Felipe IV, el «rey sol» que no tuvo nada de pasmado

El historiador Alfredo Alvar publica una minuciosa biografía del monarca que recupera su figura y demuestra que fue un gran gobernante

El historiador ofrece una semblanza sin prejuicios sobre Felipe IV, retratado por Velázquez
El historiador ofrece una semblanza sin prejuicios sobre Felipe IV, retratado por Velázquez

Felipe IV nació en 1605 (8 de abril) y murió en Madrid el 17 de septiembre de 1665. Empezó a reinar en 1621, cuando era adolescente. Su reinado se puede dividir en dos: hasta 1643 reinó con el Conde Duque de Olivares y desde 1643, sin él.

Felipe IV nació en 1605 (8 de abril) y murió en Madrid el 17 de septiembre de 1665. Empezó a reinar en 1621, cuando era adolescente. Su reinado se puede dividir en dos: hasta 1643 reinó con el Conde Duque de Olivares y desde 1643, sin él. Llevados por el desprecio, la manipulación o el derrotismo historicista nacionales, todo el reinado, pero sobre todo su personalidad, se han reducido a un espectro creado alrededor de no sé qué graciosa comicidad y del erotismo real. Todo su reinado no fueron más que decadencia, lascivia y lujuria; también distraídas diversiones, vidas de pícaros, holgazanes y sinvergüenzas. Todo ese medio siglo se podía «verbalizar» con una risotada.

Pero si hiciéramos el esfuerzo intelectual de olvidarnos de lo aprendido y entráramos en los archivos a leer papeles, ¿podríamos pensar que estábamos ante un «Austria menor»? Ese tipo simpaticón tuvo una capacidad de trabajo comparable a la de Felipe II, al cual admiró; leyó los informes que le entregaban sus consejeros como queda demostrado viendo las apostillas marginales que perduran en las miles de consultas que se le elevaron de oficio; reinó desde Europa a Filipinas, desde Flandes a los Mares del Sur; con su hija quiso casarse el rey triunfante Luis XIV, que, por cierto, le hurtó los símbolos iconográficos de su realeza; se casó, en unas segundas nupcias no deseadas, por obligación de Estado; escribió no ya administrativamente sino literariamente con fruición ¡y calidad!; fue traductor de historia a la italiana; redactó libritos de educación de príncipes; compuso obrillas de teatro; siguió las obras del Buen Retiro y conoció el día a día de su Monarquía, que era casi infinita. ¡Es indignante haberle hecho pasar como un rey pasmado!

Su formación corrió a cargo de un sacerdote, del que sabemos poco, un catalán de noble raigambre, Garcerán Albanell. En la postadolescencia y en los albores del reinado, fue don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares y Duque de Sanlúcar la Mayor después, quien le instruyó en las artes del gobierno. Esa instrucción fue práctica (con viajes de juventud a Andalucía o a las Cortes de los reinos del Levante) y teórica (con memoriales escritos de los que de alguno se pone en duda la autoría).

Ejercicio de poder

Lo aprendido en casa, lo que se le enseñó y lo que él asimiló, forjaron una parte trascendental de su personalidad: en él se aunaron sentido de la responsabilidad del ejercicio del poder y cumplimiento de las obligaciones civiles o religiosas, ¡para algo lo casaron a los diez años!. Creyó en los principios teocráticos recibidos por los reyes desde la noche de los tiempos; no entendió el mundo cínico y político que le tocó vivir y, para colmo de males, se supo enorme pecador en sus años jóvenes (y posteriores): estaba convencido de que Dios castigaba en sus vasallos sus debilidades. Siempre porfió en que el Señor le ayudaría salir de los males que turbaban su Monarquía, pues era la única que había defendido la verdadera fe. Tenía un sentido providencialista de la política: sus consecuencias eran los designios del Altísimo y, por ende, inescrutables. Otros –por el contrario– empezaban a pensar que la política era una ciencia y susceptible de ser analizada y corregida. Estos fueron los vencedores en el siglo del Barroco.

