Teatro

«Esto no es la casa de Bernarda Alba»: Anfetamínico Lorca

José Manuel Mora y Carlota Ferrer, sobre el texto de Lorca. Carlota Ferrer. Eusebio Poncela, Óscar de la Fuente, Igor Yebra... Teatros del Canal (Sala Verde). Madrid. Hasta el 7 de enero.

Controvertida relectura de la obra de Lorca en la que, como ya ha ocurrido en otros trabajos de Carlota Ferrer, el autor pasa a un segundo plano y su espacio lo ocupa la directora. Para justificar tal atrevimiento, y para justificar también su muy personal puesta en escena del texto, ella y José Manuel Mora, que son quienes firman la adaptación, han colocado una introducción extraída de conferencias del propio Lorca en la que, entre otras cosas, afirmaba que «el teatro agoniza porque está detenido en su desarrollo» y que él había «venido a buscar la belleza en la oscuridad». Claro, con este salvoconducto que aparentemente otorga el mismísimo Lorca, ya puede uno atreverse a hacer lo que quiera, incluso con el propio Lorca. Y no es que eso sea censurable, al fin y al cabo es una opción artística como cualquier otra que podrá gustar o podrá no gustar; pero, desde luego, sí es tramposo, porque trata de predisponer al público para que entienda como que todo lo que viene a continuación de la introducción es un nuevo avance en ese «detenido desarrollo» del teatro y es «belleza en la oscuridad». Yo personalmente no encontré allí ni una cosa ni la otra. Desgraciadamente, todo está teñido de presunción y, por tanto, falto de esa verdad que, precisamente para el escritor granadino, era la esencia de la poesía y el arte. Soslayando la belleza del verbo lorquiano, lo que llena el espacio es en realidad una recargada filigrana escénica que se antoja tan inoportuna como la chillona voz de un niño que quiere hacerse notar en un coro por encima de sus compañeros: inservibles lecturas de acotaciones, desconcertantes movimientos dancísticos, un delirante vestido de yute junto a otros muy monos e insinuantes, proyecciones que subrayan lo que ya es más que evidente en el texto, acciones ocultas a los ojos del espectador, confusas esculturas de animales... Sinceramente, lo de menos es que los personajes femeninos estén interpretados por hombres. De eso uno casi no se da ni cuenta. Para colmo, al final uno de los personajes toma un micrófono y suelta el facilón discursito de marras –un tanto violento, por cierto, cuando un aburrido espectador decidió abandonar la sala– acerca de lo mucho que excita a los hombres estar por encima de las mujeres, cuando no someterlas. Ahí es nada. Es curiosa la alegría con la que algunos toman el escenario para convertirlo en un púlpito.

LO MEJOR

Al menos el título de la obra deja bien a las claras lo que no es la función

LO PEOR

Ver poco aprovechados algunos talentos como el de Óscar de la Fuente