Alexandra Jiménez: «Solemos premiar las películas que nos hacen sufrir»

Protagoniza «Embarazados», la comedia más reciente de la directora Juana Macías, junto a Paco León

Protagoniza «Embarazados», la comedia más reciente de la directora Juana Macías, junto a Paco León

Érase una chica a una sonrisa pegada. Alexandra Jiménez. Una de nuestras actrices de nueva generación, ahora rubia, aunque la hemos visto con el pelo de todos los colores, y con una naturalidad que la hace parecer, más que una diva lejana, la prima, la colega, la amiga o la vecina del piso de abajo. Quizá por eso trabaja tanto y en esta ocasión la han elegido para ser la protagonista de «Embarazados», una película en la que comparte pantalla con Paco León y en la que las hormonas, los deseos de ser padres e incluso la falta de ellos acercan a un público que, de uno u otro lado, comparte lo mismo. Embarazarse no es embarazoso, o no debería serlo. Pero un trabajo como éste no puede haber sido fácil del todo para Alexandra: «Fue más bien complicado, porque es un personaje que pasa por estados de ánimo diferentes. Primero empieza con unas circunstancias y luego cambia radicalmente. Atraviesa un conflicto que tiene que resolver, lo cual es normal en todo ser humano. Pero hay un añadido: ella pasa por un tratamiento de hormonas, que le supone una revolución emocional tremenda. Y no es fácil medir exactamente todas esas emociones que experimenta».

Supongo que cuando alguien se mete en la piel de un personaje para interpretar una historia en la que se cuenta algo tan común como la dificultad de concebir, por tantos retrasos de maternidad, premenopausias, bajas calidades del esperma y otros asuntos, inmediatamente piensa en uno mismo. «Es verdad. Imagino que me puedo encontrar esto y cosas peores, claro que sí. Y es cierto que lo he vivido, lo continúo viviendo y seguro que lo seguiré viviendo alrededor, porque cada vez nos vemos más envueltos todos en este asunto, porque somos esa generación que está llegando tarde al siguiente encuentro con nosotros mismos. Es demasiado complicada la situación que vivimos y, al mismo tiempo, no sabes muy bien cuál es la solución o cuál puede ser».

Le pregunto a Alexandra si después de hacer esta película se ha dedicado a recomendar a la gente que congele los óvulos por si acaso, o si quizá ha pensado todo lo contrario: «Pues no me siento capaz de recomendar nada a nadie, ni siquiera a mí misma. No lo sé. Me parece que el momento de cada uno es algo tan delicado y personal...Y eso también se ve muy reflejado en la película. Se ve cómo ella, ante un susto, por primera vez se empieza a dar cuenta de que tiene 37 años, que ya le toca, y lo tiene claro, y como él no se atreve a decir expresamente lo que le está pasando por no hacer daño...Y el espectador lo entiende todo. Lo de ella y el vértigo de él y que él se sienta realizado tal y como está».

Concepto trasnochado

Se plantea en la película una cuestión que casi no se puede decir en voz alta en la sociedad, y es que hay quien no quiere tener hijos. «Exactamente. Existe la opción de no hacerlo. Y hay que tener el valor suficiente como para admitir en qué momento estás tú y qué es lo que realmente quieres. Muchas veces el amor no es suficiente. La pareja de la película se adora, una situación tan radical como ésta, de decidir justo en ese momento porque ya no hay más tiempo, exige que cada uno se defina y defienda con valentía lo que realmente quiere. Y en ello estamos todos». Sucede, sin embargo, que decidir en contra de lo establecido no suele estar muy bien visto. Y menos en lo que se refiere a la maternidad, que siempre parece que debe ser obligatoria: «Sí. Es un concepto muy trasnochado, pero que se ve. Y, a veces, al pasar de los treinta, no hay una sola persona de tu vida que no te pregunte sobre el tema. Y desde luego si contemplas la opción de no tener hijos te miran con cara de “qué rara es esta tía”». Hay algunas valientes que se atreven. Se me viene a la cabeza Rosa Villacastín, que siempre ha asegurado que era su opción. O Maribel Verdú, que nunca lo ha dejado de tener claro. El resto, si lo contempla, ni se atreve a mencionarlo. Para no quedar de rara, como dice Alexandra.

Por eso conviene que se exploren todas las opciones en el cine, que, al fin y al cabo, es el reflejo de la sociedad. «Desde luego. Porque cada uno puede elegir optar por lo que quiera y decir lo que tiene claro. Porque es verdad que cuando se dice que no se quiere tener hijos, parece que se afirma como si se estuviera en una reunión de Alcohólicos Anónimos. Es absurdo. A mí lo que me pasa es que nunca me atrevo a pronunciarme, porque cambio de opinión cada cinco minutos. Vamos, que yo con mi propia vida no sé muy bien cómo me voy a levantar mañana, ni hacia qué dirección voy a decidir ir en muchas ocasiones. Y no me parece algo negativo de todas formas». El caso es que, en «Embarazados», se invita a la sonrisa e incluso a la carcajada, pero también a la reflexión. A plantearse que hay que tener respeto ante las decisiones personales de cada cual, sean iguales o distintas a las del resto. «Yo ahora veo con más claridad la opción individual. Con la de cada uno de ellos. Y no me alíneo con ninguno de los dos, porque los entiendo a ambos. Es más, creo que podría interpretar a Fran (el personaje de Paco León), lo entiendo». «Embarazados», donde se trata con maestría uno de los asuntos más recurrentes en las relaciones de pareja, es una comedia dramática (si es que se le puede llamar así), pero comedia al fin y al cabo, así que, como siempre, parece que tiene buen respaldo del público, pero poco de la crítica que premia. ¿Por qué será? «Es que, salvo excepciones –dice Alexandra–, parece que tendemos a premiar las películas que nos hacen sufrir».

Personal e intransferible

Alexandra Jiménez nació en 1980, está «soltera-casada». No tiene hijos. Se siente orgullosa «de que he conseguido cambiar muchos aspectos de mí misma». Se arrepiente «de haberme dado demasiada importancia». Perdona, olvida. Le hace reír «casi todo, incluso lo que me hace llorar». A una isla desierta se llevaría «a mi pareja-marido». Le gusta comer «menú infantil. Soy de comida muy poco sofisticada». Y beber cerveza. No tiene manías, su vicio es el café. Tiene dos sueños que se le repiten: «Uno de ellos es que voy en un vehículo, que no tiene por qué ser un coche, a veces simplemente una tabla con ruedas, corriendo a toda velocidad y estoy a punto de dármela, pero nunca me pasa. Y el otro, bastante aterrador, es que entran en mi casa...». De mayor le gustaría ser directora de cine. Y si volviera a nacer sería cantante de jazz. Le digo que aún le queda tiempo para serlo y me confiesa: «Es que canto muy mal».