Juan Luis Arsuaga: “Los seres humanos del futuro serán como Brad Pitt”

¿Era inevitable que surgiera el ser humano? ¿La vida inteligente está dentro de un ciclo evolutivo? En caso de haber más seres vivos inteligentes, ¿qué aspecto tendrían? El paleontólogo responde a estas preguntas en «Vida, la gran historia»

Juan Luis Arsuaga / Foto: Gonzalo Pérez
Juan Luis Arsuaga / Foto: Gonzalo Pérez

¿Era inevitable que surgiera el ser humano? ¿La vida inteligente está dentro de un ciclo evolutivo? En caso de haber más seres vivos inteligentes, ¿qué aspecto tendrían? El paleontólogo responde a estas preguntas en «Vida, la gran historia»

Juan Luis Arsuaga no viene a recontarnos la evolución, con su árbol abundante en ramas y bifurcaciones, que ya es un relato hecho en multitud de ocasiones. Juan Luis Arsuaga se ha sacado de la manga «Vida, la gran historia» (Destino), que es una ventana abierta al austroloplithecus que aún portamos con nosotros, ese ancestro del que todavía no hemos logrado desprendernos, el tatarabuelo reco-lector/cazador que perseguía gacelas. El científico, que es un hombre al que le gusta remar a contracorriente, ha mirado a nuestro pasado para proyectar nuestro futuro y darnos la radiografía exacta de los derroteros inciertos que vamos a tomar en el futuro.

–La especie humana es de las pocas que destruye los mismos ecosistemas en los que se desenvuelve.

–La civilización se ha desarrollado a base de destruir la naturaleza. Así se ha ido extendiendo. Los sumerios se cargaron Mesopotamia, pero, a la vez, conquistaron otros países que destruyeron. Al final ya solo nos quedaba América y Australia, y también estamos en el proceso de arrasarlos. La pregunta que se plantea es: ¿Ahora qué? Este es un problema que nace en el neolítico y se prolonga hasta nuestros días. Hasta el neolítico no teníamos capacidad para transformar el paisaje. Teníamos un pacto con el ecosistema. Este proceso aparece con la agricultura y la ganadería. Y no hemos parado desde entonces. De hecho, lo hemos acelerado con eso de las civilizaciones, que son estupendas, porque aparece la escritura, hacemos libros, pero vamos destruyendo todo y ahora ya no nos queda nada. Salvo que nos vayamos a otro planeta, pero no lo hay de momento.

–¿Por qué hacemos eso? ¿Por qué no respetamos nuestro entorno?

–No es deliberado. Queremos que nuestros hijos vivan, no que mueran. El agricultor que abría un claro en el bosque lo hacía para alimentar a sus hijos. Y el ganadero que quemaba la vegetación en el bosque, actividad que se ha seguido haciendo hasta nuestros días, era para alimentarlos. No queremos destruir la Tierra, lo que pasa es que queremos que los hijos vivan. Lo que sucede es que ya no tenemos tantos hijos. No tienes a quien echar la culpa. Eso ya no sirve. Ahora ha aparecido una cosa que se llama consumo, que es algo compulsivo. Hoy es todo desechable, toda hay que tirarlo. Las cosas no duran. Esto tiene mal aspecto, porque todo es de un solo uso y nada se recicla. El turismo está bien, pero los aviones contaminan. Hay que empezar a renunciar a cosas, también a empleos. Estamos en un lío y no tenemos la respuesta.

–El hombre, a diferencia de otras especies animales, mata por placer.

–Por odio, más que nada. Lo hacen todos los animales sociales. Lo hacemos por eso. Todo lo que somos mentalmente se debe a nuestra vida, a nuestra complejidad social. Nuestra evolución y éxito es que hemos desarrollado una biología social compleja. La más compleja junto a la de las abejas, las avispas y las termitas. Hay dos grupos de organismos que han desarrollado sociedades de este tipo: los insectos sociales y los humanos. Toda nuestra mente está relacionada con eso. Esta complicación social se ha producido por un mecanismo que se ha resumido en cómo coo-perar para competir con otros grupos. Y competir significa siempre rivalidad.

–Pero la cultura debería mitigar determinados impulsos. ¿O es un error pensar eso?

