La última coca-cola con Mel Ramos

Una de las  famosas «pin-up» de Mel Ramos,  nombre representativo  del movimiento pop
Una de las famosas «pin-up» de Mel Ramos, nombre representativo del movimiento pop

En vida el brillo, excesivo en ocasiones y deslumbrante, chillón y rabioso, de sus colegas de pinceles, léase Tom Wesselman, Roy Lichtenstein y Warhol (¿necesita nombre?) hizo que las obras de Mel Ramos, un tipo que casi vino al mundo con el pelo ensortijado y que tenía un abuelo portugués nacido en las Azores, no formaran parte de la primera división del pop (nunca tres palabras dieron para tanto) en una época, mediados los sesenta, en que las féminas empezaban a levantar la voz con más intensidad y se negaban a hacer realidad aquella estúpida frase de que «detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer». El artista optó para sus obras, en plena hegemonía de la sociedad de consumo, por figuras femeninas, rubias generalmente, aunque también morenas, que lo mismo descansaban ligerísimas de ropa sobre un paquete de cigarrillos que salían de otro de chicles o se parapetaban (véase la imagen) detrás de una botella de refresco de cola. «Yo no pinto sexo. El sexo es otra cosa. Pinto cuerpos desnudos», repetía como un mantra cuando tachaban su pintura de sexual. Ya en los setenta el movimiento feminista le dio la espalda y lanzó contra su obra soflamas sobre la utilización del cuerpo de la mujer dentro del mundo del arte. ¿Puede haber algo más rancio? Ramos, excelente dibujante, jamás se amilanó ante las críticas. Es más, siguió trabajando en esa línea, jamás se traicionó. Grandes maestros de la historia de la pintura que le precedieron inmortalizaron cuerpos desnudos. «¿Por qué no voy a hacerlo yo?», se repetía. Una lástima que su ritmo fue calmo y lento y que hoy su obra, a diferencia de la de sus coetáneos de mayor relumbrón, se cuente con los dedos de una mano casi (es un decir). Imaginamos que plena efervescencia del #MeToo estas «pin-up» de proporciones rubensianas se verán como figuras trasnochadas. Él se topó con la inspiración para darles vida en los cómic (a saber: Wonder Woman, Phantom Lady y Sheena) y en un pueblecito catalán, Horta de San Joan, donde pasaba seis meses al año desde hace cincuenta, cultivando sus propios tomates (un bocado exquisito) y mirando cada mañana al cielo y las montañas. Y cuando se despejaba de turistas, poniendo rumbo a la playa de la Ampolla, su preferida. Siempre nos quedará su obra llena de color y a él, un deseo que, desgraciadamente, no podrá hacer realidad ya, tras morir a los 83 años: aprender catalán, un idioma que adoraba, decía, por su suavidad.