Teatro

Adolfo Marsillach, puro teatro

Un volumen que ayer se presentó en la madrileña Sociedad General de Autores recoge toda la obra teatral del dramaturgo, uno de los autores más lúcidos de nuestra escena.

Marsillach fue director del Teatro Español en 1965
Marsillach fue director del Teatro Español en 1965

Un volumen que ayer se presentó en la madrileña Sociedad General de Autores recoge toda la obra teatral del dramaturgo, uno de los autores más lúcidos de nuestra escena.

e cumplen 17 años de la muerte de un dramaturgo que era demasiado prudente como para pensar que el teatro podía transformar la sociedad pero suficientemente apasionado como para estar convencido de que existía una posibilidad de ayudar a despertarla. Adolfo Marsillach (1928-2002) se dedicó desde muy joven al teatro y tardó poco en destacar como actor y director de escena. Director del Teatro Español, creador del Centro Dramático Nacional y fundador de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, la figura de este vanguardista y polémico autor queda ahora homenajeada en el nuevo libro del escritor y crítico Pedro Víllora «Teatro completo» (Punto de Vista), en donde se recoge toda su obra dramatúrgica.

Títulos como «Yo me bajo en la próxima, ¿y usted?», «Mata-Hari», «Proceso a Mata Hari», «Se vende ático», «Feliz aniversario», «El saloncito chino», «El extraño anuncio» o «Noche de Reyes sin Shakespeare» conforman esta compilación de historias revulsivas, satíricas, valientes, mordaces y agitadas en donde la figura de la mujer se erige como protagonista principal de muchas de ellas debido esencialmente a la inclinación confesa que sentía Marsillach hacia los personajes femeninos. «La mujer era, para él, más sensible, menos competitiva, más leal, y a la vez, más inquietante, desconcertante, divertida y misteriosa. Era un enamorado de las mujeres, y de ese amor se nutrían los caracteres femeninos», asegura la actriz Mercedes Lezcano, su primer público y la persona que pasó más de media vida descubriendo las aristas de su corazón para encontrarse con ellas en una dedicatoria que el director le escribió en su libro de memorias «Tan lejos, tan cerca» en donde se podía leer: «Para Mercedes, en cuyo amor mi vida adquirió todo su sentido».

Vientos de cambio

Una vida, la de Adolfo Marsillach, profesionalmente muy intensa y enmarcada artísticamente en un escenario que pudo convivir con los coletazos de un periodo transicional de la historia que asfixiaba y censuraba las posibilidades de innovación y modernidad temática y escénica, hasta el punto de tener que enfrentarse en 1973 a la prohibición por parte del Gobierno de la obra de Antonio Gala que tenía previsto dirigir, «¡Suerte campeón!», o dimitir de manera fulminante de la dirección del Español por los cortes que se llevaron a cabo en el texto de su adaptación teatral «Águila de blasón» de Valle-Inclán.

Esta suerte de circunstancias hicieron de la obra de Marsillach un revulsivo personal y necesariamente contemporáneo capaz de cambiar el concepto encasillado que hasta el momento se hacía de las obras de teatro clásicas del Siglo de Oro para conseguir acercarlas al público de una manera mucho más fresca y renovada. Un espíritu innovador que en su momento no estuvo exento de polémica y que ahora, con la amplitud de perspectiva que concede el paso del tiempo, se consolida como un verdadero ejemplo de modernidad. Guionista, novelista, articulista, director, productor y actor. Son muchas las facetas que este icono del teatro clásico español desarrolló sobre las tablas, delante de las cámaras, detrás del papel y encima de las palabras, siendo capaz de llenar cada una de ellas con la curiosidad infinita del creador. «¿De dónde nos viene a las mujeres esta estúpida necesidad de ser amadas? Los hombres precisan ser admirados y las mujeres necesitamos ser queridas. En el fondo nos cuesta muchísimo decir que no. Por eso somos angustiosamente falsas cuando ellos son absurdamente fuertes. ¿No hay forma de cambiar esta situación? ¿No hay modo de ser diferente?», reflexiona el personaje de Lidia en la obra «Feliz aniversario», presente en el libro. Marsillach sabía cómo ser diferente y por eso su legado recupera con acierto las reglas de un mundo que siempre estuvo demasiado dormido.