Chaplin-Churchill: amistad a segunda vista

Sus ideas eran antagónicas. El político era un intelectual conservador y el actor un cómico filocomunista. Pero ambos se profesaron mutua simpatía desde su encuentro en California en 1929 y hasta idearon juntos una película sobre Napoleón, con guión de Churchill y Chaplin en la piel del emperador

El político y el actor, dos grandes personalidades del siglo XX
El político y el actor, dos grandes personalidades del siglo XX

La primera imagen no es definitiva. Ya sea en el amor como en la amistad. En 1929, frente a las costas de California, Charles Chaplin pensó que Winston Churchill era un tipo «abrupto» y el político calificó al actor de «bolshy», un apelativo despectivo para designar sus ideas bolcheviques. Y, sin embargo, una, dos o tres horas después, ambos, el genio del cine mudo y el futuro azote de Hitler, eran una extraña, imprevista pero sólida pareja de amigos. Y lo seguirían siendo, con innumerables idas y venidas, durante las siguientes tres décadas.

Con este material apasionante, el escritor austriaco Michael Köhlmeier ha confeccionado una novela que ahora se publica en francés, «Deux messieurs sur la plage» (Jacqueline Chambon), en la que indaga desde la ficción en una relación que fue muy real. Más allá de lo que se pueda romanzar en torno a estas dos figuras capitales del siglo XX, hay numerosos datos que dan cuenta de una amistad que dio comienzo en un momento difícil para ambos implicados.

Primer encuentro

Poco antes de su visita a California, los «tories» habían sido desalojados del poder y Churchill desposeído de la cartera de Hacienda. Por su parte, Chaplin estaba asistiendo en sus mismas narices al poderoso auge del cine sonoro: en 1927, «El cantante de jazz», que ya contaba con audio, había pulverizado los récords de taquilla de la Warner; al año siguiente, la primera película completamente sonora, «Luces de Nueva York», rindió en los cines un 5.000% en relación a sus costes de producción. Con todo, el político británico seguía siendo un reputado periodista y escritor –cabe recordar que ganaría el Nobel de Literatura en 1953–, mientras que Chaplin continuaba gozando de un estatus de estrella internacional.

El encuentro entre ambos se produjo gracias al magnate William Randoplh Hearst, el «Ciudadano Kane» de Orson Welles. Tras una visita a los estudios cinematográficos, Hearst organizó para Churchill y sus tres hijos (Randolph, Johnny y Jack) una velada plagada de estellas en Ocean House, la mansión de la actriz Marion Davis en Santa Mónica, erigida a expensas del propio magnate, amante de Davis. Según el historiador Bradley P. Tolppanen, «Hearst invirtió siete millones de dólares en una villa de 110 habitaciones, importando elementos desde los castillos de Europa. 80 columnas alineadas en la fachada que daba a la playa hicieron prorrumpir a Chaplin en la observación de que allí había “más columnas que en la Corte Suprema», mientras que un impresionado Churchill llamó al edificio «un palacio en el océano».

En medio de la algarabía de aquel encuentro, Chaplin advirtió que el político británico se encontraba fuera de su ambiente, ligeramente alejado del grupo «como un Napoleón con sus manos metidas en la chaqueta». Hearst lo animó a conocer a tan singular personaje y entre ambos se produjo una curiosa conversación sobre política que, siguiendo la crónica de Tolppanen, reproducimos:

–Lo que no entiendo es cómo en Inglaterra la elección de los socialistas no altera el estatus del Rey y la Reina -señaló Chaplin.

–Por supuesto que no lo altera -replicó Churchill.

–Yo pensé que los socialistas se oponían a la monarquía -insistió el actor.

–Si estuviese usted en Inglaterra le cortaríamos la cabeza por esa observación -zanjó el británico con una sonrisa.

La conversación entre ambos se alargó hasta las tres de la mañana y fue entonces cuando descubrieron que ambos estaban particularmente interesados en la figura de Napoleón. Según el profesor Wes D. Gehring («Chaplin’s War Trilogy»), durante su vida Chaplin soñó con interpretar a tres figuras históricas (Napoleón, Jesucristo y Hitler), de las cuales sólo llevó a la pantalla una parodia de este último. La idea de dar vida al emperador corso le venía casi de la infancia –su madre excusaba las ausencias de su marido comparándolas con las salidas de Napoleón durante sus campañas militares– y no era raro verlo en disfraz napoleónico en las fiestas de Hollywood. En vista de que la sintonía parecía cada vez más acabada, Churchill, que acumulaba libros y libros sobre el genial estratega, se lanzó a una propuesta espontánea: Chaplin interpretaría a Napoléon en una película guionizada por Churchill. Escribe Tolppanen: «Usted debe hacerlo», le apremió Churchill, que describió las oportunidades que el papel presentaría en el drama y la comedia. «Piense en sus posibilidades para el humor: ‘‘Napoleón en su bañera, discutiendo con su hermano, que está bien vestido, adornado con galones de oro, lo que podría aprovecharse para poner a Napoleón en una posición de inferioridad, lo que hace que Napoleón, en su rabia, salpique deliberadamente con agua el uniforme de su hermano y él tiene que salir ignominiosamente. Esto no es sólo inteligente en el plano psicológico, sino que es acción y diversión».

