Roma se asoma a la fascinación de Matisse por la sensualidad de Oriente

La luz vibrante, la explosión de colores, la naturaleza exuberante y la sensualidad de las odaliscas que fascinaron a Henri Matisse han llegado a Roma.

La luz vibrante, la explosión de colores, la naturaleza exuberante y la sensualidad de las odaliscas que fascinaron a Henri Matisse han llegado a Roma en una muestra que repasa el enamoramiento por Oriente del genio francés. Bajo el título "Matisse. Arabesque"("Matisse. Arabesco"), la exposición recopila hasta el 21 de junio en el palacio del Quirinale, pinturas, dibujos y objetos, como máscaras, telares o mosaicos, todos venidos de Oriente y en los que Matisse se inspiró.

Un Oriente que, con sus muebles, artículos, colores y personajes, hizo al pintor concebir el espacio de una manera más compleja y tomarse "un respiro"en las composiciones, sin complicaciones en las formas y sin guardar la perspectiva. "Una nueva idea de arte decorativa fundada sobre el concepto de una superficie pura"es la que nace en el pintor tras viajar y conocer el exotismo oriental.

Fue en la Expo de 1900 cuando Matisse descubrió el encanto de los países musulmanes, en los pabellones dedicados a Turquía, Persia, Marruecos, Túnez, Algeria y Egipto. Decidió acercarse a esas tierras lejanas y exóticas y adentrarse en los lenguajes desconocidos, de una sensibilidad primitiva y con la magia y el encanto de las cerámicas mediterráneas y las telas orientales, de intensos colores. Argelia (1906) y Marruecos y Tánger (1912) fueron sus primeros viajes orientales, donde el pintor quedó encantado por una luz dulce y una naturaleza exuberante que combinó con la destrucción y deformación del arte de vanguardia. "Lo arabesco forma parte de mi concepción del cuadro", llegó a decir Matisse. Una influencia que mezcló con los motivos geométricos y laberínticos del arte vanguardista, dos tendencias que combinó para crear "el sentido de un único espacio plástico".

En conjunto, la exposición repasa el pensamiento de un artista en cuya grandiosa simplicidad él mismo expresó con su frase "estoy hecho de todo lo que he visto". Los motivos arabescos influyeron tanto en la obra del autor que Matisse alteró el sentido de las proporciones. En palabras de la comisaria de la muestra, Ester Coen, Matisse recrea "la emoción de una sensibilidad primitiva en el encuentro de técnicas y mundos llenos de cromatismo e impregnados de la atmósfera de Oriente".

El Mediterráneo fue una de sus grandes inspiraciones, donde encontró, tanto en Marruecos como en España, "antiguas tradiciones familiares"y una amalgama sorprendente de energía que le cautivaron y que plasmó en sus obras. En ellas, entre las colecciones de jarrones islámicos, telas orientales y jaulas de palomas blancas, Matisse retrataba normalmente una mujer.

Y es que, más allá de la luz y los colores de Oriente, el artista quedó seducido por la magia del cuerpo femenino de las odaliscas, a las que retrató sentadas, de pie o cubiertas por pañuelos que subrayan las curvas de las mujeres. Mujeres protagonistas de sus pinturas "Nu dans un fauteuil, plante verte"("Desnudo en sillón, planta verde), "L'Italienne"(La italiana) o "Maroc en jaune"(Marroquí de amarillo).

También resultó encantado por los árboles arabescos, del que dijo que el tronco le absorbía y quien encontró en la vegetación oriental un ejemplo de simplicidad. Aunque por motivos diferentes, el genio francés, uno de los grandes del siglo XX, también quedó sorprendido por Japón, por su pureza y armonía. "Solo con lentitud llegarás a descubrir el secreto del arte, que consiste en meditar en contacto con la naturaleza", sostuvo tras estudiar el arte nipón. Es de influencia japonesa la obra "Les poissons rouges"(Los peces rojos) de 1911, llegada a Roma desde Moscú y una de las más admiradas por los visitantes a la exposición, que admiraron los siete peces rojos dentro de una pecera rodeados de plantas exóticas.