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Fitzgerald, la pareja que bailaba sobre el techo de los taxis

El crítico Pietro Citati relata cómo las peleas, el alcohol y la esquizofrenia desgarraron el matrimonio del autor de «El gran Gatsby» con Zelda.

Zelda y Scott Fitzgerald en una imagen de la década de los 20, cuando aún eran ricos y exitosos
Zelda y Scott Fitzgerald en una imagen de la década de los 20, cuando aún eran ricos y exitosos larazon

El crítico Pietro Citati relata cómo las peleas, el alcohol y la esquizofrenia desgarraron el matrimonio del autor de «El gran Gatsby» con Zelda.

Hacía tiempo que había cesado el rumor de las fiestas, los taxis a todo tren desde el Astoria y los cuentos a 4.000 dólares la pieza. La copa de oro se había quebrado por todos sus lados y la luna ya no era un anuncio de la luna. Solo quedaba en pie la conciencia de haber gastado toda la energía. «En una verdadera noche oscura del alma siempre son las tres de la mañana», escribió en «El Crack-Up». El último estertor de la juerga, la triste resaca: para Francis Scott Fitzgerald, la depresión, el alcoholismo, el declive creativo; para Zelda, su esposa, la esquizofrenia, los manicomios a pie del Lago Leman... Habían tenido 20 años en los años 20. Y ahora estaban pagando la factura de haber amado por encima de sus posibilidades. De haber bebido de todos los charcos.

«Toda la vida de Fitzgerald fue una grieta», dice Pietro Citati al comienzo de «La muerte de la mariposa» (Gatopardo ediciones), su semblanza de esta pareja que sigue despertando pasiones entre los letraheridos. Ciati hurga en la grieta con un relato ágil que es más una miniatura que una biografía, que no teme dejarse una miríada de detalles por el camino para concentrar el dibujo de un amor singular. La idea es dejarse llevar. Desde aquel julio de 1918 en el que Scott Fitzgerald sacó a bailar a Zelda Sayre, belleza sureña, en un baile de oficiales, en adelante. Él era un chico de Minnesota pretencioso y susceptible, románticamente dolido por no haber sido, consecutivamente, el niño más popular de la clase, el mejor jugador de rugby de Princeton ni un heroico caído en combate como Rupert Brooke. Del «poeta más guapo de Inglaterra», como lo definió Yeats, tomó prestado el título de su prmera novela, «A este lado del paraíso», con el que lograría dos objetivos en 1920: salir del oscuro anonimato y conseguir la mano de Zelda, la hija del senador, la mujer más peligrosa y fascinante junto al río Alabama. Ella, tan coqueta, capituló al noveno día de publicación de aquel libro que, en solo dos días, había vendido tres mil ejemplares. Cuenta Citati que Scott se arrepintió al día siguiente del matrimonio: «Sabía que era una malcriada y no reservaba nada bueno para mí», escribió años más tarde a su hija. Pero Scott, añade Citati, mentía. Eran tal para cual. «Zelda y Fitzgerald eran demasiado afines, tan afines como raramente fueron seres humanos, y el exceso de afinidad entre los dioses y los hombres, al igual que entre los hombres y las mujeres, abrasa los corazones y las vidas».

Pero aquello, el «crack-up», la ducha fría, no sería hasta más tarde. Mientras tanto Scott y Zelda («me he casado con la heroína de mis cuentos», decía él) surfeaban la cresta de la ola. En Nueva York, en la Costa Azul, en París, ellos eran el centro de todas las miradas. Para él, gustar se convirtió en una obsesión, mientras que para Zelda era algo innato: «Era la reina de las mariposas –señala el crítico–. Parecía conocer tan solo las superficies de la vida, beber alegremente ‘‘la espuma que se forma en el cuello de la botella’’». Todo la predisponía a la ligereza, pero en su código genético habitaba la enfermedad mental: «El padre de Zelda había sufrido una grave depresión, tres hermanas estaban neuróticas, la abuela se había quitado la vida y algunos tíos presentaban desequilibrio mental. El hermano de Zelda, Anthony, también se suicidó en 1933». En los años 20 Scott y Zelda «eran guapos: la belleza», según anotó un amigo de Princeton. Citati adorna el perfil: «No sabían si eran reales o personajes de una novela: se bañaban vestidos en las fuentes, viajaban sobre el techo de los taxis, se desnudaban durante las representaciones teatrales o se pegaban con la policía». El dinero entraba a espuertas. Todos eran ricos en Nueva York. El público devoraba aquellos cuentos plagados de «flappers» y filósofos, la crítica saludaba «El gran Gatsby» como la gran novela americana de su década. Fitzgerald era el cabecilla de la Generación Perdida, su influencia permitió a Hemingway («el más abyecto de sus amigos», según Citati) publicar a lo grande.

