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Júlio Pomar o la modernidad del arte portugués

Rompió moldes y derribó muros desde su actitud combativa, pero en silencio. Júlio Pomar, nacido en 1926, fue y es referencia del arte moderno portugués y uno de los nombres del neorrealismo de aquellas tierras, admirador de Velázquez y Francis Bacon. Desde su actitud de lucha se encaró con el poder y le costó compartir prisión con Mario Soares, lo que es la vida. Empuñó los pinceles desde la clandestinidad y se cambió el nombre por el de “Marqués”, casi nada. Aunque cuando estalló la revolución en la calle él ya estaba en otra batalla, la puramente artística. Desde París, a donde se marchó a vivir a principios de los años sesenta. Jamás, dijo que se consideró un exiliado: “Salí cuando quise y regresé cuando quise”. Gracias a él, a su generosidad, las generaciones venideras vieron en él a un maestro que nunca lo quiso ser. Ahí están los nombres que trabajaron a su lado y le siguieron. Pienso en Juliao Sarmento, en José Pedro Croft, Cabrita Reis, en Rui Chafes, incluso en la punta de lanza, la artista mimada en que se ha convertido Joana Vasconcelos. Él, junto a Paula Rego, otra grande que decidió hacer su vida en Londres hace bastantes años ya, sentó las bases del arte moderno portugués. Pintor y escultor, pudo ver cómo en 2013 se levantaba un museo en su nombre, una casa que construyó otro luso grande, Alvaro Siza Vieira, y que se

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concibió, entre otras cosas, para que él pudiera trabajar allí, junto a su obra. Sin embargo, Pomar no quiso abandonar la soledad de su estudio porque no soportaba trabajar delante de la gente. Fue un lugar de propuestas nuevas, de experimentación, no un museo mausoleo, idea de la que él huía como alma que lleva el diablo. Hasta el último aliento trabajó. Así lo contaba en una reciente entrevista la directora del centro, Sara Antonia Matos: “Trabajaba para respirar, era la manera que tenía de encarar el mundo, de pensar y de vivir. Trabajaba continuamente, si no dibujaba o pintaba, se dedicaba a pensar y a escribir, a imaginar proyectos, o incluso a trabajar con nosotros. Era un hombre incansable”. Y contaba una anécdota deliciosa: hace más o menos un año compartió exposición con Cabrita Reis, “De las pequeñas cosas” se titulaba. El maestro tenía ciertas complicaciones para moverse pero no dejó de acudir un solo día para supervisar el montaje. Fue tal su implicación y el respeto por el trabajo del otro que pidió que no seidentificaran las obras de ambos para hacer jugar al público y que fuera el visitante quien descubriera qué era de cada quien.