La rebelión que cambió Oriente Medio

Nació para oponerse al poder otomano en toda la región, pero el movimiento desembocó en el nacionalismo árabe

Al igual que los nacionalismos europeos, el árabe comenzó siendo un movimiento de recuperación cultural para contrarrestar el dominio otomano del Próximo Oriente, que pronto se ligó a la independencia. To-do empezó con Abd el-Rahman Al-Kawakibi, que publicó en 1901 «La madre de las ciudades» reivindicando un Califato en La Meca. El aire político se lo dio el cristiano palestino Nayib Azuri, que fundó en 1904 en París la Liga de la Patria Árabe para proponer la creación de un Imperio desde el Mediterráneo al Índico. Esto culminó con la organización del Congreso Nacional Árabe, en la capital francesa, en 1913. Al tiempo, en la península arábiga se habían formado unos reinos feudales, en teoría sometidos a los turcos, pero autónomos en la práctica, como el de Hiyaz, gobernado por el hachemita y jerife de La Meca Huseyn ibn Ali. No obstante, el movimiento carecía de apoyo popular, y no hubiera tenido tanta repercusión sin la intervención británica y la francesa, que lo alimentaron como parte de su estrategia en la Primera Guerra Mundial. Su objetivo fue crear un problema interno en el Imperio otomano, aliado de Alemania y Austria, y ganar zonas de influencia.

Una partida perdida

La guerra fue vista como una oportunidad. El protagonismo lo tuvo Husayn, que tenía dos hijos colocados en la administración turca: Abd Allah y Faisal. El jerife de La Meca tenía la intención de aumentar su poder, ya fuera bajo la influencia otomana o la británica. Al tiempo que negoció con Enver, ministro de la Guerra del Gobierno turco, lo hizo con el alto comisario británico en Egipto, sir Henry McMahon. Mientras el primero le ofrecía un Estado dentro del Imperio otomano, el otro le sugería que los aliados apoyarían un reino hachemita que incluiría Arabia, Siria, Líbano, Palestina e Irak. La partida estaba perdida para los otomanos, por lo que Enver envío a sus tropas a la región de Hiyaz, dominada por los hachemitas. Fue la excusa para iniciar la revuelta, que comenzó en Damasco el 5 de junio de 1916, bajo el empuje y el oro británicos. El Gobierno inglés llegó a soltar dos millones de libras en oro, que fueron administrados por Lawrence de Arabia, al que los insurrectos llamaron, entre otras cosas, «el Hombre con el Oro». Sólo así se pudo movilizar un ejército en un pueblo árabe que vivía al margen de un conflicto tan global. De hecho, muchos árabes combatieron en el ejército turco en la Guerra del 14, y otros tantos hicieron oídos sordos al llamamiento a la yihad que hizo el sultán otomano Mehmed V.

La tirantez y la desconfianza entre Huseyn y los aliados fueron constantes. El hachemita se proclamó «rey de los árabes» en noviembre de 1916, pero Gran Bretaña y Francia sólo le reconocieron como «rey de Hiyaz» y firmaron un acuerdo secreto de reparto preventivo del Próximo Oriente árabe. Fue el Tratado Sykes-Picot, de mayo de 1916, al que se sumó Rusia. La intención británica era establecer un «arco de seguridad» desde el Golfo Pérsico y Mesopotamia hasta el Mediterráneo. Francia quería dominar la Siria histórica, pero al oponerse Gran Bretaña acordó secretamente con la Rusia zarista apoyarse mutuamente en sus aspiraciones territoriales. Los tres aliados acordaron la creación de un Estado árabe hachemita y, al tiempo, la formación de un «condominio» en Jerusalén y Nazaret que cobijara a los casi cien mil judíos que se habían asentado allí desde finales del XIX. Esto se reforzó con la Declaración Balfour, de diciembre de 1917, por la que Gran Bretaña se comprometía a defender una «hogar nacional» para el pueblo judío.

El auxilio británico permitió el avance militar árabe. En junio de 1917 tomaron el puerto de Aqaba, y de ahí todo el norte hasta conquistar Jerusalén en diciembre de ese año. Pero era Gran Bretaña la que derrotaba al Imperio otomano y, por tanto, la que asumía el mando. Por esta razón, Faisal negoció con Estambul en mayo de 1918 que su padre cambiara de bando en la guerra a cambio de que se reconociera su condición de Estado en un Imperio dual, al modo del austro-húngaro. Era tarde: el Imperio otomano no aguantaba más. En septiembre de 1918 las tropas británicas, acompañadas por las árabes entraron en Damasco. El 30 de octubre de 1918 se firmó el armisticio de Mudros, y los turcos se retiraron de la región.

Faisal, hijo de Huseyn, se erigió en símbolo de la aspiración a un Estado árabe. El Congreso Nacional reunido en Damasco en julio de 1919 lo proclamó rey de Siria, que comprendía dicho territorio, Líbano, Palestina y Transjordania. La Sociedad de Naciones, sin embargo, ya había decidido en febrero de ese año el establecimiento de Mandatos en las zonas con «pueblos aún no capacitados para dirigirse por sí mismos». Así se reflejó en los tratados de Versalles (1919) y San Remo (1920), quedando todo bajo tutela británica menos Siria y Líbano, en manos francesas. La disgregación del territorio satisfizo las ambiciones de las familias dirigentes árabes, que orillaron el nacionalismo árabe para crear uno propio que sostuviera sus nuevos estados.

*Historiador de la UCM