Este piano (y el violín) los hice yo

La fabricación de instrumentos musicales se mantiene como una industria de prestigio, por más que desde hace tiempo Asia gane la partida a Europa o América como grandes hacedores de esos objetos maestros.

Es un negocio boyante. Desde antiguo. Ahí están los Stradivarius o los pianos Steinway... Y sin embargo, nada es lo que fue. De las vetustas fábricas perdidas en países de nombre impronunciable, en Centro Europa, hemos pasado a unos hacedores de máquinas musicales de Extremo Oriente. Los números confirman su éxito. La demanda está ahí. Y todos los saben. El mercado estadounidense de instrumentos supera los 7 mil millones de dólares, una cantidad importante, pero alejada de otros «instrumentos» como los móviles que hoy en día barren como objetos del deseo de las nuevas generaciones. El mejor ejemplo, con todo, son los más de 3.700 millones de dólares que mueven emporios como Yamaha.

Todo alimentado por sus más de 20.000 empleados. La mayor parte se vende en los Estados Unidos, donde parecen tener más apetito por la creación de música que en cualquier otro país. Hablamos de 7.000 millones de dólares. Total nada. El resto del mundo palidece comparado con los Estados Unidos, en lo que a ventas de instrumentos musicales se refiere. Dato curioso es China. Que el gigante asiático suponga una fracción del total de Estados Unidos es sorprendente, y probablemente significa que las compañías americanas como Gibson y Fender no están haciendo un buen trabajo en exportación. Otros, más mal pensados, interpretan que existe algún tipo de mareas interesadas por parte del gigante comunista contra estas grandes compañías americanas. Un dato nada baladí es que las grandes superficies que hacen de intermediarias se han tragado a los pequeños comercios, a los vendedores de toda la vida. Por no hablar de las tiendas on line. Ellas son las que marcan el ritmo –nunca mejor dicho– a la hora de comprar instrumentos en internet. Por el camino, se han quedado atrás los consejos del comerciante de toda la vida, el experto que conocía a muchos de sus clientes, a los virtuosos... La cuenta de resultados manda. La técnica vuelve a ganar la partida a la tradición. De nuevo.