Darío Villanueva: «Iba para poeta y escribió sus novelas con la impronta de un poeta»

El Director de la RAE conoció todas las caras del Nobel. Estrechó lazos en su época de estudiante. Prolongó esa amistad cuando era rector de la Universidad de Santiago de Compostela y después secretario de la Fundación CJC.

El Director de la RAE conoció todas las caras del Nobel. Estrechó lazos en su época de estudiante. Prolongó esa amistad cuando era rector de la Universidad de Santiago de Compostela y después secretario de la Fundación CJC.

–¿Vemos a Cela a través del personaje que creó? ¿Eso le perjudica?

–Al escritor es difícil que lo perjudique, porque lo que define a un autor es su obra y la obra tiene una vida autónoma. Él murió en 2002. Los lectores de las nuevas generaciones que no lo hayan conocido apenas le recuerdan y sí lo leen. Su figura no perjudica a su legado, pero hay determinadas expresiones de la última etapa de su vida que han enturbiado su imagen. Ahora tenemos una ocasión para hacernos con el Cela completo y no dejarnos conducir por la anécdota de sus últimos años.

–¿Cómo era?

–Tuve con él mucha relación y he trabajado su obra. Soy editor de «La colmena» y «La familia de Pascual Duarte». Tengo, por lo tanto, una visión de él muy próxima y, en su trato conmigo, muy positiva. Cela era una personalidad dual. Había un Cela de la intimidad y otro para la galería. No sé si por una timidez inicial, cosa que dudo, porque no creo que fuera tímido, o por una razón de autodefensa, él, en sus apariciones públicas se mostraba de una forma distinta al Cela auténtico y genuino. Exageraba determinados gestos de una postura rompedora, especialmente cuando estaba rodeado de personas que no le tenían en consideración; personas que por su incultura, unida a su prepotencia económica o política, tendían a menospreciar a los escritores. Muchas de sus manifestaciones públicas hay que entenderlas como un gesto de afirmación de su condición de escritor, de ocupar un sitio sólido en la sociedad, imponiendose a quienes desconsideraban al Cela escritor y al conjunto de los escritores. El CJC que yo conocí estaba interesado en defender la profesionalidad, la dignidad y la nobleza del oficio de escritor. En todos los planos. También en el económico. Se ha hablado de un Cela pesetero. Yo nunca percibí tal cosa en él, pero él quería que, en una sociedad moneterizada, el trabajo de un autor tuviera una retribución suficiente y generosa, porque para él, el trabajo del escritor era noble y quería que entrara por las tragaderas de esa vieja casta hispánica que desdeñaba a los escritores y que los sometía a un papel de parias de la sociedad.

–¿Puede verse su ambivalente relación con el régimen como una manera de templar una situación y ayudar a los autores?

–Este planteamiento tiene su fundamento real. Hay cosas que no dejan de sorprendernos. La publicación de «La familia de Pascual Duarte» es un hecho insólito: que una novela como ésa, tan terrible, donde aparece una familia desestructurada, se publique en 1942, cuando la familia era uno de los pilares del nacionalcatolicismo y el régimen –recuerde: familia, municipio y sindicato–, no se comprende sin la connivencia con el poder. Él hizo la guerra en el bando nacional, en una posición militar modesta, pero llega al Madrid de la posguerra con el bando de los vencedores. Y, de repente, sale esta obra, que es una contradicción. Y que se repite con «La colmena», aunque con peor suerte. «La familia de Pascual Duarte» se publica, pero su segunda edición se retiró. Luego, la situación se normalizaría; «La colmena» no se publica en España por la censura, aunque después, sí. Ahí prevaleció cierta influencia con determinadas instancias. «Papeles de Son Armadans» no se entiende sin esa influencia. La revista se publica en Mallorca, y los censores eran del ambito mallorquín. Él tenía contacto con ellos. por eso logró que se conviritiera en el escaparate de los escritores en el exilio y de autores europeos opuestos a la cultura del régimen. También debemos recordar que dio cancha a los jóvenes y recogió en esas páginas la literatura catalana y la gallega. «Papeles de Son Armadans» es de sus obras más importantes.

–Se ofrece como delator y ayuda a autores como Julián Marías...

–Y a Arrabal, también. Es cierto que Cela presentó una instancia para incorporarse a los Servicios de Información, y que fue rechazado por no tener mayoría de edad. Y es verdad que fue censor. Pero también es cierto que firmó manifiestos cuando los episodios de Astu-rias y en otros momentos de represión del régimen; que rechazó el Doctor Honoris Causa de la Universidad de Santiago de Chile por el golpe de estado de Pinochet, y que renunció a la presidencia del Ateneo de Madrid por oposición a las medidas del tardofranquismo.

