Geniales pinturas sonoras

Dvorák: «Concierto para violín en la menor op. 53». Strauss: «Sinfonía Alpina». Violín: Isabelle Faust. Orquesta Nacional de España. Director: David Afkham. Auditorio Nacional, 24-VI-2018.

El persuasivo y eficiente Afkham supo sostener el bien dibujado melodismo del «Concierto» de Dvorák y acompañó con cuidado los caracoleos de la germana Isabelle Faust, elegante, expresiva, con el «rubato» ideal, hábil para subrayar la veta folklórica, para vibrar con ese tan trabajado y repetido tema, vigoroso y popular que vertebra todo el brillante y rapsódico primer movimiento de Dvorák. Salvo unos pasajes rápidos en los primeros compases, en los que la digitación no fue perfecta, todo el desempeño de la solista se mantuvo a gran nivel. Desde la primera gran frase «cantabile» se hizo dueña de la situación y nos mostró su vena más efusiva trabajando sobre la cuarta cuerda en la gran expansión lírica de la última parte del «Allegro inicial», en donde la orquesta acertó a plegarse exquisitamente. Las manos, sin batuta, de Afkham, perfilaron tenuemente las frases líricas del Adagio y se alcanzaron momentos muy bellos durante el diálogo del violín con las trompas. Se acertó a marcar en el «Finale», el típico «furiant», el aire danzable requerido. Faust regaló un bis: un brevísima pieza cuajada de sutilísimos glisandos sutilísimos de autor ignoto para el firmante. El gran despliegue que exige la monumental «Eine Alpensinfonie» –estrenada en 1915 en Berlín– de Richard Strauss nos sumergió luego en procelosa marea. No es fácil controlar, ensamblar y planificar todas las fuerzas reunidas y gobernar con autoridad, firmeza y claridad esa enorme masa de 130 instrumentistas. Afkham, en este caso con batuta, con su gesto algo monótono pero bien dibujado y preciso, supo llevar sus huestes por el mejor camino desde el mismo bien construido comienzo y esa ascensión hacia la aparición deslumbrante del astro rey. Nos gustaron especialmente las frases líricas de la cuerda, bien respiradas, acentuadas y diseñadas, en los episodios subsiguientes, «Entrando en el bosque» y «Caminando junto al arroyo», y los pasajes líricos, con protagonismo del oboe (estupendo Robert Silla). Acertada entrada del órgano (Daniel Oyarzábal) en «piano». Fue excelente en un principio la edificación, por tramos, del cuadro «Temporal y tormenta», en el que se alcanza el clímax absoluto. A medida que la intensidad iba subiendo hasta el paroxismo las texturas fueron perdiendo transparencia. Pero Afkham supo establecer el tempo justo para que todo manara fluida y mansamente hasta la ascesis final. Las tubas Wagner acolcharon son su sordo y dulce sonido el espectro nocturnal. El público, que no llenaba el Auditorio, aplaudió a rabiar.