Jessye Norman, la voz negra más rotunda de la ópera

La soprano norteamericana, un verdadero icono para la comunidad negra de su país, falleció a los 74 años debido a una grave lesión en su médula espinal

«Aída» o «Carmen» fueron algunos de  los grandes éxitos de la cantante / Ap
«Aída» o «Carmen» fueron algunos de los grandes éxitos de la cantante / Ap

La soprano norteamericana, un verdadero icono para la comunidad negra de su país, falleció a los 74 años debido a una grave lesión en su médula espinal.

L as últimas veces que escuchamos a la ahora desaparecida soprano de color, en Madrid, estaba ya algo disminuida física y vocalmente. Todo en ella se había reducido: parecía menos alta, había adelgazado notablemente y su voz no poseía ya la robustez, la plenitud, el metal sedoso y la consistencia de antaño. El lógico paso del tiempo. Aún así, la soprano de Augusta, nacida en 1945 y desaparecida no hace muchas horas, mantenía una salud vocal asombrosa, que no denotaba los innúmeros años de profesión desde que debutara, digamos que en su primera actuación importante, después de haber ganado varios premios en su país. Fue en la Deutsche Oper de Berlín, tras vencer en un concurso en Munich, con el papel de Elisabeth de «Tannhäuser» de Wagner, que, junto con otros igualmente líricos del compositor, hizo suyo en los muchos años venideros.

La voz de Norman era, en verdad, una bendición, aunque tenía poco que ver con la de la eximia alemana Lotte Lehmann, con quien llegaron a compararla sesudos críticos berlineses. La suya era más oscura y llena, más rotunda, más amplia y voluminosa y no tenía la claridad y el metal tan penetrante de su antecesora. Caracterizó siempre a nuestra soprano la riqueza de los armónicos, la plenitud del sonido, la pasta de altísima calidad, la sedosidad de la emisión, esa especie de aura, de espectro, que la rodeaba y que llegaba al oyente tornasolada y vibrante, envuelta siempre en una precisa articulación de fonemas, enmarcada en una dicción de altos vuelos, nítida y preciosa. Cualidades que la fueron colocando, poco a poco, en el olimpo de otras grandes cantantes de su raza igualmente norteamericanas: Marian Anderson, Leontyne Price, Martina Arroyo, Grace Bumbry, Shirley Verrett...

Su timbre, hay que insistir, era el de una lírica plena, no tenía talante realmente dramático. Sus soberanos graves, dotados de un apoyo y de una robustez monumentales, emitidos si espurias sonoridades, podían hacer creer que era verdaderamente una mezzo; lírica plena en todo caso. Y de hecho incorporó alguna partes de esa cuerda, aunque sin apartarse de un norte que la preservó de accidentes indeseados. En España cantó en bastantes ocasiones, aunque casi siempre recitales y participó en algunas sesiones sinfónicas memorables, como aquella en la que recreó magistralmente los «Wesendoncklieder» de Wagner en un concierto de la Nacional con Frühbeck en 1973. Los más veteranos nos acordábamos de su presentación madrileña a finales de los 60, recién llegada a Europa, en un concierto de la asociación hispano alemana Cantar y Tañer. Brindó un espléndido recital de lieder, con Schubert a la cabeza y dio muestras ya de la exquisitez de su fraseo y lo cincelado de su dicción.


Oro en paño

Los aficionados guardamos como oro en paño algunas históricas grabaciones como aquella del ciclo schumaniano «Amor y vida de mujer»; o la de tantas otras canciones de Schubert, Brahms, Mahler, Strauss, Schönberg o Berg. O las que recogen sus intervenciones en óperas de Haydn, o de Mozart (Condesa de «Bodas» ejemplar), o de Verdi, donde sorprendía por su aclimatación. Y, por supuesto, de Wagner, de quien hizo siempre los personajes más líricos, olvidándose, afortunadamente, de abordar una Brünnhilde, que requiere una «hochdramatischer». En todo caso, podemos asombrarnos de su interpretación de la «Muerte de amor» de Isolda en un concierto salzburgués con Karajan en el podio de 1987. Está en Youtube.