Jean Reno: “La gente hoy cree que se puede tener todo gratis”

El actor franco-español estrena “4 latas”, dirigida por Gerardo Olivares, y lamenta la pérdida de la cultura del esfuerzo

Jean Reno, en “4 latas”

El actor franco-español estrena “4 latas”, dirigida por Gerardo Olivares, y lamenta la pérdida de la cultura del esfuerzo

Se considera un “lobo solitario” y, al mismo tiempo, se ve a sí mismo como un camello. A sus 70, Jean Reno, ya un clásico del cine europeo e internacional, sigue en forma. Su trabajo en la industria española de la mano de Gerardo Olivares en “Hermanos del viento” ha continuado con “4 latas”, una aventura por el desierto, de Marruecos a Tombuctú.

-Me gustaría empezar hablando de Sanlúcar de Barrameda. Yo sabía que su padre era gaditano, pero no que era justo de esa ciudad, la misma de mi padre. ¿Ha ido a menudo por allí?

-Mi padre de Sanlúcar y mi madre de Jerez... Fui a Sanlúcar cuando me hicieron hijo predilecto, con mi mujer, mis hijos y mi hermanas. Queda feo decirlo, pero di dinero al alcalde para que pusieran los archivos electrónicos del Ayuntamiento. Pensé que tenías que hacer esa donación por la memoria de mi padre y la belleza del lugar.

-¿Pero de pequeño solía ir?

-Veníamos de vacaciones todos los años, pero a Jimera de Líbar (Málaga), un lugar en la montaña, con un río, un sitio formidable. A Sanlúcar no fui mucho...

-Usted nació y creció en Casablanca.

-Sí, pero mi generación sentíamos que Marruecos no era nuestras raíces. Nosotros éramos de los 60, del rock and roll y los Rolling. Toda esa música nos llevaba a Europa. La generación posterior sí se ha sentido más enraizada en Marruecos.

-Habla como si sintiese como un inmigrante.

-Completamente. Casi extranjeros. La mayoría de mis amigos nos sentíamos así y ninguno se quedó allí. Teníamos que ir hacia aquella cultura europea que veíamos en los periódicos, a Londres y luego a Nueva York.

-Y del desierto, ¿guarda memoria?

-Apenas fui a Marrakech de joven. Teníamos un grupo tres chicos y una chica y fuimos al casino a cantar.

-¿Qué cantaban?

-Cosas francesas, tonterías, cantábamos muy mal...

-Entonces, ¿ha conocido el desierto profundo con esta película?

-Sí. Ha sido formidable. Llegué directamente a Casablanca en avión y de ahí a la puerta del desierto, cerca de Uarzazate. La visión del desierto por primera vez en mi vida es con esta película. Es maravilloso ese espacio amarillo con camellos. Yo tengo mucho de camello, es el animal que me representa, no el delfín o el león como suele decir la gente.

-¿Por qué el camello?

-No sé. Viaja, es duro, le puedes poner todo tipo de mercancías, puede llegar a escupirte, come poco... Yo me puedo tirar horas como un salvaje.

-Su personaje en el filme está aburguesado. De joven era más hippie aventurero y ahora está retirado con sus viñedos y sus coches caros. ¿Ha seguido usted esa misma progresión?

-No. Yo a los 12 años ya estaba con la obsesión del teatro, no sé por qué, seguramente porque no me quería mucho a mí mismo y a través de los personajes lo lograba. Eso dicen los psicólogos.

-¿No había artistas en su familia?

-Mi padre era obrero y mi madre cosía. Aunque mi padre bailaba muy bien, a pesar de ser fuerte y pesado, tenía mucha sensibilidad y le gustaba mucho Julio Iglesias. Cuando supo que estuve con Julio en una retransmisión de la tele se volvió loco el pobre...

-¿Y que hay del 4 latas, el mítico coche de la película?

-Una vez conduje uno de París a Marrakech. Me apasionan los coches, pero nunca he sido de coleccionarlos, quizás porque me he mudado muchas veces. Ahora me gustan los coches modernos, con mucha electrónica, muy distintos al 4 latas, que no tiene nada.

-No tiene nada, pero era un emblema de libertad.

-Era barato, no consumía mucho y lo podías reparar tú mismo. Cuando yo era joven había muchos en África, muchos de ese tipo, coches sólidos.

-¿Cómo está viendo el asunto de los “chalecos amarillos”?

-Hay que decir para empezar que vivo en Nueva York y no soy sociólogo. Pero es un tema que me da pena. Empezó con gente que no podía comer en un país donde hay muchas ayudas sociales pero también muchas mentiras gobierno tras gobierno. Ahora la gente cree que se puede hacer y tener todo gratis. Creo que el presidente acaba de darles 10 millones ya para ellos.

-¿Falta cultura del esfuerzo?

-Sí. En Francia no puedes tener nada de valor porque te envidian.

-Se suele decir eso de España. ¿También Francia es envidiosa?

-Mucho y eso me apena. No puedes dejar el coche en la puerta del colegio sin que te lo rallen. No entiendo eso. Yo empecé sin garantías ninguna. Me podría haber muerto de hambre porque mi familia no tenía dinero. No comulgo con los movimiento sociales, no me veo en eso. Yo soy un lobo solitario, aunque defiendo que pueda cada uno decir lo que opina.

-¿Por eso vive en Nueva York?

-Bueno, me casé con una inglesa-francesa que estaba allí desde los 18. Pero hay algo en Nueva York que no existe en el resto del mundo. Todo es posible allí, aunque parezca una tontería. Si mañana dices que va a vender sardinas de Alicante en la Quinta Avenida todos te van a decir “formidable, vamos al banco a que nos den dinero”. Es la única parte del mundo en la que crees que todo es posible. En otro sitio te dirían que eres un idiota y que no tienes dinero. En Nueva York sales con una pluma en el culo y todos te dicen que qué bien, qué bonito. Desde luego, no existe un país perfecto, allí tienen un presidente que es un payaso.

-¿Y de España qué le gusta?

-La manera de vivir, de relacionarse unos con otros. Lo veo en los rodajes: esa solidaridad, el amor hacia el otro, un calor que no hay en Francia.