y vivaz.

Es un músico sólido, firme, muy eficaz, ordenado, preciso. Sabe conjuntar y mandar y se entiende sin problemas aparentes con las orquestas. Rasgos que ya hemos podido apreciar en más de una ocasión, pues ha dirigido bastante en Madrid, sobre todo a la Nacional. Y ha visitado asimismo el Real. Músico probado, pero limitado en cuanto a expresión, que es en él poco variada en virtud de un pensamiento musical escasamente fantasioso y apegado a la letra. Por eso las versiones que hemos escuchado de las ocho sinfonías han despegado en pocas ocasiones hacia estratos de especial efusión o lirismo trascendente.

No controla Conlon el balance en todos los casos, por lo que es frecuente que –máxime en las condiciones actuales que determinan la separación entre atriles y la reducción de orgánicos– en sus recreaciones encontremos problemas de planificación y de oscurecimiento de voces o líneas que deberían acceder a primer plano. En general sus dinámicas están poco trabajadas y casi siempre el espectro es estentóreo, sin que haya prácticamente zonas de sombra, pianos y pianísimos, lo que en definitiva otorga a lo que escuchamos una cierta adustez. Marca constantemente, pero atiende fundamentalmente a la línea rítmica básica.

Lo menos convincente se dio en la primera sesión, con la Nacional, que tocaba las primeras “Sinfonías” de los dos autores. La obra de Schumann, no siempre ajustada en ataques, sonó fuerte y desabrida. La de Brahms (que dirigiera años ha a la misma formación) encontró problemas de ensamblaje en su inicio. El solo de violín tocado muy bien por Colom en el segundo movimiento quedó sepultado por los vientos. Pincel poco fino en general. En la “Segunda” de Schumann no se alcanzó la incandescencia lírica que pide el “Adagio espressivo”. En conjunto fue mejor Brahms, que se inició con un excelente dibujo del tema de apertura. Cálidas frases y confusionismos varios en el segundo movimiento y escasa gracia en el “Andantino”. Mucha dinamita y fogosidad en el “Finale”.

La tercera sesión comenzó con Brahms, quizá porque el final de la “Tercera Sinfonía” acaba en piano. La transparencia, la efusión, la “cantabilità” de la obra no accedieron siempre a primer plano, aunque el aire valsístico fue adecuadamente plasmado. Poco airosos fueron el dibujo y la acentuación del conocido tercer movimiento y buen impulso y poca regulación de intensidades en el “Finale”. Metronómicamente acertado el ritmo impuesto al inicio de la “Renana” de Schumann, que discurrió rígido. Muy bien los metales en el solemne “Feierlich”, con unas trompas magníficas al frente.

Cerramos con las dos “Cuartas”, en las que puso de manifiesto su entusiasmo la JONDE, fogosa, entregada, eruptiva y no siempre empastada, con metales por desbastar en buena medida. Pero Schumann tuvo temperatura e incluso el largo “crescendo” que precede al “Finale” estuvo bien edificado. Aunque anotamos lo confuso de los compases de cierre. Escaso encanto en el evanescente comienzo de la “Cuarta” de Brahms, siempre tan difícil. Pero más allá de la falta de contrastes, de la poco conseguida planificación y balance, quizá alcanzáramos con esta Sinfonía el punto interpretativo más logrado de la serie, bien que se detectara no poca rudeza en las difíciles variaciones de la “Passacaglia” del último movimiento. Gran algarabía al final de un público entusiasta, que aplaudió mucho en todo momento. Como los instrumentistas de las cuatro formaciones a su director.