Ida Vitale, «¡Qué locura de Cervantes!»

La poeta es la quinta mujer en conseguir el mayor reconocimiento de las letras españolas. El jurado, que ha roto la regla no escrita de alternar un autor español y otro de Latinoamérica, ha subrayado de ella «su lenguaje, uno de los más destacados de la poesía moderna en español, que es al mismo tiempo intelectual y popular, universal y personal, transparente y hondo».

La escritora es una referencia para los poetas de varias generaciones consecutivas

La poeta es la quinta mujer en conseguir el mayor reconocimiento de las letras españolas. El jurado, que ha roto la regla no escrita de alternar un autor español y otro de Latinoamérica, ha subrayado de ella «su lenguaje, uno de los más destacados de la poesía moderna en español, que es al mismo tiempo intelectual y popular, universal y personal, transparente y hondo».

El Premio Cervantes ha roto, en su edición de 2018, una regla no escrita que venía cumpliendo a rajatabla desde 1996: la alternancia de escritores españoles y latinoamericanos. La concesión del máximo galardón a Ida Vitale, poeta, narradora, traductora y ensayista uruguaya de 95 años de edad, se produce tras el reconocimiento el año pasado a la labor del nicaragüense Sergio Rodríguez. «¡Qué locura!», ha exclamado al conocer que había ganado el mayor galardón de las letras españolas. Luego, contenta de alegría, añadió: «Los españoles siguen igual de locos que en la época de la conquista». Perteneciente a la conocida como «Generación del 45» –entre cuyos integrantes destacan figuras referenciales como el «patriarca» Juan Carlos Onetti o Mario Benedetti–, la obra poética de Ida Vitale abarca una veintena de títulos.

Cuenta la autora que para su primer poemario, «La luz de esta memoria» (1949), ayudó activamente en las labores de impresión durante varios fines semanas. Aunque en algunos de sus poemas se desliza un cierto tono de amargura por la ausencia de repercusión social y de lectores que sufre la poesía, los reconocimientos que ha recibido a lo largo de su trayectoria conducen a moderar esa impresión de que un poema carece de función y de que a nadie sirve de alimento. La amplia lista de prestigiosos premios obtenidos hasta el momento así lo confirma: Premio Octavio Paz (2009), Premio Alfonso Reyes (2014), Premio Reina Sofía (2015), Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca (2016) y Premio Max Jacob (2017). Pocos poetas pueden presumir de un palmarés como éste, en el que, tras la incorporación del Cervantes, ningún «grande» falta.

La poesía de Ida Vitale se hace tanto más grande cuanto más se abrevia. Sus piezas más celebradas son las cortas, aquellas que se resuelven en unos pocos versos en los que el lenguaje es llevado a su punto de máxima consunción y que están al alcance de muy pocos –cabe recordar, por ejemplo, al Ángel González de «Nada grave». Sin embargo, sea cual fuere la medida del poema, lo que nunca deja de sorprender de la poesía de Vitale es la precisión de cada verbo y adjetivo, subordinados siempre al imperativo de la imagen cristalina, apolínea: «No soñar flores./ El aire te sofoca./ Sientes la arena/reinar en la mañana,/ morir lo verde,/ subir árido oro». El penetrante lirismo que atornilla sus composiciones no es el fruto de un desfogue, de una hemorragia expresiva que no se deje controlar.

Un poema, un concepto

Por el contrario, su poesía se reclama en el contexto del último medio siglo como un lugar de reconciliación entre emoción y razón. Las palabras que se entrelazan en cada uno de sus poemas están sujetas por esa vocación «esencialista» que siempre se ha destacado como singularidad suprema de su escritura. Expresa y depura al mismo tiempo, ofrece y sustrae, con el fin de convertir cada composición en un espacio de misterio que el lector pueda descifrar a su manera.

Cada poema de Ida Vitale es un concepto. Y la misión de este concepto es aproximarnos al mundo natural –el escenario de una abrumadora mayoría de sus textos–. Entre la riqueza de realidades que se nombran en esta exploración de lo natural, la que quizás más sobresale por la fascinación que provoca es la que incumbe al mundo animal. Se ha visto, de hecho, en su poesía una suerte de «zoolatría», que la propia Vitale no desmiente. Para ella, los animales conforman un «mundo paralelo», inaccesible en muchas ocasiones.

