Forsyth: confesiones de un espía

El maestro del suspense, que ha vendido 60 millones de ejemplares, asegura que ya no escribirá más. Se despide con «El intruso.

El maestro del suspense, que ha vendido 60 millones de ejemplares, asegura que ya no escribirá más. Se despide con «El intruso.

Cuesta creer a Frederick Forsyth cuando dice que ya no publicará más libros. Al fin y al cabo, lo de escribir va en su ADN y el mundo actual se encuentra en un punto demasiado intenso como para no tener tentaciones: Trump, Brexit, Rusia, Siria... Pero él insiste en que mantendrá su promesa. «Escribir sobre Trump sería horrible y con Putin estoy convencido de que llegará alguien que diga hasta aquí», matiza. «Además, tengo 78 años y ya no esquivo las balas como antes», bromea el maestro del suspense. El comentario cobra ahora todo el sentido después de que por primera vez haya admitido públicamente que trabajó como espía para los servicios secretos británicos. La revelación forma parte de sus memorias, «El intruso. Mi vida en clave de intriga», título con el que promete echar el telón a su carrera literaria después de haber vendido más de 70 millones de ejemplares.

«No he utilizado ninguna documentación, de ahí que no la considere autobiografía. Es más bien una recopilación de anécdotas», asegura a LA RAZÓN durante una agradable conversación en un céntrico hotel londinense. Una no tiene el placer de tener un interlocutor así todos los días. Y lo que él llama simples «anécdotas» tampoco son cosas que le ocurran al resto de los mortales. Ha sido interrogado por la Stasi, espiado por la KGB y disparado en Biafra, donde cubrió el conflicto como corresponsal. Fue precisamente en esta época cuando el MI6 se interesó por él. «Han pasado ya 44 años. Un día estaba solo en un bar y un hombre se acercó a mí proponiéndome el trabajo. No me lo pensé dos veces. Sabía lo que estaba sufriendo ese pueblo, especialmente los niños, y quería ayudar», explica.

Cuando su editor le preguntó si alguien podría molestarse ahora por revelar determinados secretos, Forsyth se lo planteó. «Pero me di cuenta de que todos los que podrían estar relacionados estaban muertos, así que no había nada de qué preocuparse», matiza. ¿No se ha quedado entonces nada en el tintero?, pregunto. En su cara se dibuja una sonrisa pícara. «Bueno, hay determinados nombres que he obviado o cambiado. Cuento por ejemplo el ‘‘affaire’’ que tuve con una agente de la Policía Política Checoslovaca. Recuerdo su nombre perfectamente, pero creo que no hay necesidad de sacarlo a la luz cuando quizá ahora se encuentre tan tranquila jugando con sus nietos... lo que voy a hacer yo a partir de ahora», añade.

Un «affaire» policial

No hay razones para no creer al autor de títulos tan emblemáticos como «El día del Chacal», «Los perros de la guerra» o «El expediente Odessa». Pero la suya tampoco puede considerarse que vaya a ser una jubilación al uso. Empezando porque la propia Theresa May, primera ministra británica, le ha invitado a cenar un par de veces. Como euroescéptico convencido, estará encantado de discutir sobre el Brexit. «No es que me haya hecho euroescéptico el 23 de junio. Llevo diez años defendiendo la salida de la UE», recalca. «A mí Europa me encanta. Su gente, su comida, sus lenguas», explica con una excelente pronunciación española. «El problema es el concepto de soberanía. Es el derecho, no la concesión del pueblo de un país a decidir dos cosas: cómo quiere ser gobernado y por quién. Y Reino Unido perdió ese derecho en el Tratado de Maastricht», asegura. «Podemos cooperar con Bruselas, pero no estar subordinados a gente como Juncker (presidente de la Comisión Europea), que no ha sido elegido en las urnas». Considera, por tanto, que el histórico plebiscito celebrado el pasado 23 de junio fue «justo» aunque «Dave» lo convocara por presiones internas de su partido. Cuando habla de Dave se refiere a David Cameron, anterior líder «tory». «En público le llamaba primer ministro, creo que un poco de formalidad viene bien». Conoce también a John Major y se reunió varias veces con Margaret Thatcher, aunque a esta última nunca la llamó Maggie, ni siquiera en privado.

La que fuera «Dama de Hierro» era una gran seguidora de sus novelas y se quedaba hasta altas horas de la madrugada leyendo sus tramas. La actual jefa del Ejecutivo, sin embargo, no es muy fan de la ficción, pero aun así cuenta con la aprobación de Forsyth. «Creo que tiene acero y eso es importante a la hora de llevar un Gobierno. Además, se ha rodeado de gente con la que no comparte todas sus ideas. Y eso es bueno. Cameron lo hizo de una camarilla de colegio privado que no sabía ver los problemas de la gente y acabó costándole el puesto. Con Theresa May es distinto. Admite en público que discrepa con sus ministros, y eso es sano», recalca.

Entre ellos está David Davis, responsable del bautizado como «ministerio de Brexit» y amigo también de Forsyth. «El protocolo establece dos años de negociaciones para salir de la UE, pero yo creo que será antes. No vamos a necesitar tanto tiempo. Las cosas van agilizarse y no será el desastre que algunos dicen. Además, es bueno recordar que no somos sólo los británicos los que estamos cansados de la arrogancia de Bruselas». En este sentido, recalca que «un país del tamaño de Reino Unido sí puede sobrevivir fuera del Bloque, pero una Cataluña independiente o una Escocia, no». «No les readmitirían y tendrían que crear, entre otras cosas, su propia moneda. Y esto a la gente no se lo explican. Hay muchas cosas de los nacionalismos que no se explican».

La situación española le interesa. Es un gran amante de nuestro país. El flechazo surgió en la primavera del 56, cuando estuvo tres meses en Málaga estudiando un curso al que, confiesa, sólo fue dos días. Encontró más interesante «conocer las tapas, la gente, los toros». «Entonces la corrida no era un tema tan controvertido como es ahora. Yo la apoyo. No se puede obviar que hay un elemento de crueldad. Pero creo que las cosas se exageran. Me parece muy desagradable que la gente insulte a un niño que quiere ser torero», matiza. La conversación termina con una cordial despedida y el que fuera espía, corresponsal y miembro de la Fuerza Aérea Real británica se dirige a su nueva vida apacible en su casa de Buckinghamshire. Sí, cuesta creerle cuando dice que ya no publicará más.