En las entrañas de la Bestia

Una documental, que se estrena el viernes, repasa la gran influencia de «El día de la bestia», de Álex de la Iglesia, en la revitalización del cine de género en España a veinte años de aquel hito.

Una documental, que se estrena el viernes, repasa la gran influencia de «El día de la bestia», de Álex de la Iglesia, en la revitalización del cine de género en España a veinte años de aquel hito.

Decía Dostoievsky que «todos nosotros salimos de ‘‘El Capote’’ de Gogol» para resaltar la importancia capital de aquel relato en toda una generación de escritores soberbia. Sería exagerado e injusto con las hornadas precedentes del cine fantástico español decir algo semejante de «El día de la bestia» el filme más icónico de Álex de la Iglesia, pero sí se puede hablar de esta pieza como la refundadora del género o el eslabón necesario entre el pasado y el presente. Para Diego López y David Pizarro, directores de «Herederos de la bestia», título del documental que, a los 20 años del estreno de este filme, recapitula su importancia para el cine de género en nuestro país, su influencia es incuestionable. La segunda cinta de Álex de la Iglesia fue, en 1995, «una patada en la puerta» del fantástico en la industria, según el cineasta Paco Plaza, una «revolución» que, para Ángel Sala, director del Festival de Sitges, permitió a numerosos jóvenes que experimentaban desde el cortometraje dar el salto al largo y evitar que «hoy el cine español fuese un desierto».

Para entender la relevancia de «El día de la bestia» hay que remontarse a los 80. El cine de género anda de capa caída tras los años dorados de los 60 y 70, los de Naschy, Grau, Franco, Ibáñez Serrador... La Ley Miró del cine, en el 83, da la puntilla al terror. «Intentó prestigiar de manera equivocada el cine español, dando preferencia a un cine de reflexión social e histórica, de autoría a veces acertado y otras no, en contra de uno considerado ‘‘freak’’», explica Ángel Sala.

El mundo de los fanzines

La fantasía se refugia en el cortometraje, de bajo presupuesto, y en el mundo de los fanzine. Por aquel entonces despuntan nombres como Amenábar, Balagueró, Cerdá, Plaza, Berger... «Aquellos jóvenes eran activistas de forma cultural, una nueva generación que venía con ganas de hacer cosas», explica Diego López. Pero romper la barrera de la industria se antoja complicado. Hasta que aparece Álex de la Iglesia, que «era quien iba con el machete por la jungla despejando el camino para los demás», rememora Paco Plaza. «Acción mutante» (1993), que sale adelante con la ayuda de Almodóvar, se convierte en una llamada de atención.

El moderado éxito de la ópera prima de De la Iglesia lo anima (a él y a su guionista, Jorge Guerricaechevarría) a probar suerte con otra historia no menos bizarra: la de un cura que sigue el rastro al Anticristo en un Madrid plagado de metaleros, yonquis, neonazis y estrellas televisivas de los tiempos de las Mama Chicho. La idea original pasaba por Bilbao, a donde el sacerdote llegaría desde la universidad de Deusto para encontrarse con el infierno en Sestao. Pero fue en Madrid donde cristalizó la financiación (Andrés Vicente Gómez se la jugó ante una historia que Almodóvar y Gerardo Herrero no vieron clara) y el texto final y donde «El día de la bestia» se elevaría la categoría de icono. «Ahí empezó todo», resume Balagueró.

Director y guionista plasmaron en un rodaje muy duro, con varios grados bajo cero y continuas complicaciones de producción (parte del equipo dejó de hablarse tras el filme), todo un maremagnum de ideas y referencias: desde los tratados de demonología que consumieron compulsivamente a Poe, Bierce, Hawthorne y Lovecraft. Cintas como «La noche del demonio» (Tourner, 1957), «La semilla del diablo» (Polanski, 1968), «La profecía» (Richard Dinnen, 1976) o «Taxi driver» (Scorsese, 1976) laten en una película que emparenta con la serie Z y el gore, pero que no deja de ser de raigambre profundamente española: «En ella están Azcona, Berlanga, el Fernán Gómez de “El extraño viaje” con esa pensión de Terele Pávez que a su vez es un personaje que recuerda al de Lola Gaos en ‘‘Furtivos’’», añade Pablo López. El esperpento patrio pasado por un tamiz internacional, de Spielberg a Sam Raimi y John Carpenter. «Para nosotros era una reivindicación de la cultura popular, del cine de género, de la comedia y la frivolidad armada», considera De la Iglesia. «Queríamos pasárnoslo bien», resume Berger sobre aquella eclosión.

