Colinas desde el estanque

A sus 70 años, el escritor bañezano, premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, nos regala una pieza exquisita, un libro que trasciende el concepto de memorias y se acerca a una constatación de vida regida por la serenidad, el ecumenismo entre culturas, la trascendencia y la voluntad de comprender. Habla de lo mundano y de lo sagrado, de las verdades eternas, de sus hitos vitales. Le preocupa el encuentro y no el enfrentamiento, el universalismo frente al mundialismo, porque posee un sentido más trascendente y nos hace más humanos y libres... Pero, por encima de todo, avanza hacia el misterio como fuente de arte y ciencia verdaderos, con un pensamiento sereno y hondo. Acaso el más profundo que podamos encontrar en nuestras letras contemporáneas.

Este es, en cierta medida, un libro de libros, pues son varios los géneros literarios en que está escrito: aforismos, poemas, monólogos, semblanzas de escritores, geografías... De sus maestros destaca a Aleixandre, mentor siempre, y a María Zambrano, filósofa que tuvo el don de dialogar con la poesía, de amarla, y que acuñó el concepto de «razón poética» frente al de «razón histórica» de su maestro Ortega. Estamos ante un volumen con gran unidad que hace recuento de la historia de aquellos momentos de la vida del escritor que le hicieron crecer de piel hacia adentro, como la historia de su vocación expresada a través del diálogo con muy variadas culturas, idiomas y países. Un gesto de libertad creadora, de coloquio, de permeabilidad y sincretismo. La apuesta por una visión plena y esperanzada de la existencia, evitando la chata dualidad y los exasperantes contrarios en busca de la armonía comprometida.

Lo pequeño y lo infinito

Verso a verso y verbo a verbo, transita Colinas del sentir al pensar, sustantivando más que adjetivando el mundo, en un intento de dar respuestas diferentes, caminos desiguales y poco transitados, recogiendo lo infinitamente grande y lo pequeño, con un temblor y una profundidad de campo privativa. Y el agua... La maravillosa elección del estanque como espejo para conversar que, en absoluto remite a Narciso sino a una presencia heraclitiana que nos recuerda que todo fluye; un espacio donde preguntar por el pasado del poeta y que las aguas respondan desde el vacío que todo lo llena. Agua turbia, déjala reposar, se vuelve clara, como Lao-Tse, nos dicen estas páginas... No en vano, se abre con los ríos de su infancia y se cierra junto a ellos. Un círculo que todo lo contempla, constata y sella, un libro honrado, donde su autor se responde las dudas o aclara cuestiones nunca pronunciadas.

A Colinas, que ama lo genuinamente evangélico, no le gustan los que confunden lo sagrado con lo clerical y, a su vez, lo enfrentan a lo sociopolítico. Rehúye el conflicto y la agitación vana. Aquel que fuera «un niño muerto» y que el «agua le devolvió a la vida» cuando su cuerpo ardía por la fiebre, encontró la perfecta tormenta de agosto que le devolvió la humedad necesaria. Así «el niño muerto se levantó sin ayuda del lecho. Y sonrió». Sonríe, aún hoy, por ello se ha convertido –sin saberlo– en un faro, en una luminaria de sabiduría para cuantos seguimos la estela de su antorcha.