Pero si todo este ingente mundo de contradicciones y reflexiones no son capaces de agotar a cualquiera, la Parca fue su mejor compañera. Él tuvo puesto el pie en el estribo en 1627, pero la Muerte no terminó el trabajo, no sé si con la crudelísima intención de que viera la que se le avecinaba, porque se le llevó en dos años a su amada esposa Isabel de Borbón y a su aún más querido Príncipe de Asturias, Baltasar Carlos (con 16 años de edad); antes había visto morir a sus padres cuando niño; a diez de sus trece hijos legítimos..., por no ir mencionando a sus personajes de confianza, que como Olivares, Velázquez, Haro, sor María de Ágreda y tantísimos más, fueron bajando a la tierra antes que él. Fueron calamitosas las muertes de sus dos hermanos, Carlos y Fernando. Este último, esperanza de la Monarquía. Hoy en el mundo postindustrial del Estado del Bienestar hay gente con mala suerte, y se deprime.

Así que no es de extrañar que podamos hacer un guiño alegórico: si durante unos años miró hacia el regocijante Palacio del Buen Retiro, durante otros no pudo separar los ojos de El Escorial, el de Felipe II, para animar a que se concluyera el Panteón Real, su último descanso. Con tan mala suerte, ¡su mala suerte!, que durante la traslación de los cuerpos reales, se abrió el féretro del Emperador Carlos y se les reveló incorrupto. Llamaron al rey, acudió a contemplar la escena y quedó extasiado ante el cadáver del bisabuelo. ¡Carlos V no era polvo, sino carne y hueso!

Claro que, para muertos que no acababan de morirse, las apariciones de las almas de Isabel de Borbón y de Baltasar Carlos a la monja de Ágreda; apariciones que esta se las contó al rey por escrito y con todo lujo de detalles para su sobrecogimiento y consuelo. Como ha de ser cuando se te aparecen las almas de tu esposa o de tu hijo.

Gran amante de las Artes, escritor de calidad y de cantidad (sus epístolas frisan el millar); incipiente teórico de la Historia; lector empedernido del que sin adulación se comentaba que se retiraba a su despacho a ver y leer los libros de su biblioteca, a la que incitaba que entrara Baltasar Carlos a mirar los mapas de Europa, o las descripciones de las guerras del pasado y del presente; este fue, a grandes rasgos Felipe IV. Las fiestas por su nacimiento y por la venida del inglés a ratificar la paz de Londres de 1604 fueron descritas –casi con toda seguridad– por Cervantes en un texto fascinante de Antonio de Herrera (o sea, que Cervantes fue el «negro» de este cronista real, y los que saben de esto, le sacarán jugo al asunto), mientras que Lope votaba unos premios en Toledo, sentado en un trono de Poeta.

A su alrededor proliferaron artistas y escritores, mas no como periquitos aduladores, sino conscientes de que alrededor de la Sabiduría, solo se pueden recoger buenos frutos (y cuchilladas del tamaño de un endecasílabo). A día de hoy, nuestro extraordinario patrimonio cultural, expuesto por ejemplo en El Prado, se debe a su afición por las Artes y el uso político, dinástico o meramente placentero, que de él hicieron sus artistas, cuya nómina es ingente. Y lo mismo ocurre con las Letras. Nuestros patrimonios culturales, tangible e intangible, tienen una deuda con la sensibilidad de este rey.

A la vez, la Monarquía de España era la gran monarquía que todos querían hundir. No era nuevo: ya había ocurrido alrededor del 1588. Y no por capricho regio, sino por mil y un motivos políticos, económicos, sociales, religiosos, estratégicos, difíciles de entender si no se tiene formación, aquella Monarquía se vio involucrada en la defensa de sí misma contra muchos y casi a solas. Miles de hombres se dejaban la vida por la dinastía, la religión, la honra, amén de por unas soldadas o botines por Europa y la Esfera del mundo. Existían la lealtad, la fidelidad, la defensa de lo propio, el menosprecio de la alteridad.

