Cine

Rodrigo Cortés: «Conseguir financiación para una película ya es suficientemente aterrador»

El viernes estrena «Blackwood», un inquietante filme sin adscripción a un género determinado, protagonizado por Uma Thurman y producido por Stephenie Meyer. Reflexiona sobre el talento, la disciplina y otros fantasmas a través de la historia de cinco adolescentes marginadas que se ven en la posición de redimirse

Rodrigo Cortes (Foto, Rubén Mondelo)
Rodrigo Cortes (Foto, Rubén Mondelo)

El viernes estrena «Blackwood», un inquietante filme sin adscripción a un género determinado, protagonizado por Uma Thurman y producido por Stephenie Meyer

Cinco adolescentes, cinco muchachas marginadas por la sociedad, sin ningún talento aparente más que su estéril rebeldía «teenager». Cargadas de rabia, odio, resentimiento, y con el peso de una larga lista de delitos, ingresan en «Blackwood», una escuela dirigida por Madame Duret (Uma Thurman) para redimirse de sus actos y encontrar un destino diferente para sus vidas. Con estos mimbres, Rodrigo Cortés contruye un filme inquietante, con toques sobrenaturales, que aborda el talento y el precio que podemos llegar a pagar por él, en una historia sin género preciso, que se mueve por las aguas del «thriller» y lo fantástico, y donde, nadie espere encontrar los trucos habituales de las películas de terror.

– ¿El talento puede ser terrorífico?

– Sí. Una de las cosas que más me interesan del subtexto que subyace en la película es que el arte, para empezar, es una laguna oscura y muy profunda con una gran capacidad transformadora para bien y para mal. Maravillosa y terrible. El talento y el genio encierran un gran poder desgastador y erosionador. Y hay para quien es directamente una maldición. Así que creo que sí abriga esa capacidad. Creo que la película en el fondo es una reflexión sobre obtener resultados significativos que no estén sostenidos en el esfuerzo, la disciplina, porque eso es todavía más terrible porque acaba exigiendo un precio, no es gratis, y ese precio suele ser uno mismo.

– ¿Por qué le interesa la falta de esfuerzo y justo en una película sobre adolescentes?

– Me llama la atención la superficialidad con las que atendemos ciertos estímulos sin dedicar un segundo a rastrear las posteriores consecuencias. Todos conocemos muchas situaciones que parecen agradables y que parecen que tienen una pega, pero con el tiempo te das cuenta que no es tan buena y otras en que deseabas algo o te sucede algo malo, pero se demuestra que a la postre mejora las cosas. En este caso, las niñas obtienen logros que solo podemos calificar de positivos, que gracias a ellas suceden cosas que en teoría mejoran el mundo, pero cuando las cosas, teóricamente, buenas no se sostienen en el esfuerzo, cuando no se paga previamente el precio que cuestan, ese precio acaba pagándose de cualquier manera y muchas veces las intenciones no son limpias y cristalinas acaban creándose monstruos. Algo de eso hay en la película.

– ¿Se ha encontrado con ese reverso oscuro del conocimiento?

– No, por el potencial cinematográfico. Cualquiera que se analice con honestidad se da cuenta enseguida que dentro de uno hay un equilibro de luz y sombra. Y que generalmente cuando hace crecer la luz también hace crecer la sombra y que este es un equilibro constante, de toda una vida, que no se resuelve. Uno tiene que decidir qué parte alimenta, porque no puede matar a ninguna de ellas. Pero no lo asociaría con mi pretendido talento cinematográfico, porque para que una película sea real hay que pasar por muchas fases, cruzar muchas líneas, perder tantos años de vida reales e imaginarios, que nada de eso puede aterrarte más allá de conseguir la financiación, que ya es suficientemente aterrador.

– Los protagonistas son adolescentes, pero no son nada heroicos, como en las sagas actuales. De hecho, son manipulados. Es una visión diferente.

– La historia podía haber seguido la senda de sagas juveniles que a todos se nos ocurren o podía ir por una polanskiana, más inclemente, que es por donde discurre. Considero que es respetuosa con el adolescente, porque no lo trata con condescendencia ni con paternalismo, se dirige a él como uno de los espectadores potenciales en igualdad de condiciones. Una de las formas de respetar al espectador es ser inclemente con él, porque consideras que no tienes nada de qué protegerlo. Y devuelve una mirada implacable sobre un entorno. Cuando estas jóvenes podían sentirse manipuladas no reaccionan contra ello, porque, por otro lado, son jóvenes que han sobrado de muchos lugares distintos, que no han hecho nada importante en sus vidas y por primera vez hacen algo que se puede atribuir a ellas y merece la pena.

