Cultura

¿Arte o vandalismo?

Deslucir con grafitis bienes ajenos que estén en la vía pública, ya sean públicos o privados, constituye una infracción que conlleva una multa de 100 a 600 euros. Eso sin contar una buena noche en el calabozo.

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¿Sabían, queridos lectores, que hay un pequeño pueblo con más grafitis que calles? Su nombre es Penellas (Lérida), y es todo un referente estatal del arte de calle. Lo cierto es que, aunque no esté muy bien visto, pasear por sus calles es como visitar un museo de arte urbano al aire libre donde cada rincón puede dejarte con la boca abierta. El grafiti apareció por primera vez en los setenta en el metro de Nueva York, y desde entonces es una práctica habitual que solo gusta a un pequeño porcentaje de ciudadanos, ya que un 75% de ellos, según una encuesta realizada por graffiti.org, afirma que pintar en las calles es puro vandalismo. Quitando las distintas motivaciones que llevan a la persona a hacer pintadas por las calles, el vicio de grafitear no es nada barato. El «hobbie» sale a 10 euros por pieza si se hace de solo un color y podría ascender hasta 30 euros si es en varios tonos. Y si sumamos eso a la gran sanción que conlleva contaminar las zonas urbanas y no urbanas, podría costar hasta una noche en el calabozo, sin tener en cuenta la multa a la que estarían expuestos, que estaría entre los 100 y 600 euros. Aun así, sacan las latas, se ponen unos guantes, la capucha y esperan el mejor momento. Pero, como es de suponer, no son estas las únicas cifras. Renfe, por ejemplo, ha gastado aproximadamente 25 millones de euros para limpiar trenes y 10 millones en medidas de vigilancia y seguridad. Además de la limpieza de los grafitis, entran en juego otros factores que también repercuten en el presupuesto como la retirada de la circulación de los vagones pintados, el arreglo de los desperfectos que generan los grafiteros al colarse en las instalaciones, así como las nuevas capas de pintura que deben aplicarse a los trenes cuando se han limpiado varias veces. Según la Policía Nacional, alrededor de un millón de españoles dedica su tiempo libre a pintar los vagones. Y aunque parezca una actividad un tanto antisistema, lo cierto es que hay grafiteros de todo tipo de perfiles: marginales, de clase media o de familias acomodadas. Muchos de ellos son personas estables con un trabajo, estudios, pareja y familia.