Teatro

José Luis Alonso de Santos: «La clase media es la más perseguida y despreciada»

El autor publica «El vuelo de las palomas», una función que califica de «corriente», aunque no lo es, «para comprobar que no he perdido el humor», reconoce.

El autor publica «El vuelo de las palomas», una función que califica de «corriente», aunque no lo es, «para comprobar que no he perdido el humor», reconoce.

Como buen pucelano, José Luis Alonso de Santos cuida su lenguaje hasta el extremo. «Labrador castellano del lenguaje y del teatro», se define: «Cultivo palabras en vez de trigo». Así, su última cosecha la amontona en «El vuelo de las palomas» (Fundación Jorge Guillén), una comedia en la que dos vecinas verán alteradas sus vidas cuando una bolsa llena de dinero aparece en el armario de una de ellas: «Una obra de gente normal a la que le pasan cosas extraordinarias» y en la que el dramaturgo procura no perder la sonrisa.

–Vemos que eso de «viejo cascarrabias» no es una norma, que se puede mantener el humor según se van cumpliendo años.

–Fue ése uno de los objetivos de la obra. Uno de los grandes problemas de las personas que hemos trabajado la risa durante tanto tiempo es que cuando eres mayor se te quita. Te haces respetable, serio y se te va la gracia...

–¿Si se es divertido no se puede ser responsable?

–Hablé de ello con López Rubio y Fernán Gómez y siempre me ha interesado por qué se pierde la risa. Es horrible, te dan premios y dejas de tener gracia. Y si no te duele una cosa es otra... Así que, después de estrenar algunas obras más serias, aquí me dio por escribir para ver si me quedaba humor. No todo es filosofía. Creces y te da por ahí (risas).

–Lo que hace es acercar la historia a la que podría ser su vecina.

–He escrito de marginados y doloridos. Pero hoy los más perseguidos son la gente normal, la clase media, lo que es la meta de todo ser humano: tener coche, piso, televisión... Y, a la vez, no hay nada más despreciado que estos. Quería una función muy corriente, que nunca la había hecho, pero porque a la gente corriente le pasan cosas sorprendentes. Mi vecina y la tuya. Los que van a El Corte Inglés, a los musicales, los que dan de comer a las palomas...

–Pues a sus protagonistas se les complica la normalidad cuando llega el dinero.

–Siempre da problemas, cuando se tiene y cuando no. Aquí pasan dos o tres cosas y comienza la aventura, que es algo más cinematográfico.

–¿Son más serios en el teatro?

–Más trascendentes o más de vanguardia. Se trata de encontrar los tres pies al gato.

–Sí, está mal visto lo comercial...

–Porque existe un tópico de que la cultura es la vanguardia, lo moderno y lo que no se entiende. Y las subvenciones se dan a ese teatro raro que no se entiende, pero que parece importante. Yo me puedo permitir el lujo de escribir algo normal, aunque sorprendente, y con una salida dentro del mundo del humor.

–La comedia, ese género maltratado...

–Cuando eres mayor y has tenido mucho reconocimiento te importan poco las etiquetas. Me dan igual. Parece que cada obra debe ser Shakespeare y cada cuadro Picasso. Si en cada pieza hubiera algo nuevo el mundo sería demasiado sorprendente. Solo surge algo así de vez en cuando. Cuando se estrenó «La estanquera de Vallecas» parecía muy corriente, pero se sigue representando en el mundo entero. A veces, la mezcla de superficial y profundidad funciona. Parece una cosa, pero no es solo eso. La historia de Hamlet es tan interesante como la de la señora del tercero, que si te cuenta sus secretos te caes. Es gente que habla de las cosas de los programas del corazón y de canciones. Y es normal, no se tienen que avergonzar de ello. Les gusta, ¿y qué pasa? No tienen una cultura progre, es otra y son felices. Hay muchas formas de vivir y de pensar.

–Caras diferentes. ¿Y usted ha perdido alguna vez la cabeza por dinero, como sus personajes?

–El dinero es la lámpara de Aladín. Permite hacer lo que queremos y no podemos. Para el que no lo tiene es la puerta a sus sueños.

–No da la felicidad, pero ayuda...

–Ayuda. Habría que saber qué haríamos con dinero.

–Más de uno se ha vuelto tonto.

–Pero esa posibilidad también es bonita.