– La gente que hemos admirado en la ciencia o las artes aquí pueden parecer terribles.

– He querido colocar capas en el filme para que el espectador reflexione. Por un lado sucede lo que dices, por otro lado, hay diferentes tipos de creadores. Los hay exitosos, quizá buenos, pero frustrados, porque no han alcanzado las cuotas de fama que consideraban que merecían. Los hay que están llenos de resentimiento y amargura, y los hay cuya capacidad creadora se ha vuelto contra sí mismos y los ha convertido en verdaderos monstruos que los han fagocitado y los ha tragado. Todas estas visiones se dan en la película. También tengo una actitud hacia las cosas muy distanciada y poco emocional. Si alguien te preguntara ahora si me gustaría que Beethoven regresara para componer su décima sinfonía, la respuesta sería no. Tuvo su tiempo, perteneció a su tiempo, mejoró el mundo. Hizo lo que tenía que hacer. Si de alguna manera compusiera su décima sinfonía, habría que pagar el precio por ello y en una forma terrible. Tendría consecuencias terribles que no podríamos anticipar. ¿Me hubiera gustado que Mozart viviera 60 años en lugar de 37? En el mundo de la teoría, sí; pero todos tenemos nuestro tiempo y es el que nos corresponde.

– ¿Por qué Uma Thurman para el papel de una profesora francesa?

– Llegué a ella por un camino «antiintuitivo». Lo lógico hubiera sido buscar a una actriz francesa para su papel o, en su defecto, una británica, pero no norteamericana. El personaje encierra una sofisticación natural y atemporalidad que pertenece mucho más al viejo mundo que al nuevo. Pero Uma Thurman tiene una energía muy eurocéntrica y ella ha gravitado entorno a Europa. Uno no ve en ella a una chica de Chicago. Me parecía perfecta para el rol de Madame Duret, que establece unas reglas que parecen provenir de otro tiempo, porque sitúa a estas jóvenes sobrantes en un mundo sometido a otras reglas. Las obliga a seguir un programa de estudios basado en los pilares del conocimiento clásico, les retira los móviles... Uno de los desafíos es que no queríamos a la Madrastra de la «Cenicienta». En Hollywood, cuando una actriz recibe el encargo de hacer de villana se divierte haciendo de Cruella de Vil o Maléfica. Ella debía estar contenida. Su personaje es positivo al comienzo, porque las razones que la mueven no son una maldad pura, sino una forma equivocada de concebir la manera de mejorar el mundo, de considerar que el arte está por encima de las vidas de personas, que son sacrificables.

– Hay elementos sobrenaturales... pero es difícil encuadrarla en un género.

– El género me interesa por su capacidad expresar temas profundos y universales que no pierden vigencia a través de sus resonancias alegóricas. El cine social atiende a la realidad contingente de un momento y pierde vigencia en dos años. Enuncia verdades que acaban demostrando ser fungibles y relativas. Muchas veces películas comprometidas con su tiempo, diez años después resultan absolutamente ingenuas. En cambio, el género es capaz de expresar conflictos emocionales y dramáticos internos a través de conflictos externos que no me atrevería decir que son simbólicos, pero que resultan apasionantes literaria o cinematográficamente, que siempre resuenan con la naturaleza del ser humano, sometido a fuerzas superiores a él, ya que es nuestra situación generalmente en el mundo. Podemos mirar el entorno asombrados tratando de luchar con fuerzas que no comprendemos y procurando entendernos nosotros. A mí mismo me cuesta decir de qué género estamos hablando, porque la película no es propiamente de terror, tampoco de sustos ni de miedo. Hay un componente aventurero, de thriller, romántica, no en el sentido amoroso, sino del romanticismo.

Una película que arde

Rodrigo Cortés decidió construir, sobre tres platós, la escuela de Blackwood para que todo se viera real. Porque todo lo es, también el fuego. «El resultado es mucho mejor. Hay un momento en que la luz eléctrica desaparece de la película para siempre. En esas escenas nocturnas solo usamos las velas y el fuego. El efecto es más verosímil. Lo fácil no trae mejor resultado».