Las «dictaduras dinámicas» de Hitler, Stalin y Mussolini

Prepublicación de «Descenso a los infiernos» (Crítica), de Ian Kershaw. El historiador repasa en su nueva obra los acontecimientos que vivió Europa desde 1914 hasta 1949. Un periodo marcado por dos guerras mundiales y el auge de los totalitarismos. En este fragmento compara el fascismo, el nazismo y la Revolución rusa, que marcaron a fuego el devenir del Viejo Continente durante esta convulsa y violenta época.

Hitler, Stalin y Mussolini supieron movilizar a miles de ciudadanos en sus regímenes
Hitler, Stalin y Mussolini supieron movilizar a miles de ciudadanos en sus regímenes

Prepublicación de «Descenso a los infiernos» (Crítica), de Ian Kershaw. El historiador repasa en su nueva obra los acontecimientos que vivió Europa desde 1914 hasta 1949.

«Las tres dictaduras dinámicas –la Unión Soviética de Stalin, la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler– eran en la práctica unas formas muy distintas de régimen, aunque tuvieran numerosos rasgos estructurales en común. El régimen de Stalin se destaca de los otros dos, que comparten más características similares (y algunos «préstamos» tomados por la Alemania nazi de la Italia fascista), aunque también mostraran diferencias fundamentales. Todas pretendían tener un «derecho total» sobre sus ciudadanos. Semejante pretensión no logró realizarse en la práctica y se llevó a cabo con más fragilidad en la Italia fascista, paradójicamente el único de los tres regímenes que declaró explícitamente que estaba construyendo un «estado totalitario». Sin embargo, ese «derecho total» tuvo indudablemente unas consecuencias tremendas para el comportamiento de los ciudadanos de unas sociedades tan duramente orquestadas y controladas como aquéllas. El «espacio político» y las formas de actividad social organizada, comparados incluso con los de otras dictaduras de la época, y no digamos con las democracias liberales, dejaron de existir fuera de lo que estaba permitido y gestionado por el propio régimen. En cada uno de ellos se llevaron a cabo incesantemente intentos de moldear las actitudes y los comportamientos con arreglo a sus dogmas ideológicos exclusivos. La identificación con el régimen era sustentada y reforzada mediante el hincapié hecho en el «enemigo interior», los «extraños» cuya propia existencia determinó la creación de una comunidad de «normales», de los que «pertenecían» a ella.

La penetración de los valores del régimen en la sociedad fue menor en Italia, y mayor con toda probabilidad en Alemania. El éxito del adoctrinamiento fue variable, aunque donde parece que fue mayor en los tres regímenes fue entre los jóvenes. En cada caso, el régimen tuvo un éxito considerable a la hora de movilizar a grandes cantidades de idealistas y de ganarse un amplísimo apoyo popular. Resulta imposible cuantificar ese apoyo, teniendo en cuenta la represión de cualquier tipo de oposición en la que se basaban los tres regímenes y la falta de libertad de expresión. Por los indicadores imprecisos de los que disponemos, la Alemania nazi fue la que tuvo un mayor nivel de apoyo popular, Italia se quedaría un poco a la zaga, mientras que en la Unión Soviética era donde la población estaba más coaccionada, lo que sugiere que era donde el apoyo era menos auténtico. Cada uno de los tres recurrió a la mano dura y a la represión terrorista. Para los que sufrieron el terror de la policía estatal, las diferencias ideológicas o estructurales entre los tres regímenes eran cuestión de la más absoluta indiferencia. Aun así, eran importantes.

La Unión Soviética ejerció un grado extraordinario de terror, dirigido contra sus propios ciudadanos, mucho mayor que los otros dos, con unos métodos de disuasión arbitrarios e imprevisibles que no se vieron reproducidos en ninguna otra parte. El terror nazi se concentró en aplastar cualquier tipo de oposición política organizada, y luego, progresivamente, en las minorías más débiles y menos numerosas, especialmente los judíos y otros grupos raciales o sociales marginales, «extraños». Lo peor del terror del fascismo se reservó para las colonias italianas en África. En la madre patria, una vez que disminuyó la violencia callejera de los primeros tiempos, el aceite de ricino y las porras, la aplicación del terror fue suave en comparación con los otros dos regímenes, concentrándose en la eliminación de los opositores conocidos, pero por lo demás se contentó en gran medida con una estrategia de contención.

