David Lynch, la televisión ya es mental

El director le gana la partida al cine en Cannes con el regreso de una serie mítica que resume sus obsesiones y motivos estéticos.

David Lynch demuestra estar en forma en los nuevos capítulos de «Twin Peaks»

El director le gana la partida al cine en Cannes con el regreso de una serie mítica que resume sus obsesiones y motivos estéticos.

Apártense los David Chase, J.J. Abrams y David Simon de turno, porque David Lynch sienta cátedra con la tercera temporada de «Twin Peaks». La televisión del futuro era esto: lo nunca visto. Ni segunda edad de oro ni pepinillos en vinagre: lo que Lynch empezó con la serie catódica más visionaria de la historia, Lynch lo acabará con letras grabadas en terciopelo rojo. Un certificado de defunción, un testamento, un sobre lacrado. Totalmente justificado que ayer subiera las escaleras del Grand Theatre Lumière para celebrar un gesto inédito para el festival de Cannes, que ha hecho una excepción programando los dos primeros episodios de «Twin Peaks» fuera de concurso. Una pena que, inexplicablemente, Thierry Frémaux no los estrenara cuatro días antes, aunque suponemos que Showtime no quería perderse la exclusiva.

Un desafío narrativo

Si una amplia mayoría de las ciento y una series que se han convertido en tema de conversación habitual entre los consumidores de cultura popular aspira a sustituir el panorámico aliento narrativo de la novela decimonónica, «Twin Peaks» le hace un corte de mangas al relato y propone una televisión del subconsciente, donde las formas conquistan el universo reglado de la serialización. Cada secuencia es a la vez autoconclusiva y abre infinitas puertas. Cada plano es un «cliffhanger» y su antónimo, un desafío a la velocidad impuesta por la televisión y un jeroglífico a descifrar. Hay una explícita continuidad con las dos temporadas anteriores, aunque todo resulta completamente nuevo. Lynch ha conseguido liberar a la televisión de sí misma a través de un compendio completísimo de sus obsesiones y motivos estéticos. El resultado está tan cerca de «The Alphabet» y «The Grandmother», sus primeros cortos, como de «Inland Empire»; tan cerca de su obra pictórica como de sus esculturas y sus collages. Incluso sus detractores más feroces se verán obligados a admitir que nadie, absolutamente nadie, ha hecho televisión con un diseño de sonido tan expresivo, tan fuera del mundo, como el de esta nueva entrega.

Sería imposible destripar su argumento. Sus momentos álgidos, muchos situados en la Habitación Roja, recuperan al agente Cooper y Laura Palmer, aunque algunas de sus derivas están protagonizadas por un «doppelganger» especialmente violento, una caja de cristal cuyo interior puede convertirse en un cuadro de Francis Bacon y una puerta (¡otra!) a una nueva dimensión de lo real, y un cadáver con la cabeza cambiada. Si Faulkner tenía su Yoknapatawpha, David Lynch tiene su Twin Peaks. Sin rendir cuentas a nadie –nos quitamos el sombrero ante Showtime–, el cineasta de Montana ha conseguido convertir la televisión en un espacio mental. A partir de ahora, ver una serie nunca será lo mismo.

Es un alivio encontrarse con una película como «Good Time» a concurso, sobre todo después del mal rato que nos obligó a pasar Sergei Loznitsa con «A Gentle Creature». No hay grandes temas en el filme de los hermanos Safdie, lo que no significa que su planteamiento formal no sea riguroso. La América alucinada de Lynch se satura de texturas, de imágenes broncas y agitadas, para seguir de cerca a un atracador aficionado que abona su camino a la cárcel con un rosario de decisiones equivocadas. El realismo sucio de «Heaven Knows What» –la película que, sumergiéndose sin balón de oxígeno en el submundo de la droga, lanzó internacionalmente la carrera de los hermanos Safdie– se contagia a un estilo, no por más urgente menos poético, que intenta captar la energía emocional del error. Estamos cerca de «Pánico en Needle Park», de Jerry Schatzberg, de «Tarde de perros», de Sidney Lumet, o incluso de «Wanda», de Barbara Loden.

En el corazón del relato, una historia de amor fraternal protagonizada por el atracador y su hermano mentalmente discapacitado, al que intentará rescatar de la cárcel. Los Safdie nunca cargan las tintas en el comentario social, que nace orgánicamente de lo que hacen los personajes y el ambiente en que se mueven; tienen auténtico ojo para las localizaciones (desde un piso costroso en Queens hasta un decadente parque de atracciones) y consiguen que nos olvidemos de que Robert Pattinson, que nunca ha estado mejor, fue vampiro juvenil en la saga «Crepúsculo». Las modestas ambiciones de «Good Time», que fue acogida calurosamente en su pase de prensa, refuerzan lo notable de sus resultados.

A Sergei Loznitsa, con «A Gentle Creature», le pasa justamente lo contrario. Sacrifica toda la humanidad que les sobra a los Safdie para demostrar que Rusia, el año en que celebra el centenario de su revolución, es un país monstruoso, amargado y hostil. En el descenso a los infiernos de esta «mujer dulce» (en alusión irónica al título del cuento de Dostoievski que Bresson adaptó en 1969) que atraviesa el país para hacerle llegar un paquete con víveres a su marido, que está en la cárcel, no hay ni una sola persona que esté dispuesta a ayudarla. En su camino solo hay locura, desesperación y humillación. El retrato de Loznitsa, que condena a la protagonista a ser Sísifo en una nación kafkiana, es tan oscuro, tan nihilista, tan falto de esperanza, que logra que dudemos de su autenticidad. Habla más de la falta de generosidad de su autor que de la decadencia de su país.