Pero ni el humor negro y castizo (un ejemplo antológico: «Tú eres satánico, ¿verdad?», «Sí, señor, y de Carabanchel»), ni los secundarios de lujo en la mejor tradición española, ni unos escenarios rabiosamente conocidos y rabiosamente deformados, ni la banda sonora hardcore, ni los efectos especiales pioneros en el ámbito digital, ni ese duo protagonista –el cura interpretado por Álex Angulo, y el heavy metal José María al que da vida Santiago Segura en su debut como actor (una suerte de Quijote y Sancho del Madrid noventero–lograron que «El día de la bestia» arrancase con bien pie. La cinta fue seleccionada para el Festival de Venecia, pero la acogida fue desigual, una constante en el cine de De la Iglesia.

Por la puerta grande

«Estábamos todos desolados a la vuelta», recuerda Nathalie Seseña. Pero en el Festival de Sitges del 95 comienza a lograr adhesiones. Diego López la vio por primera vez allí. «Se me quedó grabada. Lo pasé tan bien, me dio tanta energía...». Luego volvió a verla en los Cines Gloria de Barcelona, «en un estreno vacío, con cinco o seis personas». En Madrid se había estrenado en los cines Rex, con sólo 500 localidades, una estrategia de Andrés Vicente Gómez para que se vieran colas a la puerta de esta céntrica sala. «Pero la taquilla que hacíamos era muy pequeña», reconoce. No obstante, el boca oreja empezó a funcionar a las mil maravillas y a la postre «El día de la bestia» se convirtió en un éxito. Los Goya de aquel año la premiaron con cinco «cabezones»: director, actor revelación (Segura), dirección artística, maquillaje, sonidos y efectos especiales. El fantástico había vuelto a la industria por la puerta grande.

«Fue el principio de una nueva edad de oro del cine fantástico», valora Ángel Salas. Los Balagueró, Amenábar, Berger, etc..., comienzan a tener hueco. De esa espita salen también nuestros actuales Vigalondo o J. A. Bayona. El género se coló en la taquilla y Álex de la Iglesia pudo seguir haciendo cine desde una óptica sumamente personal, con un sello que aún hoy sigue siendo palmario. «El día de la bestia» queda, eso sí, como «mi película más reconocible, la que más me define. Me fascina lo que ha representado». Más de 20 años después, aquel Madrid entre cotidiano y fantástico, con las poderosas imágenes de la Gran Vía y las Torres Kio, y esos personajes tronados, al límite, sigue siendo fuente de satisfacción para los amantes del género.

Así construyó de la Iglesia su Madrid

Las «satánicas» Torres Kio

Cuando Álex de la Iglesia y Jorge Guerricaechevarría venía de Bilbao a Madrid para el rodaje de «Acción Mutante», a principios de los 90, las dos torres inclinadas de Plaza de Castilla estaban en plena construcción. «Esto hay que usarlo. Es como un símbolo», decidieron. Y aquellos edificios, en medio de la noche y la bruma, se convirtieron en el escenario del aquelarre final del filme, recreando en estudio las escenas en altura.

Balas sobre Callao

Todos los exteriores en el entorno de Callao se rodaron en Navidad para aprovechar la iluminación festiva, bajo un frío «salvaje», y contando con numerosos extras para la secuencia en la que Santiago Segura dispara al aire en la famosa plaza. En Malasaña intentaron echar mano de unas obras para los planos de la entrada a la pensión de Terele Pávez, pero justo el día de rodaje los trabajos municipales en la calzada habían finalizado y tuvieron que recrear las zanjas. La casa del profesor Cavan se decoró en un piso de la calle Desengaño, pintando las ventanas de modo que se viera de fondo la Gran Vía.

Schweppes en Guadalajara

Es probablemente la escena más famosa de «El día de las bestia». La empresa de refrescos costeó una reproducción un 10% más pequeña del luminoso original de la Gran Vía. Pero la estructura resultaba enorme para cualquier plató. «Al final hubo que rodar en un pabellón industrial en Guadalajara», confiesa Álex de la Iglesia. El equipo de dirección se «aprovechó» del vértigo real de Armando de Razza (el profesor Cavan) para sacar partido a esta escena en altura.

Un plató improvisado

El equipo de producción había apalabrado con dos grandes cadenas de televisión un plató para filmar las escenas del programa del profesor Cavan. Pero poco antes, las cadenas se echaron para atrás y Álex de la Iglesia tuvo que rodar en una nave repleta de latas vacías de Coca-cola, acondicionada a toda prisa para dotarla de la estética de un plató real de televisión.