–Eso es más la ética que la cultura, porque esta última lo que crea son identidades. Y las identidades son excluyentes. La cultura griega estaba bien para los griegos, pero eso les llevó a unirse contra los persas. La cultura es por lo general identitaria. Hay una cultura, francesa, otra china y otra maya. En este sentido, no tiene por qué unir. Me refiero a la entendida como estética, historias comunes, lengua, religión. La cultura es la pertenencia a un grupo. Esto tiene que ver con un fenómeno que aparece en algún momento, no se sabe cuál, que es la etnicidad, la famosa pregunta de tú a qué tribu perteneces. Es el último paso de la evolución de la complejidad social. Los miembros de un grupo suelen ser con-sanguíneos, pero la cultura crea un identidad que es virtual, que está basada en mitos compartidos, signos, que amplia el grupo, lo potencial. Las culturas son el grupo.

–¿La inteligencia no nos ayuda a saltar esa barrera que son los prejuicios?

–Eso nos lleva a la pregunta de hasta qué punto los genes nos influyen. No existe el gen del Barça o el Real Madrid, pero sí los que te programan para pertenecer a un grupo. Estamos programados para ser buenos chicos, integrarnos y formar parte de la unanimidad del grupo. Lo difícil es ser raro, distinto, porque las condiciones genéticas nos permiten extraer información del medio social. Cuando naces no sabes que vas a ser del Real Madrid. Eso lo aprendes. Tenemos unos sesgos de aprendizaje para detectar lo que hay por ahí y ser un buen miembro de ese grupo. Eso es positivo, porque tienes amigos, pero es peligroso porque te crea una identidad para competir. Es la tiranía de los genes. Los genes te dicen que no lleves la contraria al grupo.

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–¿Esta es la razón por la que nos cuesta ser críticos?

–Los niños son el mejor ejemplo: siguen todas las modas. Los grupos tienden a la unanimidad. La siguiente frontera del ser humano es la tolerancia. Que te dejen ser raro. En 2007, Gran bretaña absolvió a los 70.000 condenados por homosexualidad en el siglo XX. Lo hicieron por no seguir un patrón sexual. No habían hecho nada a nadie. Es el ejemplo: perseguir al raro porque sí. La exclusión de los que van contra el grupo es la intolerancia.

–¿Podemos vaticinar cómo será el hombre del futuro?

–Como Brad Pitt (risas), porque eso dependerá de nuestros cánones. La gente que va al gimnasio es para tener abdominales. Queremos tener un buen físico. En la evolución no todo es selección natural, que es la adaptación, pero es que también hay selección sexual. Algunas de nuestras características físicas tienen que ver con la ecología, pero otras, no. La barba de los hombres es de carácter sexual. Eso también está en nuestros genes.

–¿Usaremos implantes para potenciar el cerebro y competir con las máquinas?

–No creo en eso. Queremos ser guapos, no un ordenador. Lo que nos gustaría tener de las máquinas, ya lo tenemos. Si queremos viajar, nos lleva una; si deseamos hacer una foto, la hace otra. Y las máquinas no van a escribir o componer mejor que nosotros. Las máquinas son nuestros esclavos, reemplazan a los esclavos de los griegos y los romanos. Yo quiero una para que me limpie la casa, pero si deseo que cante, prefiero a Pavarotti. De una máquina quiero que esté a mi servicio, que cocine, que recoja la cosecha, que haga los túneles, los trabajos pesados. Nunca tendrán consciencia. La prueba es que hemos avanzado mucho en inteligencia artificial, pero cero en consciencia. Las máquinas no se rebelarán contra nosotros. No habrá una «máquina Espartaco». Pero lo que pueden hacer es liarla, porque tienen que estar programadas y pueden formar un buen lío en el tráfico o lanzar, incluso, un cohete.

–¿Nos extinguiremos?

–No, pero podemos llevar una vida miserable. Nos puede la codicia y el consumismo, y hay valores superiores. La vida feliz no consiste en comprar continuamente. Yo tengo más tecnología que mi abuelo, pero dudo que sea más feliz que él. No se necesitan tantos aparatos para ser dichoso.

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–¿Es posible que haya vida inteligente fuera de la Tierra? ¿Y qué ocurriría si nos encontráramos con ellos?

–No es imposible la vida inteligente. Pero lo que tengo claro es que si hay extraterrestres más vale que tengan cuidado, porque los seres humanos somos malos.. Si los extraterrestres vienen en son de paz, que se preparen. Si ellos son iguales que nosotros, estamos perdidos, desde luego. Pero si son buena gente, como se puede esperar de una civilización tan desarrollada y que ha encontrado cierta armonía con su entorno, con nosotros no lo van a tener nada sencillo, porque no somos buena gente. Por lo menos, hasta ahora. Espero que en el futuro cambiemos.