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Javier Gómez Santander: «Los refugiados están cargados de normalidad, es lo que estremece»

Periodista y escritor a tiempo parcial, vive persiguiendo palabras, con las que intenta engancharnos a esta entrevista.

Periodista y escritor a tiempo parcial, vive persiguiendo palabras, con las que intenta engancharnos a esta entrevista.

El protagonista de la novela debut del periodista de Javier Gómez Santander, periodista de laSexta, no tiene un nombre tan peculiar como el de Holden Caulfield, ni tampoco una apariencia tan extravagante, pero Daniel Ortiz comparte con el personaje de Salinger una característica: «una vida de mierda». Y esto es justo lo que el autor quiere que evitemos leyendo «El crimen del vendedor de tricotosas» (Planeta). No vale la pena amargarse, «si quieres querer a tu mujer, quiérela», le dice el padre de Ortiz a su hijo en una de las páginas porque, como asegura la filosofía de Javier Gómez, «la vida es actitud».

–¿Cómo escogió un nombre tan normal para su protagonista entre todos los que existen?

–Probablemente se debe a que yo me llame Javier Gómez y he convivido toda la vida con un nombre común. Además, deseaba que el personaje fuera uno más, su día a día tuviera una más de tantas rutinas... Es un tío bastante normal y la gente empatiza con él y me dicen: «Es que me veo reflejado en él», y yo les respondo con una pregunta: «¿Eres consciente de que es una persona muy triste?».

–¿Cree que la mayoría tiene una vida penosa, como reza la contraportada del libro?

–Las vidas no hay que evaluarlas por las cosas que suceden, sino por cómo las vivimos. Es verdad que si miras lo que le ocurre a Daniel Ortiz tiene una vida de mierda. Tiene su trabajo, su hipoteca y aspira a irse de vacaciones cerca de casa para no conducir muchos kilómetros. En términos objetivos es una vida poco emocionante, y sí creo que es como la de la mayoría de la gente por una cuestión práctica y lógica, es más cómoda.

–¿En el periodismo hay bastantes profesionales con esa vida?

–Nos pasa a los periodistas que nos miramos mucho el ombligo. Es una actitud, no son las circunstancias, a no ser que éstas sean demasiado pésimas. Y hay gente que tiene la facilidad de disfrutar la vida y otras personas que poseen la tendencia contraria. El truco está en sentir, cuando incluimos ese verbo todo cobra sentido.

–¿Qué le aportó el ejercicio del periodismo en esta novela?

–Había estado en la SER, luego presenté el tiempo, hice información medioambiental, que es un tipo de periodismo en el que los profesionales saben mucho, y ahora trato la política en laSexta. La virtud de todo este trayecto es lo que he aprendido: que nadie está obligado a mirarte. La cuestión es el cómo decides contar y el despertar continuamente el interés para captar al lector o espectador, además como periodista debes tener exigencia en tu contenido. En este sentido, las prioridades del libro son hacer una historia divertida, curiosa y que enganchase. Después de eso, creo que cualquier humor en literatura debe ir acompañado de crítica. Y en este texto se opina contra la superficialidad en las redes sociales, en los medios de comunicación... en esta novela ocurren cosas que están por encima de la gente, los medios y la política, y se ve cómo todos ellos se dejan arrastrar y provocan la paradoja de que en el fondo el problema sea de superficie. Se habla bastante de periodismo, sobre la inmediatez y el efecto que puede tener en la comunicación una imagen muy poderosa.

–¿Las que se están ofreciendo sobre el desastre humanitario de los refugiados son correctas?

–Las imágenes que nos llegan de todo el camino que está haciendo toda esta pobre gente desde el Mediterráneo hasta Alemania son muy duras. Sobre todo porque son reales y traen un peso de verdad tremendo. Esta gente viene cargada de normalidad y es lo que más nos estremece. Al tema de los refugiados han llegado tarde la política, la opinión pública y también los medios porque en Siria llevan años de guerra.

–¿El exceso de noticias de sucesos en la televisión puede criminalizar a la sociedad?

–Desarrollamos ciertas tolerancias, pero siempre hay un factor emocional, y no creo que una exposición a estímulos provoque que bajemos la guardia en los temas importantes, al final tenemos muy claro como individuos dónde está la línea que separa lo correcto de lo incorrecto. No creo que ver imágenes más violentas produzca una sociedad peor.

–Como periodista imagino que escribiría durante todo el día, ¿y seguía tecleando en su tiempo libre para terminar la novela?

–Me pedí una excedencia de unos meses porque necesitaba un tiempo, y escribí la novela por casualidad, no la tenía premeditada. Cuando terminaba un capítulo no sabía qué iba a pasar en el siguiente, y ni siquiera pensaba que iba a acabar el libro. Sí que la rehíce trabajando, y no lo aconsejo. Es cansado y el trabajo de periodista te consume la mente y siempre llegas cansado a casa. No es un empleo compatible con escribir una novela, por lo menos yo no lo haría. Si no es por la excedencia, no me hubiera puesto con ello.

–Daniel Ortiz tiene un contrato indefinido, eso tiene poca vigencia hoy en día.

–Con 32 años fue uno de los últimos que lo pillaron, de los que lo cogieron derrapando. Ahora nadie tiene ni idea de lo que es eso. Y el drama no es que no lo tengan los jóvenes, ni los que salen de la universidad al mercado laboral, sino también los adultos de 40-45 años a los que han echado del trabajo. Por desgracia, la estabilidad laboral la veremos de aquí en adelante sólo en la ficción, así que estamos obligados a dejar algún reducto en la literatura.

–Lo que sí tiene vigencia son las luchas de poder.

–Si te fijas en la serie «Boss», que tiene dos temporadas, es totalmente shakesperiana. No ha cambiado nada desde que aquel inglés escribió «Macbeth». Y al final sólo escribimos del amor, el poder y un par de cosas más, y es lógico porque es lo que nos interesa. Son los temas que estamos obligados a tratar porque son los más ligados al ser humano.