Esta capacidad para encriptar un universo que cotidianamente tenemos tan cerca le lleva a considerar cualquier aproximación a los animales como emocionante. Gatos, perros, ardillas, pájaros de todo tipo proliferan en sus poemas y facilitan una comunión con su forma de vida. En su poema «Gatos» se lee: «Como tras los mullidos ves tres gatos/ a su trisagio erótico ceñidos,/ saltar por los tejados, aguerridos/ como otros d ‘ Artagnan, Porthos y Athos,/pasas a depender, no de insensatos/ pensamientos ajenos repetidos/ ni de tu larga deuda de descuidos/ sino del paso de estos gatos gratos». La empatía con el reino animal contrasta, sin embargo, con la desconfianza que Vitale muestra hacia lo humano. La decepción hacia lo social que rezuman sus poemas constituye una de las principales huellas que en ellos ha dejado la modernidad, la experiencia vanguardista. Vitale no ha reparado en evidenciar su nostalgia por un periodo histórico en el que las «minorías cultas» poseían un mayor peso y autoridad.

Experiencia cotidiana

A su entender, la mediocridad se ha impuesto y con ella la lógica del capitalismo cultural ha hecho prevalecer su imperio de la mezquindad y de la ignorancia. De ahí que exista la necesidad de devolverle al creador una jerarquía, una posición de privilegio que desafía la nueva tendencia del arte y de la poesía a confundirse con la morfología de la experiencia cotidiana.

La escritura de Vitale es luminosa, llega en línea recta a la mente del lector, pero lo hace no desde la apropiación del lenguaje de la calle, sino desde un calculado elitismo que le permite ofrecerse como necesaria alternativa a la barbarie.

El conocimiento personal y la influencia ejercida en su obra por escritores tan gigantes como Juan Ramón Jiménez y Octavio Paz solo podía convertir su poesía en una especie de trinchera contra la depauperación social y política de nuestra época. A fin y al cabo, y como precisamente expresa en su poema «Residua», quizás sea la poesía lo único que sobrevive: «Corta la vida o larga, todo/ lo que vivimos se reduce/ a un gris residuo en la memoria./ De los antiguos viajes quedan/ las enigmáticas monedas/ que pretenden valores falsos./ De la memoria sólo sube/ un vago polvo y un perfume./¿ Acaso sea la poesía?». En algunos de sus poemas, Ida Vitale no esconde su temor a que nuestra cultura se convierta en un palimpsesto en el que cada generación borra las obras de sus antecesores para escribir las suyas propias, en un eterno partir de cero: «Todo aquí es palimpsesto,/ pasión del palimpsesto:/ a la deriva,/ borrar lo poco hecho/ empezar de la nada,/ afirmar la deriva,/ mirarse entre la nada acrecentada,/ velar lo venenoso,/ matar lo saludable,/ escribir delirantes historias para náufragos./ Cuidado:/ no se pierde sin castigo el pasado,/ no se pisa en el aire».

Pareciera que este poema, escrito en 2002 para expresar el temor a que su país, Uruguay, volviera a repetir errores del pasado, es una respuesta a la actualidad más rabiosa, a la propagación de ese «mal del olvido» que parece recorrer el planeta a lo largo y ancho y que nos aboca a revivir los peores pasajes de nuestra historia.

Una vuelta al reposo

La concesión del Premio Cervantes a Ida Vitale supone devolver la poesía a un grado de presencia social que usualmente no tiene. A diferencia de otros galardones, más entregados a la hegemonía de la narrativa, el Cervantes suele prestar la atención debida a las trayectorias más marginales y silenciosas que se urden desde el lenguaje poético. Y, ciertamente, que, en un momento como el actual –en el que la poesía parece romper por el lado del «trending topic» de las redes sociales y se populariza mediante eslóganes más propios del marketing–, se retorne al reposo y la palabra honda de la poeta uruguaya, constituye un motivo de júbilo.