ARCO: la hora del arte argentino

Es el país invitado a la feria, que mañana inauguran los Reyes, y aterriza con artillería pesada que abarca desde los nombres históricos hasta los novísimos para mostrar su fuerza, su capacidad de reinvención y su peso internacional. La curator Inés Katzenstein, el coleccionista Eduardo Costantino y los artistas Jorge Macchi y Leandro Erlich hablan de su momento

«XYZ (2012)», vídeo de los relojes típicos de las estaciones de trenes suizas, obra de Jorge Macchi presente en el CA2M
«XYZ (2012)», vídeo de los relojes típicos de las estaciones de trenes suizas, obra de Jorge Macchi presente en el CA2M

Es el país invitado a la feria, que mañana inauguran los Reyes, y aterriza con artillería pesada que abarca desde los nombres históricos hasta los novísimos para mostrar su fuerza, su capacidad de reinvención y su peso internacional.

Todo está a punto, por eso Inés Katzenstein no para de ir de un lado a otro. «Está quedando muy bien. Hemos llegado con una propuesta espacial y arquitectónica concreta y ver cómo se plasma en la realidad es estupendo, fantástico. El conjunto de galerías posee ya una unidad», señala al comienzo de la charla. Ya lo dijo el ministro de Cultura argentino hace una semana cuando presentó el programa artístico: ni se desembarca ni se llega con la maleta cargada de estereotipos. «Queremos evitar la idea del ‘‘arte argentino’’, de la clasificación y la etiqueta, de ahí que lo que hemos hecho sea subrayar las diferencias que existen en la manera de trabajar de estos creadores. La conclusión: que el panorama que ofrecemos es diverso», comenta, para añadir que «tratamos de aportar una nueva perspectiva sobre lo argentino que traerá aires nuevos y un buen número de figuras que gracias a este marco pueden lograr más internacionalización».

En el programa se han seleccionado 12 galerías y 23 artistas. Cuando aquí, tan lejos de allá, se habla de la creación actual surge la laguna, una interrogación más o menos grande. ¿A qué nombres nos referimos? A la memoria nos vienen inmediatamente los de Julio Le Parc, Guillermo Kuitca y Alberto Greco, por citar solamente a tres históricos. Otra cosa es empaparse de lo que hoy se cuece. Una vez que Katzenstein tuvo a los artistas y sus obras delante confiesa que sí se puede hablar de hilos conductores, «que nos hemos ocupado de subrayar y que son la permanencia de la pintura como terreno de experimentación, la existencia de artistas interesantísimos que trabajan con la escritura o incluso artistas que escriben, y la cuestión de género y sexualidad, pues hay un conjunto de diferentes generaciones que trasladan cuestiones del ámbito privado y también de índole política a la obra, es decir, que tratan al cuadro como a un cuerpo con el trabajo de performances ‘‘queer’’ o marginales y de artistas que tiene mucho que decir en el ámbito gay». De esa escasa visibilidad hablamos con ella, que sabe perfectamente lo que se cuece allí. Es directora fundadora del Departamento de Arte de la Universidad Torcuato di Tella y una de las comisarias más pujantes a nivel internacional.

- El factor geográfico

Sobre la presencia del arte argentino, cree que goza de «menos de las querríamos, aunque algunos están ya dando muy fuerte. Ten en cuenta que la escena en la que nos movemos es grande y rica, aunque estemos alejados del centro geográficamente, lo que también condiciona el que se nos conozca», asegura. ¿Vamos a ver este año a Trump como protagonista de algunas obras? Lo cree prematuro, ya que dice que ha pasado demasiado poco tiempo desde que llegó a la presidencia de Estados Unidos, pero saldremos de dudas en breve. Sobre si existe un posible diálogo entre la creación española y argentina, se muestra bastante clara: «Sí, lo hay, conocemos la escena y lo que se hace. España ha sido muy importante para el arte argentino en los últimos 25 años. Desde principios de los 90 existe un espacio claro, un acercamiento y un seguimiento. La relación es buena». Leandro Erlich comparte algunas ideas de la comisaria. Él es uno de los nombres argentinos con mayor proyección. Ha presentado dos instalaciones en la Fundación Telefónica bajo el nombre de «Certezas efímeras» y se podrán ver hasta abril . Encierra en ella ciertas dosis de poesía, pero no se dejen engañar que dicen mucho más de lo que parece. «Changing Rooms» presenta una serie de probadores. ¿Qué se ve? «La gente ingresa y vive una experiencia que no quiero desvelar. La otra ofrece siete esculturas de nubes atrapadas en cajas de cristal. Aparentemente no son más que eso, nubes; sin embargo, tienen la forma de mapas de los seis países que acordaron la Unión Europea, a los que he añadido España, por ser la primera vez que se muestra aquí la obra. Cuidado que hay más cosas tras la visión utópica, porque existe un germen de segunda lectura potencial», advierte. A España dice que la mira «como a un hermano, aunque me siento sumamente argentino, y eso que pasé más de diez años viviendo fuera, en París, Estados Unidos y Asia. Fui un gitano», y que espera que esta invitación sea «el principio de una bonita amistad, que se prolongue, fortalezca y consolide».

Eduardo Costantini, coleccionista, ha traído a Madrid una selección de su arte latinoamericano en la que destaca un lienzo de Diego Rivera, «Baile de Tehuantepec» (1928), una lección artística y de cómo bailar sandunga. Se exhibe junto a la obra de otro grande, José de Ribera, con «b», tenebrista para más señas. Junto a ellos, Xul Solar, Lucio Fontana o Grete Stern. Casi nada. «Estoy muy agradecido a la Academia por abrirnos sus puertas de esta forma y también a Estrella de Diego por cómo ha hecho la integración. Ha puesto a Diego con el tenebrismo español y después, en el resto de las salas, las otras obras con los españoles más modernos», dijo ayer en la Academia de Bellas Artes, donde su obra estará hasta el 2 de abril. Pasará por ARCO, supone que a comprar. «Seguro que lo hago, si me dejan; aunque tendré de madrugar», comentó en tono distendido. Con su particular sentido del humor explicó cómo logró hacerse con el Rivera: «Lo ví en 1995 cuando se vendían éste y el autorretrato de Frida Khalo, aunque en ese momento no tenía dinero para comprar los dos y adquirí el de ella y el otro lo perdí de vista. Sabía que estaba en Manhattan, pero no dónde, hasta que el pasado año me llamaron para decirme que se vendía. Rompí mis finanzas y lo compré», explicó a Efe.