Donde Italia mostró también mayor debilidad fue en su dinamismo ideológico y en su militarización. Buena parte de la movilización de la sociedad fue poco más que superficial. Tras más de una década de gobierno fascista, el abismo entre la retórica y la realidad era considerable. El objetivo de la consecución de una totalidad de estado y sociedad había sido ilusorio. Detrás del régimen se ocultaba una finalidad impulsora muy escasa. Incluso la guerra colonial y la victoria en Abisinia, por mucho que supusieran un triunfo popular, cuajaron sólo de manera superficial en la mentalidad de los italianos y sólo lograron movilizar a la población durante poco tiempo. Independientemente del grado de beligerancia de Mussolini y de las autoridades fascistas, en el pueblo italiano no se dio una fijación excesiva con las perspectivas de guerra y de gloria militar, y desde luego había muy poca disposición a soportar las privaciones y los sufrimientos de una guerra. Las fuerzas armadas italianas eran capaces en el mejor de los casos de llevar a cabo campañas breves contra adversarios inferiores, pero no estaban en absoluto equipadas para intervenir en una guerra de mayor envergadura. Y una industria armamentística tecnológicamente atrasada no sería capaz de mantener el ritmo de rearme seguido por otros países.

A diferencia de Italia, la fuerza motriz ideológica de la Unión Soviética era extremadamente potente. Se habían hecho enormes avances, con unos costes humanos colosales, con el fin de movilizar una economía dirigida por el estado, reestructurar la producción agrícola e industrializar el país a una velocidad vertiginosa. Tras la extraordinaria celeridad de estos procesos se ocultaba la hipótesis de guerra en un momento dado, que no tardaría mucho en llegar. Sin embargo, a diferencia de Alemania e incluso de Italia, el objetivo central era preparar la economía y la sociedad para la defensa de la Unión Soviética, no para llevar a cabo una agresión externa (aunque hay que reconocer que se contempló la posibilidad de ocupar las repúblicas bálticas y quizá Polonia occidental como un elemento más del plan de acordonamiento defensivo previsto). Como Stalin sabía perfectamente, el rearme estaba sólo en su primera fase. La Unión Soviética no estaba preparada ni mucho menos para un conflicto de gran envergadura en ninguna parte, mientras que él infligió con sus grandes purgas un daño gravísimo a la dirección de Ejército Rojo. El dinamismo ideológico del régimen de Hitler destaca frente a los otros dos por su neta focalización en la intensificación de la persecución de los «enemigos» internos, especialmente los judíos, y por sus impetuosos preparativos para hacer frente a un conflicto militar en un futuro previsible, preparativos de carácter a todas luces agresivos, no defensivos. Alemania poseía la economía más avanzada del continente europeo, creada progresiva y aceleradamente a la medida de la guerra. Y tenía los mandos militares más eficientes.

Aunque las tres dictaduras juntas desempeñarían un papel desproporcionadamente importante en la configuración del futuro del continente europeo durante los años por venir, no es de extrañar, sino todo lo contrario, resulta muy comprensible que los líderes de las democracias occidentales vieran a Alemania como la principal amenaza. Stalin era considerado en aquel momento sobre todo un peligro para su propio pueblo. Mussolini era un peligro para los pueblos sometidos de los territorios coloniales de Italia en África y una fuente de imprevisibilidad en el Mediterráneo. Hitler era un peligro para los judíos de Alemania, pero desde la perspectiva internacional era sobre todo un peligro tremendo, y cada vez mayor, para la paz en Europa.

El gobierno de Gran Bretaña sobre todo desconfiaba de la Unión Soviética y se oponía completamente a ella, detestaba su sistema social y se hallaba desconcertado por las purgas de Stalin. Italia era considerada un problema manejable en el Mediterráneo, cada vez más hostil a los intereses occidentales, sí, pero no una gran amenaza en sí misma. La principal preocupación, y cada vez en mayor grado, era Alemania, un pueblo unido dirigido por un dictador resuelto y despiadado, que estaba rearmándose a toda velocidad, y con una potencia de sus fuerzas armadas a punto ya de superar el vigor militar que habían tenido durante la primera guerra mundial. En 1914 Gran Bretaña había ido a la guerra fundamentalmente para evitar que Alemania dominara Europa y para proteger su imperio de las pretensiones alemanas de convertirse en potencia mundial. Cada vez parecía más probable que fuera a producirse una repetición de la jugada dentro de poco.

Mientras tanto en 1936 se presentó la oportunidad de que se produjera un primer choque entre las dictaduras más poderosas en un conflicto que muchos no tardarían en ver como un presagio del enfrentamiento mucho mayor que estaba por venir. En julio de 1936 el general Franco emprendió su sublevación contra la República española. Al cabo de poco tiempo había obtenido el apoyo militar de Hitler y de Mussolini, mientras que Stalin respaldaba militarmente a las fuerzas republicanas. Enfrentándose en bandos opuestos en la guerra civil española, los dictadores flexionaban sus músculos. Una vez más las democracias occidentales pondrían de manifiesto su debilidad. La intervención de las grandes potencias en la guerra civil española fue el signo más evidente, aparte de la tragedia nacional que supuso para el pueblo español, de que el orden internacional de Europa estaba viniéndose abajo. El peligro de que el continente se viera envuelto en una nueva conflagración era cada vez más grave (...)».