Edgar Neville, gallinejas en Sunset Boulevard

A los cincuenta años de su muerte, la Filmoteca Española dedica una retrospectiva a este cineasta tan castizo como cosmopolita, pero olvidado durante décadas en nuestro país por ser supuestamente «del régimen».

A los cincuenta años de su muerte, la Filmoteca Española dedica una retrospectiva a este cineasta tan castizo como cosmopolita, pero olvidado durante décadas en nuestro país por ser supuestamente «del régimen».

Imaginen un puesto de entresijos y gallinejas en pleno Sunset Boulevard. Algo así podría ser el cine y hasta la misma personalidad de Edgar Neville, un autor multidisciplinar tan castizo como cosmopolita, tan cercano como inasible, entrañable y la vez incómodo. Un genio tenido por «hombre del régimen» que, sin embargo, nunca gozó de favor institucional con el franquismo y que, luego, hasta una reciente rehabilitación (este mes la Filmoteca Española le homenajea con una retrospectiva a los 50 años de su muerte), fue silenciado como tantos otros exponentes de la llamada «Otra Generación del 27»: Jardiel Poncela, Miguel Mihura, López Rubio... «Lo que le pasó a Edgar Neville es que ni la derecha, a pesar de ser diplomático, ni la izquierda, pese a hacer cine, lo veían bien. Como era título (noble), en el mundillo del cine y del teatro no lo consideraban. Fue un hombre del régimen contra el régimen. Pero los cómicos, y lo digo sin intención peyorativa, lo veían mal porque era conde, rico y snob, según decían, siempre con los mejores coches...», explica Isabel Vigiola, viuda de Antonio Mingote y secretaria durante 20 años de Neville.

El cineasta, nacido conde de Berlanga del Duero en 1899, nunca escondió esa jugosa fachada de «bon vivant» que lo alejó de la intelectualidad de izquierdas ni matizó el liberalismo y la liberalidad que lo enfrentaban a los prin-cipios del movimiento. Como tantos hombres talentosos e inclasificables de una época de extremos (pensamos en Ortega, por su ecuanimidad, o en Foxá por su divismo individualista), Neville jamás se halló adscrito a nada ni nadie que no fuera una obra que habla por sí sola: decenas de películas, piezas teatrales, novelas, en las que el humor castizo abraza el refinamiento del Hollywood clásico, donde la «joie de vivre» y la magia del cine le ganan la partida a un contexto a menudo miserable. Y es que, en el principio de todo, está Chaplin.

Neville, conde rico, de ascendencia inglesa, por entonces bien plantado (luego se hincharía por mor del buen comer, lo que, según Vigiola, «lo mató»), amante del vaudeville y el teatro y fallido estudiante de Derecho, descubrió Hollywood en los años 20. Trabajaba en la embajada española en Washington y supo agenciarse una excedencia para descrubrir el fascinante mundo de Los Ángeles. Legendaria es su amistad con Chaplin, que tanto marcaría su cosmovisión. «Se hicieron muy amigos, con él y con todos los de allí, se hizo querer en Hollywood», recalca su nieto, del mismo nombre, quien creció teniendo de Neville «una imagen de abuelo; luego, con el tiempo, me fui dando cuenta de su importancia y de la de toda aquella generación».

De vuelta a España, en los años 30, Neville se inicia en el cine, pero la Guerra Civil trunca esa progresión. Realiza encargos propagandísticos para el Bando Nacional. En uno de ellos, «Frente de Ma-drid», de producción italiana, conoce a Conchita Montes, su actriz fetiche y amante en la sombra (Neville estaba casado) durante 30 años. «Él no era fascista, sino liberal –explica su nieto–, lo que ocurre es que como a tantos otros le tocó vivir una guerra, una situación extrema».

Creador excepcional

Neville se quedó en España y eso le costó años de ostracismo en esa historia de la «cultura oficial» que se comenzó a reescribir en los primeros años de la democracia. Pero la posguerra fue su etapa de plenitud artística. Entre los 40 y los 50 filma lo mejor de su cine: «La torre de los siere jorobados», con sus remembranzas expresionistas y el humor cheli del libro original de Emilio Carrere; «Domingo de carnava» y «El crimen de la calle de Bordadores», con su castizismo galdosiano; las elegantísimas «El baile» y «La vida en un hilo», ambas adaptaciones de exitosas piezas teatrales de su pluma... «Era un creador muy excepcional, en sus obras dialogaba maravillosamente», valora Isabel Vigiola, pero, añade, «sus películas se hacían con cuatro perras, con un decorado y en la calle; en aquella época brillaban Orduña y las grandes producciones».

Vigiola conoció a Neville el día de la muerte de Manolete, en el 47. La recomendaron para trabajar como secretaria del conde de Berlanga: «Me recibió en su chalet en Moncloa, me dictó una carta, la pasé a máquina y me dijo que sólo quería sentido común y que me pagaría los sábados». A partir de ahí se fragua una estrecha relación de 20 años. «Yo tenía 17 cuando le conocí. Vivía con mis padres pero pasaba mucho tiempo con Edgar y con Conchita Montes. Me iba a Marbella con ellos y me lo pasaba muy bien. Iban a visitarles gentes de la talla de Jean Cocteau, Ava Gardner y siempre estaban por su casa Tono, Mihura, Mingote... Yo era la más jovencita de todo el grupo y mis amigas me decían que me iba a costar quedarme soltera. Pero aprendí mucho. Todos los intelectuales que venían a España visitaban su casa. Él hablaba idiomas, se le consideraba un señorito y presumía de decir burradas, pero una persona extraordinaria: especial, atípico, un señorito con título, diplomático y amigo de Chaplin... Comía mucho y llevaba los mejores coches, como el Aston Martin de 007, que lo compró él antes».

Son los años de «Malibú», la finca en Marbella que Neville rotuló con nostalgia de sus tiempos californianos. Vigiola estuvo con Edgar y Conchita Montes en la mismísima inauguración de Puerto Banús. A la muerte del cineasta, Montes se quedó con la propiedad exclusiva del chalet. Años después se lo vendería a Sean Connery por 17 millones de pesetas. De aquellos tiempos datan los primeros recuerdos de Edgar Neville nieto asociados a su abuelo. «Me acuerdo de aquellos veranos en que la gente más importante de España y Europa pasaba por “Malibú”, como Jean Cocteau, Antonio el Bailarín... Son recuerdos de niñez y no era consciente de la importancia intelectual y humana de mi abuelo». Por entonces ya pesaba 180 kilos y comía como una lima sorda.

Neville muere en el 67 y, poco a poco, su figura declina y su cine, frente a la nueva ola y los postulados combativos, queda relegado a la categoría de antigualla costumbrista. «La gente joven empieza a considerarlo mejor de como lo veían en su tiempo», señala Vigiola, quien defiende que Neville, lejos de ser afecto al régimen, «luchaba mucho contra la burocracia, la criticaba». Para Neville nieto, el humor de su cine es inmensamente superior al que se hace hoy : «A mí la historia del cine español me parece cutre y aburrida, pero la generación de mi abuelo fue muy divertida, hacían un humor muy complicado, en tiempos de la dictadura, con la Iglesia y la represión, y un humor blanco. El de hoy es ordinario y se reduce al sexo y la política, un humor fácil».