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A Timothée Chalamet le viene grande Shakespeare

Su interpretación de Enrique V en «The King», de David Michod, producción de Netflix presentada fuera de concurso en Venecia, no está a la altura del clásico.

Su interpretación de Enrique V en «The King», de David Michod, producción de Netflix presentada fuera de concurso en Venecia, no está a la altura del clásico.

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Hay que volver a Shakespeare como quien vuelve a casa tras una tormenta: calado hasta los huesos. ¿Por qué viendo «The King» se tiene la impresión de que nadie se ha mojado los pies o se ha manchado los dedos de tinta? David Michod, con la complicidad de Joel Edgerton (un Falstaff de estar por casa), ha fundido «Enrique IV» y «Enrique V» con el fin de regalarle a Timothée Chalamet un vehículo de lucimiento a medida. Una pena que se hayan equivocado de talla: uno de los grandes problemas de «The King», que ayer se presentaba fuera de concurso en la Mostra, es el protagonista de «Call Me By Your Name». Le queda peor la armadura que a Rowan Atkinson.

Parece que, de un tiempo a esta parte (no le echemos las culpas a «Juego de tronos»), las imágenes de las películas ambientadas en la Edad Media han de ser del color de la piedra y han de estar iluminadas como un día borrascoso. No hay sol en el Medievo, a las palabras se las llevan las tinieblas. Lo gris se contagia a la intensidad dramática de las traiciones y las intrigas palaciegas, y a las interpretaciones de los actores, más mustias que desgarradas. Es de juzgado de guardia que un Shakespeare como este no nos erice la piel. El trágico tránsito a la edad adulta de un príncipe que no quiere ser rey, y que descubre la soledad del poder en una corte en la que solo se puede fiar de su amado Falstaff, discurre ante los ojos del espectador como un programa de teletienda. Ayuda la rigidez e inexpresividad de un Chalamet con cara de haber perdido toda su fortuna en bolsa. «The King» sube enteros en sus veinte minutos finales, a partir de la batalla entre ingleses y franceses en un mar de barro. Y, sobre todo, cuando aparece un hilarante Robert Pattinson como Delfín pasado de vueltas. Es el único que parece haber entendido cuál era su papel en este farragoso proyecto: sabotearlo. Se impone volver a «Campanadas a medianoche» o, incluso, a la enérgica «Enrique V» de Branagh, para limpiarse los ojos de tanta monotonía.

«Martin Eden» también se siente solo e incomprendido. Es parte de su aprendizaje: antes de saborear el éxito, era poco más que un buscavidas que no había terminado la escuela primaria, y, por azares de la vida, el mismo día descubre el amor y la cultura, que le conducirán a la felicidad y al desencanto. La lectura alimenta sus sueños de convertirse en escritor, pero el camino es arduo y miserable. El italiano Pietro Marcello traslada la novela de Jack London de California a Nápoles, pero Martin sigue siendo el mismo: un individualista, una víctima del conflicto de clases, lo que London llamaba un héroe negativo. «Todos tenemos algo de Martin en nuestro interior», afirma Marcello, que relata el periplo de su protagonista intercalando imágenes de sus documentales anteriores («L’ora del lupo», «Il passaggio della línea») con material de archivo del anarquista Errico Malatesta. La película está atravesada por una interesante reflexión sobre el ejercicio de la libertad individual y su papel en los movimientos colectivos, y aboga por defender la cultura como elemento emancipador del pensamiento único. A ratos «Martin Eden» parece dirigida por Marco Bellocchio, si no fuera porque Luca Marinelli, omnipresente en el filme, tiene una cierta tendencia a la sobreactuación que acaba contagiando a las imágenes, demasiado enfáticas.

Un festín de ideas exóticas

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El énfasis es, precisamente, una de las virtudes de «No 7 Cherry Lane», película de animación dirigida por el hongkonés de adopción Yonfan que provocó tantas deserciones como pasiones encendidas. Para un espectador occidental, es un festín de ideas exóticas. Una novela rosa enloquecida, una declinación extrema del cine de Wong Kar-wai, una carta de amor a Simone Signoret –de la que recrea escenas de «Un lugar en la cumbre» en versión animada, y con narrador de fondo–, una digresión sobre «En busca del tiempo perdido»... Es con la obra de Proust, debidamente aliñada con un romanticismo desmesurado, que Yonfan consigue hacer una película animada a cámara lenta, literalmente.

Los protagonistas de «No 7 Cherry Lane», tres vértices de un triángulo amoroso –un estudiante universitario amante de la literatura, una chica a la que da clases particulares y su atractiva madre–, se mueven al ralentí, entregándose a la dilatación de un tiempo proustiano que Yonfan satura con música de violines, canciones pop y una voz en off omnipresente. La exaltación de las emociones, no exenta de una sublime cursilería, no excluye excursiones eróticas –en una desconcertante escena onírica que no desentonaría en un «soft core» polisexual– ni teme caer en el ridículo. En su apuesta formal, altamente expresiva, la gestualidad de los personajes se descompone, se ritualiza, logrando un efecto de lo más hipnótico. No parece la película de un cineasta que debuta en el mundo de la animación. Y tal vez precisamente porque se trata de su primera experiencia en este formato, el filme es tan denso y tan disperso, tan irregular y tan estimulante.

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Julie Andrews, más sonrisas que lágrimas

Siempre pasó por una mojigata, aunque, como en el caso de Doris Day, esa etiqueta se le quedaba pequeña. Ayer la Mostra premiaba a Julie Andrews con un León de Oro de honor a toda su trayectoria que no solo recordaba sus papeles más icónicos –por supuesto, los de «Sonrisas y lágrimas» y «Mary Poppins»–, sino también todos los esfuerzos que hizo para desmarcarse de su propia imagen en películas como «Cortina rasgada», de Hitchcock, y en sus colaboraciones con su marido, Blake Edwards, especialmente en las subestimadas «La semilla del tamarindo» y «S.O.B», esta última publicitada con su insólito «topless», y la memorable «Victor/Victoria», el musical «trans» que ayer se proyectaba tras la entrega del galardón.