Campano, el arte de un camaleón

Todas las épocas, desde los años 70 hasta su obra final, se muestran en el Museo Reina Sofía y abarcan la trayectoria de uno de los nombres imprescindibles de la pintura española de los 80. Un creador de mil caras.

La muestra recorre cuarenta años de trabajo de Miguel Ángel Campano
La muestra recorre cuarenta años de trabajo de Miguel Ángel Campano

Todas las épocas, desde los años 70 hasta su obra final, se muestran en el Museo Reina Sofía y abarcan la trayectoria de uno de los nombres imprescindibles de la pintura española de los 80. Un creador de mil caras.

«Es un pintorazo». Las tres palabras son de Manuel Borja-Villel, refiriéndose a Miguel Ángel Campano. Lo dice el director del Museo Reina Sofía, que no es dado a este tipo de calificativos, pero en el caso que nos ocupa no encuentra otro mejor. El artista debería ser de obligada lectura y visita. Nadie se quede sin recorrer esta exposición que a su vez recorre el principio y el fin de quien fue uno de los creadores más grandes, camaleónicos, innovadores y al a tiempo clásico que ha dado la pintura patria desde fines de los setenta.

Campano, en aquel grupo bullicioso que coincidía con movidas y pelos en cresta, era quizá el más pintón. El que gastaba mejor presencia. Era alto y tenía una mirada única. La muestra que ahora le tributa el centro de arte, imperdible entre las que hoy se desparraman por Madrid, que son unas cuantas, le fotografía desde sus comienzos hasta las últimas obras, esas «Patrañas» que no eran sino un arte bufo, una expresión de quien se negaba a no crear cuando al enfermedad ya le había dejado demasiado maltrecho. Él participó en la búsqueda de obras, ayudó a facilitar pistas para encontrar esos «campanos» que se dispersaban por un lugar y por otro. Y hasta el último minuto casi confiesa el director del museo, se estuvo recibiendo y seleccionando piezas que llegaba en cajas y que significaban hallazgos únicos cuando se descubrían. Mucha de esta culpa la tuvo la grande Juana de Aizpuru cuando puso el legado del artista en manos del museo y los tesoros empezaron a cobrar forma.

La Santísima Trinidad

Las primeras obras con las que arranca nos enseñan al artista minucioso que siempre fue, el hombre culto, el creador que sabía conectar como si de vasos comunicantes se tratara pintura y literatura. Geometría y automatismo. El Campano que se traslada a vivir a Valencia tiene un aura de silencio en sus obras. Es ese «refinamiento» al que se

refiere Borja-Villel. Son obras sin título de una perfección admirable, piezas tranquilas, exquisitas. Y de ahí caminando por la sala nos tropezamos andando el tiempo con el gran formato, con el estallido de color, los rojos, azules y amarillos, como una Santísima Trinidad que se hubiera escapado con estruendo de la paleta. La abstracción gestual. ¿Cuánto hay de Guerrero en esas obras? ¿O no es «Camino II», de 2001, un recuerdo que habla en voz alta del pintor de Granada, a quien conoció en su juventud y que fue para él un referente? ¿No tiene también el eco de Goya? ¿Qué recuerda en algunas de las obras a Franz Kline o las emparenta con el más aguerrido Motherwell? Ese expresionismo abstracto está ahí, en fondo y en forma. Menuda sala la que une «El puente», de 1979, «R&B» (1980) y «La vorágine. Abstracción en rojo» (1980). Que razón tiene una de las comisarias cuando asegura que cada sala bien podría ser por sí misma una exposición.

El recorrido es largo, a veces se antoja un laberinto con entradas y salidas por donde el propio artista nos guía mediante el color, o gracias a la ausencia de éste. El impresionismo de los grandes maestros le atrapa tanto como para deshacer cada una de sus pinceladas y reconvertirla en algo nuevo, en una pintura otra que nos recuerda un «Desayuno en la hierba» a lo Manet pasado por su tamiz. O a Poussin, con quien juega y a quien considera un contemporáneo.

En vitrinas descansan sus papeles, perfectamente ordenados, caligrafiados con una letra legible que le desnuda un poco: «Mis cuadros huelen a trementina, a cera y lino y a aceites de nuez o de linaza...». En otra cuartilla se lee: «Me ayuda poner títulos a las pinturas que he acabado. Me sirve para reconocerlas sin foto ni ‘‘na’’...» Y a su lado las pinturas que arropa con un tejido que trajo de la india, que sirve de fondo y le da forma. Y el blanco y negro, el color que estalla, después. Y de ahí a esos juguetes, artefactos únicos que construía como si de una arquitectura se tratara para divertimento. O quizá no. Y la mano única de Miguel Ángel Campano, que aunque se apoya en un bastón, tiene el pulso firme. Es uno de los nombres grandes de la pintura de los 80, díscolo, tanto como para fumar dentro de un avión porque le apetecía sentir el humo.

«Tómate la temperatura»

Es el amigo de tantos artistas, un semidios para Carlos Pazos, íntimo colega que escribe un texto de una enorme belleza en el que habla de dos vidas tan distintas como unidas. De dos artistas que están a punto de encontrarse hasta que por fin se encuentran. De estudios, de ayudantes. De esa vez que Pazos le visitó en un hospital francés y halló la cama vacía con una nota escueta y un termómetro en la cama: «Vuelvo enseguida. Tómate la temperatura». Ante la tardanza el visitante preguntó a la enfermera, que le respondió con un: «El señor Campano hace su vida». Y esa vida es la que recorre el museo a través de un centenar de piezas, desde papeles a lienzos monumentales. Y en el centro, el arte que no ha olvidado el Museo Reina Sofía y que se degusta de un tirón. Dice Borja-Villel que Campano se animó cuando se vio implicado, cuando comprobó que la exposición cobraba cuerpo. No la ha podido ver porque falleció en agosto de 2018. «D’Après» es la obra final que entrega este artista, hijo de militar que formó parte de un momento clave del arte español que traspasó fronteras: «Son obras que te hablan y hablan también de los lugares comunes a través de los que se transmite una época».

Son las obras de un geómetra consumado, como bien dice Beatriz Velázquez, comisaria junto a Lidia Mateo y Manuel Borja-Villel, de un artista que es uno y muchos, un camaleón, un creador que transforma el arte, que hace de la literatura pintura y esta la revierte en verso. Como dice Ramón Tio Bellido en uno de los textos del catálogo «era capaz de todo».