Aquella película sobre Napoleón jamás llegó a realizarse, a pesar de que el político contara con implicar al productor Alexander Korda. Pero la simpatía entre Chaplin y Churchill quedó cimentada para siempre. Es más, según el novelista Michael Köhlmeier, en aquella velada ambos sellaron un pacto de caballeros para asistirse en sus momentos más depresivos, cercanos al suicido, aquello que bautizaron como «los perros negros».

Genio y figura

Lo que sí es seguro es que durante los dos siguientes años, sus encuentros fueron numerosos y Chaplin residió como invitado en Chartwell, la mansión del político, durante su gira británica de presentación de «Luces de la ciudad» (1931). En esas citas, y a pesar de las diferencias políticas, el humor lograba prevalecer sobre las ideologías. Cuenta Tolpannen: «La velada tuvo un comienzo difícil cuando Chaplin comentó que el regreso de Gran Bretaña al patrón oro en 1925 (promovida por Churchill) había sido un gran error y, a continuación, se lanzó a un largo soliloquio que Johnny Churchill consideró “pacifista y comunista”. Winston se sumió en un silencio taciturno y Johnny se sintió mal por Chaplin. Pero el actor cambió la dirección de la velada y empezó a pinchar dos bollos de pan con sendos tenedores para realizar el baile de su película “La fiebre del oro”. El hielo se derritió de repente, todo el mundo se relajó, y la cena continuó agradablemente». En el fondo, Chaplin consideraba al conservador un «sincero patriota» y éste veía al cómico como un hombre de «conversación encantadora».

–¿Cuál será su próximo papel? -preguntó en una ocasión Churchill.

–Jesucristo -replicó Chaplin.

Tras una pausa incómoda, el futuro salvador de Gran Bretaña, el padre de aquel mantra contra la barbarie nazi («sangre, sudor y lágrimas»), apostilló:

–Ah, ¿entonces es cierto que ya han liberado los derechos?

El último encuentro de ambos fue más amargo en cambio. Se produjo en abril del 56, con el político ya retirado y Chaplin viviendo en Suiza, inhabilitado para volver a Estados Unidos. Se encontraron en el Savoy de Londres y Churchill le echó en cara al actor su silencio tras las cartas de felicitación que le había enviado por «Candilejas». «Pensé que no era neceasario responder», señaló el ya veterano Charlot. «De todos modos, yo siempre disfruto viéndole en pantalla», replicó el salvador de Inglaterra.

Los amigos españoles de Chaplin

En los tiempos en que Chaplin y Churchill vivieron plenamente su amistad, a caballo entre finales de los 20 y principios de los 30, el cómico se rodeaba de un selecto y brillante grupo de españoles, que tenían entrada asegurada en su mansión. Fueron los pioneros de habla hispana en la Meca del cine, venidos de la mano de Edgar Neville. El diplomático había aprovechado su plaza en Washington para introducirse en los círculos donde trabó amistad con Chaplin quien, a su vez, facilitó que comenzara a trabajar como guionista. De la mano de Neville, llegaron a Hollywood Tono, Jardiel-Poncela o Luis Buñuel. De vuelta a España, Neville mantuvo una incurable nostalgia de su vida en California.

Mil fotos y 6 kg., el archivo completo

Editado con el beneplácito de los herederos del gran actor, se ha editado recientemente «El archivo de Charlie Chaplin» (Taschen), un volumen de 560 páginas y de gran formato (pesa 6 kilos) en el que se se publica por primera vez buena parte del abundantísimo material que el actor y director guardó celosamente durante toda su vida. Chaplin era multifacético: escribía los guiones de sus películas, dibujaba el «storyboard» y hasta componía la música, y guardaba todo el material que producía con obsesión: Chaplin era un perfeccionista y un enfermo del trabajo. Nunca daba por terminada una obra, tal era su obsesión y meticulosidad que revisaba cada plano. En el libro hay reproducciones de guiones que nunca llegó a llevar a cabo, y aparecen imágenes de los comienzos de su carrera en los «music hall». Después, cada capítulo del volumen se ocupa de una película, que queda diseccionada y comentada de puño y letra de Chaplin. «El propósito de toda historia es expresar la belleza de la existencia. Después de todo, en la vida no buscamos más que eso, sea para la risa o para el llanto», dejó escrito.