Crowe y Gosling, los reyes del recreo

Marion Cotillard podría ser una gran Emma Bovary. En cierto modo, la Gabrielle de «Mal de pierres», de la francesa Nicole Garcia, que competía ayer en Cannes, es una versión adusta y opaca de la célebre heroína de Flaubert. «Lo que más me atraía del proyecto era encarnar a una mujer que se pone enferma en un entorno que no respeta su deseo y su pasión», explicaba la imagen de Dior. Ahí, tal vez, radica el problema de la película: que lo que le ocurre al personaje, que aspira a tener el empaque novelesco de Bovary y Anna Karenina, es percibido como una enfermedad mental, una versión contenida y hermética de esos ataques de histeria que Freud, tan sexista, siempre asoció a la experiencia de una sexualidad traumática.

Según Nicole Garcia, «Mal de pierres» es «el retrato de una mujer en la encrucijada de una sociedad muy normativa, de un mundo arcaico, y un deseo que augura el nacimiento de la mujer moderna». Gabrielle no encaja en la Provenza rural de los años cincuenta. Su madre le da dos opciones: o la ingresa en una clínica de reposo o se casa con un emigrante español (Álex Brendemühl) que la ayudará a sentar la cabeza. Escoge lo segundo, aunque la infelicidad y unos cálculos en el riñón la llevarán a un balneario suizo, donde conocerá a André Sauvage (Louis Garrel), militar convaleciente del que se enamorará con locura.

La recóndita hostilidad de Gabrielle no despierta ninguna empatía, lo que supone un grave obstáculo para que la consideremos un símbolo feminista en una sociedad patriarcal. La película se derrumba cuando, en el tercer acto, da un giro inverosímil, un «twist» que subraya la condición de enferma mental de Gabrielle y que funciona como trampa para despertar a los que, a esas alturas del partido, estaban ya pensando en la lista de la compra.

Farsa policiaca

En las antípodas se sitúa «Dos buenos tipos», el policiaco en clave de farsa, protagonizado por Ryan Gosling y Russell Crowe, felices como niños en un patio de colegio, que se presentó fuera de concurso. Cuando en un festival que satura su sección oficial con varias películas que duran casi tres horas llega una película como la de Shane Black, la prensa le hinca el diente con el entusiasmo de un creyente al que se le aparece la Virgen. No es que esta versión palomitera de «Puro vicio» no tenga sus virtudes, la primera de las cuales es reivindicar su frivolidad y la segunda darle cancha a Gosling para que explote sus dones para el «slapstick». No hay mucho más donde rascar, aunque Black se divierta de lo lindo trabajando con los clichés del cine negro crepuscular de los setenta.

Black hizo una perfecta declaración de intenciones en la rueda de prensa: «Para mí la mejor comedia no es la más pretenciosa, sino la que funciona como si fuera un malabarista que hace sus trucos en una esquina, consciente de que le tirarán tomates si no se lo trabaja».

La trama, protagonizada por dos detectives especialmente incompetentes, suerte del Gordo y el Flaco pasados por el tamiz estético de «Starsky y Hutch», mezcla una película porno con mensaje, corrupción en las altas esferas, asesinos a sueldo, fiestas de aroma funky y una visión pop de la ciudad de Los Angeles sin preocuparse demasiado porque entendamos el argumento, un poco en la línea del Raymond Chandler de «El sueño eterno» (o de su reverso tenebroso y, esta vez sí, posmoderno hasta la medula, el Thomas Pynchon de «Puro vicio»).

Black muestra un cierto don para el gag visual a lo Blake Edwards, usando las entradas en encuadre y lo que ocurre al fondo del plano con efectos notablemente cómicos. Sin embargo, y a pesar del descubrimiento de Gosling como nuevo Peter Sellers, la película nunca avanza con la fluidez que se le supone. En otro contexto que no fuera Cannes, y en un día menos aciago que el de ayer domingo, hubiera pasado mucho más desapercibida.