«Logan»: Caperucita y el lobo

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Director: James Mangold. Guión: Scott Frank, James Mangold y Michael Green. Intérpretes: Hugh Jackman, Patrick Stewart, Dafne Keen y Boyd Holbrook. EE. UU., 2016. Duración: 137 min. Fantástico

James Mangold sabe que una cita vale más que mil palabras. Cuando «Raíces profundas» aparece en «Logan» lo hace como una bofetada en plena cara. La madre de los westerns crepusculares cuando nadie hablaba de westerns crepusculares estaba protagonizada por un ángel de la guarda que, a su pesar, sabía poner los puntos sobre las íes. ¿Qué es Lobezno si no un Shane con los pelos y las uñas de punta? Antes que en George Stevens, Mangold se mira en el Clint Eastwood de «El jinete pálido» para que Lobezno –que en 2029 vive cerca de la frontera con México, se gana la vida conduciendo limusinas, sueña con comprarse un pequeño barco, bebe y tose demasiado, y cuida de un Charles Xavier al filo de la demencia– aúlle en su última luna. El problema de «Logan» es que da la impresión de que su director emprende el descenso a las tinieblas del universo superheroico como si fuera un pionero, con el engolamiento autoconsciente de un niño repelente que siempre levanta la mano cuando no se le pregunta. Como si, en fin, no hubieran existido ni Frank Miller, ni Alan Moore, ni Christopher Nolan, ni Zack Snyder, ni etcétera. A «Logan» se le entienden las intenciones, pero también se le ven las costuras. Mangold parece confundir el crepúsculo con el tedio, y está convencido de que la violencia con sangre (digital) entra, aunque sea perpetrada por una niña de once años que podría ser la hija de Lobezno si no estuviera predestinada a vivir en una comunidad de nuevos mutantes que parece la isla de «El señor de las moscas». Es discutible que esa violencia, que programa la película para un público más adulto de lo habitual en este tipo de productos, sirva para concienciar a nadie de que las superproducciones matan sin principios morales, sobre todo porque, sin ánimo de hacer espoilers, la secuencia en la que se despliega de manera más brutal es completamente irresponsable. Mangold, que pretende vendernos una película oscura y enfadada, utiliza todo lo que está en su mano para ocultar la verdadera naturaleza de este ¿final? de franquicia: que lo que tiene entre manos es materia de telefilme de sobremesa, que su película tiende a lo discursivo para enmascarar la falta de garra de las escenas de acción, y que sus pretensiones de convertirla en epitafio escrito en mayúsculas le impiden atender al drama de sus personajes más allá del cliché.