Cortázar, cien años de oscuridad

Cortázar: treinta años desde su muerte cumplió este febrero. Hoy, centenario de su nacimiento. La primavera del año pasado, cincuenta años de la publicación de su obra más célebre, «Rayuela». El escritor argentino se hace presente con estas efemérides que editoriales y actos públicos promueven acogidos al interés que aún suscita el autor. Alfaguara publicó hace poco «Cortázar de la A a la Z», una biografía compuesta de fotografías, reproducciones de manuscritos originales y una antología de textos. Y acaba de aparecer «Julio Cortázar y Cris» (Cálamo), una crónica de amistad llena de complicidades literarias en la que surge un Cortázar cariñoso, pues no en vano había dedicado a la escritora uruguaya quince poemas de amor de su libro «Salvo el crepúsculo», que vería la luz el año de su muerte, 1984.

Ésta por supuesto es la parte de su obra menos conocida, la poética, dentro de un corpus donde no hay que olvidar sus valiosos artículos y ensayos, sus traducciones –de Keats, Yourcenar, Defoe y Poe– y en el que destacan, aparte de «Rayuela», sus libros de cuentos fantásticos, que guardan tesoros como «Casa tomada», «Continuidad de los parques» o «La autopista del sur». Todo un caudal de imaginación desbordante y valentía creativa que deslumbró en su momento y conserva un gran encanto para diferentes generaciones. Y es que, como dice el narrador nicaragüense Sergio Ramírez en el prólogo a la biografía de Cortázar de Miguel Herráez (editorial Alrevés, 2011), Cortázar se empeñó «en no aceptar ninguno de los preceptos de lo establecido, y poner al mundo patas arriba de la manera más irreverente posible, y sin ninguna clase de escrúpulos y concesiones». Nació así una literatura libre de ataduras, desconcertante en los relatos, compleja en las novelas, y una voz que se hizo política.

Este talante de un Cortázar denunciador de las violaciones de los derechos humanos en América Latina es la seña de identidad social de un hombre que aún da ejemplo, por la autoexigencia artística que mantuvo y por su fidelidad a un modo muy propio de entender la lectura y la escritura; a menudo con un toque lúdico, como en sus libros «Historias de cronopios y de famas» o «La vuelta al día en ochenta mundos», pues siempre se mostró alejado de la seriedad académica, y de continuo rodeado de jazz, música que adoraba y de lo que hay un reflejo superlativo en el relato «El perseguidor», inspirado en el saxofonista Charlie Parker.

Así, es posible ir descubriendo a Cortázar mediante novedades que van recomponiendo su rica personalidad, como «Cortázar y los libros. Un paseo por la biblioteca del autor de "Rayuela"» (Fórcola, 2011), de Jesús Marchamalo, y el que se preparó el año pasado a partir de las conferencias que dio en la Universidad de Berkeley en 1980: «Lecciones de literatura» (Alfaguara). De ello se están encargando en especial Aurora Bernández, viuda y albacea de su obra, y el filólogo Carles Álvarez Garriga, que ofrecieron en 2009 «Papeles inesperados», volumen de textos dispersos: versiones de relatos, un capítulo pensado para la novela «Libro de Manuel», discursos, poemas e incluso autoentrevistas. Le siguió «Cartas a los Jonquières», que a lo largo de los años 1950-1983 fueron dirigidas a un amigo poeta y pintor y en las que el lector encontrará al Cortázar más fraterno y vulnerable: aquel que se entregó a su talento y a los demás, atravesó el espejo de la realidad mediante cuentos fantásticos y sigue saltando la rayuela más famosa de la historia.