Abuso de la ginebra

Casi sin advertirlo, la copa va agrietándose. Las peleas se suceden, duran días y días. Y el alcohol las detona. Scott especialmente abusa de la ginebra. «Bebía para vencer el complejo de inferioridad y la inseguridad que siempre lo habían torturado», dice el autor. A menudo acaba en comisaría y hasta lo prefería a tener que enfrentarse a los problemas de impotencia sexual que la bebida le provocaba. «De esta forma, pelea tras pelea, copa tras copa, derroche tras derroche, perdieron la paz y la salud: abusaron de su amor, lo hirieron, lo desgarraron, lo hicieron trizas, antes incluso de que la locura los arrollara». Ésta no tardaría en manifestarse a través de la obsesión de Zelda por convertirse, casi a los 30 años, en una gran bailarina, una Nijinski femenina. «Detrás de los movimiento ligeros o aparentemente ligeros de la danza, anidaba la terrible esquizofrenia». La monomanía de Zelda costó algo más que mucho dinero y un esfuerzo inútil a la pareja. Diez años después de que Nijinski perdiera la cabeza, la esposa de Fitzgerald ofrecía serios síntomas de insania. En el verano del 29, Zelda intentó matarlos a ambos con un volantazo en Cannes. La fiesta había terminado abruptamente.

Nunca dejaremos de asombrarnos de la fascinante simetría de la vida y obra de Fitzgerald con los propios ritmos de su país. Su estrella, crecida en medio de la incosciencia e inflación de los años 20, salta por los aires aproximadamente a la par en que el crack financiero del 29 abre los ojos a todo el país. Para entonces, Zelda comienza su periplo por los santorios. París, Ginebra, Lausana... La vieja mariposa intenta repetidas veces el suicidio y sigue obsesionada con ser una Pavlova. Tiene medio cuerpo cubierto de eccemas y sufre severos ataques de pánico. «Tengo mucho miedo de que cuando vengas y veas que no ha quedado nada salvo desorden y vacío, te quedes horrorizado», le escribe. Aún habrá, en los años venideros, espejismos, recuperaciones coyunturales, pequeñas vacaciones en familia junto a su hija Scottie, como antaño. Pero Fitzgerald tampoco está para dar saltos. Se culpa del estado de Zelda al tiempo en que intenta olvidarla, descontaminarse de ella: «Ya no puedo hacer nada por ti. Estoy tratando de salvarme a mí mismo», le escribe.

Tras fracasar comercialmente con «Suave es la noche», su gran novela para Citati, recala en Hollywood como guionista. A medio camino entre los años 30 y 40, muchos lo daban ya por muerto. Está vivo, pegado a una botella, endeudado y asistido por una amante abnegada, Sheila Graham, una provinciana con ínfulas. Por más que busquen, no encontrarán su nombre en ninguna película. Scott ya no tenía crédito. A la salida de un cine, en diciembre del 40, se tambalea: «La gente va a pensar que estoy borracho», comenta. Llevaba varios meses «descontaminado», pero su corazón no resistió la prueba. Murió aquel día. Siete años después –años vividos entre sanatorios y la casa familiar en Montgomery–, Zelda le seguiría los pasos tras incendiarse la institución en la que se curaba. La extinción de ambos, en silencio, en la pura grisura, no evitó que, con el tiempo, un halo ceniciento, el «polvo de la mariposa» del que hablaba Hemingway, atravesara generaciones a caballo de la obra breve pero inconmensurable de Scott y la vida rutilante y desgraciada de la pareja. «Por supuesto, la copa de oro se ha roto –escribió Fitzgerald–; pero era de oro».