El cantante que apenas sabía solfeo

La Razón
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El pasado 12 de octubre habría cumplido 84 años el rey de los tenores: Luciano Pavarotti. Muchos de nuestros jóvenes aficionados, algunos pretenciosos críticos imberbes entre ellos, no le han podido ver jamás en vivo, pero tienen ahora la oportunidad de verle y escucharle en un reciente filme-documental dirigido por Ron Howard el próximo año en España o ya si se desplazan al extranjero. El documental ofrece una visión bastante edulcorada, pero también bastante real, de lo que fue Pavarotti desde su nacimiento hasta su muerte en el verano de 2007. El guion se apoya en el testimonio de quienes compartieron su vida, aunque hay alguna ausencia notable como la de Mirella Freni, no solo compañera de inolvidables «Bohemes» –alguna en nuestro Teatro de la Zarzuela– sino también oriunda de Módena y con la misma nodriza. Sí están sus dos esposas, Adua Veroni y Nicoletta Mantovani, y algunas de sus respectivas hijas, ya sin peleas por en medio una vez que se repartieron los 800 millones de euros que supuestamente dejó Pavarotti. También una secretaria que trabajó con él por años y que fue su amante hasta que vio que no se divorciaba. Sus managers, el todopoderoso y jactancioso Herbert Breslin –con quien tuve una curiosa charla en su despacho de Nueva York– Terri Robson y Harvey Goldsmith ofrecen una visión empresarial del fenómeno multitudinario que fue, aunque se echa de menos la aportación de Mario Dradi, auténtico creador del célebre concierto de los tres tenores en Caracalla que cambió el mundo de la ópera y no precisamente para bien. Carreras y Domingo no podían faltar y uno no puede menos que pensar en el final de carrera de cada uno de ellos. Gheorghiou y Bono ayudan en la panorámica. Este último fue importante en la etapa final de «Pavarotti and friends» con Diana de Gales también en las imágenes del film. Breslin escribió en la biografía que publicó que Pavarotti amaba, por este orden, la música, las mujeres, la comida y el fútbol y en estas facetas se le ve al tenor, que amaba no sólo comer sino también cocinar y que viajaba con sus propios paquetes de pasta en sus muchísimas maletas.

El documental se ve con gusto, aunque de sus actuaciones –desde los inicios con Sutherland hasta su gira del adiós– no haya más que breves fragmentos. Afortunadamente me quedan en el recuerdo bastantes actuaciones en vivo: «Ballo in maschera» en la Zarzuela y Verona, un recital en el Real, «Aida» y un decepcionante «Don Carlo» en la Scala, «Ernani» o «Tosca» en el Met, entre otras. Pavarotti permanecía inmóvil en escena y con poca capacidad para matizar los personajes. Sus interpretaciones habrían resultado algo sosas y monótonas si no hubiera sido por aquella potente y maravillosa voz de personalidad inconfundible, de clarísima dicción, que llevaba todo el calor del sol mediterráneo en el timbre. Llegó a todos los públicos, a las portadas de diarios y revistas. Y, lo que mucha gente no sabe, es que apenas sabía solfeo. Me lo habían contado y tuve ocasión de comprobarlo cuando, una vez, pude ver sus páginas en el atril: contenían solo la letra y no las notas. La fama y el desconocimiento de sus nuevos públicos eran tan grandes que un espectador, en pleno delirio, le gritó: «Bravo Tutto» en un
concierto en un abarrotado Palacio de Deportes madrileño, como si «Tutto» fuese su nombre. Había visto la portada del cd recopilatorio «Tutto Pavarotti».