Los límites del imperio

La defensa de lo propio: ha sido la historiografía italiana la que ha explicado mejor la situación: era un «Imperio funcional», en el que cada una de sus piezas desempeñaba una función en pro de los demás. Lo entendió y quiso darle forma Olivares proponiendo la famosa «Unión de Armas». De no ser por el gobierno desde Madrid, o por las riquezas de Indias, o porque el Milanesado era un nudo de comunicaciones que mantenía expeditos los caminos del imperio, y que en Génova se convertían las necesidades del rey en oro o plata, acaso, Nápoles o Sicilia, serían hoy de otra religión, como Túnez. Y, de la misma manera, sin el dinero y los hombres de Nápoles, Sicilia o Córcega, las Baleares o las costas valencianas y andaluzas podrían haber sido temporalmente –e incluso seguir siéndolo– apéndices de Estambul o Argel.

En medio de esa obra de teatro, pero real, la década de 1640 se convirtió en la más dramática de nuestra historia. A la declaración de guerra de Francia de 1635 –tras la gran victoria de los Austrias contra los herejes en Nördlingen, porque ¡ aun en tiempos de Felipe IV hubo atronadoras victorias!–, siguieron las sublevaciones y las traiciones contra su rey legítimo de Portugal y Cataluña (y luego, todos a suplicar el perdón real); los movimientos populares en Nápoles; las aventuras linajudas de los señores de Medina Sidonia y Ayamonte, o de Híjar, amén de los previos motines de la sal de Vizcaya, entre otros actos violentos, que hicieron peligrar la cohesión de la Monarquía en un tiempo de crisis.

En 1648 parecía que todo se había venido abajo, en las Paces de Westfalia. Ciento cincuenta años gloriosos hundidos. Entonces ya sí, hubo que reconocerse la independencia de Holanda y hacer otras concesiones, que se agravarían dos décadas después, con el reconocimiento del Portugal restaurado (1668) y pérdidas territoriales al norte del Pirineo. La pericia de la inmensa «escuela española de diplomacia» del siglo XVII logró que la imagen de una Monarquía arrasada solo fuera en apariencia. Porque, en verdad, se le podría haber dado la puntilla. Gracias a la rebelión de los catalanes, siempre tan poco comprendidos en su encaje con el resto de la Monarquía, se perdieron el Rosellón y la Cerdaña, así como miles de soldados que acudieron junto a su rey a reconquistar aquel territorio que habían entregado sus oligarquías al rey de Francia, al que le habían abierto cancelas hasta más abajo del Ebro y también al interior de Aragón. Gracias a la diplomacia, en el reinado de ese Austria menor, apenas hubo pérdidas en América, Europa o la Península..., salvo la dolorosa de Portugal, Holanda y otros territorios menores.

El rey, en un acto sublime de cumplimiento del deber y para poder poner paz en todas partes, entregó a su hija María Teresa, en las jornadas de las Isla de los Faisanes (1660) al rey Luis de Francia. La Corte de España, sobria y elegante. La francesa con pelucas, leggins, tacones y pompones. Años atrás, una noche en que el rey entró en el alcázar de Madrid, la abrazó cuando era niña mientras le susurraba palabras de consuelo porque le tenía que decir que su hermano Baltasar, el Príncipe, se había quedado en Zaragoza para siempre. Ahora, la abrazó y le susurraría cosas al oído sobre la grandeza de su destino... No volvería a verla más. No es de extrañar que el padre –más cerca de los 60 que de los 50– se consolara sabiendo de sus embarazos y lo feliz que la hacía su marido (!) por sus cartas u otras noticias. Preso de una depresión empezó a comunicar su deseo de que «lo he de dejar todo». Cuando sintió que se moría, redactó en un testamento la última de las introspecciones de su vida. Pocos reyes han escrito sobre sí mismos y cómo ven la vida como este Felipe IV. Mientras agonizaba cursó instrucciones a su esposa sobre materias de gobierno. Al niño Carlos le deseó que «Dios os haga más dichoso que a vuestro padre». Unos días después siguió un nuevo periodo de la Historia de España, la del pobre Carlos II.

«Felipe IV», Alfredo Alvar

Esfera de los libros

692 páginas, 34,90 euros