–Cela reconoció que pasó miedo en la Guerra Civil. ¿cómo influyó este conflicto en él? Él vio cómo una bomba mató delante de él a su novia, Toisha Vargas...

–En ella están inspirados los poemas de «Pisando la dudosa luz del día», el poemario que publica en 1945, pero estaba escribiendo durante la contienda. El teorizó sobre la Guerra Civil. Consideraba que era la gran tragedia de la España contemporánea. No mantenía una postura equidistante. Hay un dato significativo. Él pertenecía a la quinta que entraba en filas en 1936. Para él fue un fracaso por las dos Españas, a las que culpó de lo que ocurrió. Creía que los sacrificados fueron los españoles de a pie. Su obra está marcada por este acontecimiento. Lo mismo que «La colmena», que es la novela de la terrible posguerra en Madrid. El final de este libro es misterioso. El único personaje que destaca sobre los demás, Martín Marco, es un izquierdista, un escritor que se busca la vida. Cuando la novela está terminando, las personas que tienen relación con él leen un diario y empiezan a preocuparse por Martín Marco. Quieren protegerlo. No se dice qué aparece en el periódico, pero en mi edición aporto pruebas de que es un edicto reclamando su presencia en virtud de la ley de responsabilidad política. Se pide que se entregue para revisar su comportamiento durante la República y la guerra. Martín Marco es una víctima tardía de la guerrra. La paz no estalló en 1939. Cela estaba preocupado por la maldición española que se había plasmado en la Guerra Civil y en cómo pesaría en nuestra historia futura. Por eso en la Transición, en la que tuvo un papel significativo como senador por desginación real, formaba parte de los partidarios de una Transición pacífica y la institucionalización de un régimen democrático

–Todas sus obras son distintas.

–Cuando presenta «Oficio de tinieblas 5», hace una declaración: «La literatura es una mantenida pelea contra la literatura. Renuncio a mi maestría, de la que abdico. No me quiero repetir, por tanto voy siempre a innovar». «Oficio...» es rompedora. Siempre hay en Cela una impronta lírica. Él iba para poeta y la guerra tuerce esa trayectoria. Su éxito llega con «La familia de Pascual Duarte», pero no perdió el tratamiento del lenguaje característico de los poetas, donde cada palabra vale por sí misma. Los novelistas tienen una concepción de la palabra más instrumental. Para ellos sirve para crear un mundo. Él escribió sus novelas siempre con la impronta de auténtico poeta, por eso su tendencia al framgentarismo, donde la acción está dividida en unidades que son casi poemáticas. «Pascual Duarte» es una novela de personaje, tradicional. Es perfecta y madura. A partir de entonces empieza una serie de experimentos. Cada molde es roto con su siguiente trabajo. Y así hasta llegar a «Madera de boj», que es una magnífica obra, una letanía de frases sobre la épica del mar.

–«Madera de boj» tuvo malas críticas.

–Antes hubo otro libro rompedor que también tuvo mala crítica, salvo por voces destacas, como la de Manuel Alvar: «Cristo versus Arizona». Cuando Cela logró el éxito con «La familia de Pascual Duarte», en un diario de Galicia le preguntaron por las obras que tenía en mente y él dijo que iba a escribir una trilogía gallega: una novela idílica del valle del Ulla, donde nació; una novela bravía de la montaña orensana, de donde procedía su padre, y una novela épica del Finisterre, donde se naufraga. Esos tres proyectos se escribieron. El primero fue el primer tomo de su biografía, «La rosa»; la segunda, «Mazurca para dos muertos», y, la ultima, «Madera de boj». Yo seguí de cerca esto porque él alquiló una casa en Finisterre para pasar sus veranos a principios de los años 80. Le acompañé en sus visitas al cabo y a los alrededores para impregnarse del ambiente. Entre tanto, se mezcló el Nobel de Literatura y trastocó sus planes. Al final, sería el último libro que publicase. Es sublime, literariamente hablando. Y es asombroso que la hiciera cuando era octogenario

–¿Y su labor filológica?

–Estaba obsesionado por las palabras. Le gustaba recoger los refranes, dichos y frases hechas. Sus libros de viajes están llenos de palabras específicas de la zona. Cuando fue académico le dio una formalización profesional y acabó mereciendo una cátedra de Literatura y Geografía populares en la Universidad de Mallorca. Ahí está «El diccionario secreto» y su «Enciclopedia del erotismo». Era un escritor que, al igual que Valle-Inclán, no escribieron en gallego, salvo algunas cosas, pero tenían sustrato de la lengua gallega. Escribían un español en el que el ritmo estaba influido por el gallego y en el que se insertaban palabras gallegas. Esto se ve en «Mazurca para dos muerto». Son escritores que tienen una percepción de la lengua que escriben, en este caso el castellano, que no posee un autor de Valladolid. Ellos, al ser periféricos lo ven desde una distancia muy creativa.