Historia

El día que «Il Duce» pudo morir

El libro «La mujer que disparó a Mussolini» recupera un episodio poco conocido. 1926. Un disparo fallido. Violet Gibson estuvo a punto de dar un giro al destino de Italia... y de toda Europa

Benito Mussolini, en Roma en noviembre de 1937
Benito Mussolini, en Roma en noviembre de 1937

La periodista e historiadora británica Frances Stonor Saunders (1966), a la que conocimos el año pasado por una impresionante investigación sobre el mundo de la CIA, se ha fijado en uno de esos personajes que podrían haber cambiado los acontecimientos históricos pero que al final fueron pasto del olvido. El libro, publicado hace tres años y ahora en edición de la editorial Capitán Swing, «La mujer que disparó a Mussolini», es la biografía de Violet Gibson, que el 7 de abril de 1926, en plena Plaza del Campidoglio de Roma, se acercó hasta Benito Mussolini, que estaba dando un discurso, y le disparó a quemarropa. Fue la oportunidad de haber detenido la escalada fascista, pero «Il Duce» sobrevivió a la herida, y Gibson fue encarcelada, diagnosticada como una persona con problemas mentales y confinada a un asilo psiquiátrico inglés, donde encontraría una muerte solitaria en 1956.

Eco en la propaganda

Tal como refiere la autora, Gibson, natural de Irlanda y nacida en una familia aristocrática que solía veranear en Suiza, apenas aparece en los manuales de historia al uso, como si ese destino de hospital hubiera deslegitimado una acción que también tenía una raíz sociopolítica y que, además, tuvo mucho eco en la propaganda y política transalpina, así como en las relaciones diplomáticas entre Gran Bretaña e Italia. No en vano, «Violet Gibson hizo historia. Fue la única mujer que intentó eliminar al dictador italiano, y de los muchos aspirantes a asesinos, la única que le hirió». Pero eran otros tiempos: «La opinión mundial se unió para denunciar a Gibson y apoyar a "Il Duce"en su audaz empresa». El incidente incluso beneficiaría a Mussolini, paradigma de la masculinidad y lo heroico para millones de compatriotas.

La prosa de Saunders, que ha hecho un extraordinario trabajo de búsqueda de documentos epistolares de la familia Gibson, de los periódicos de la época, de los apuntes guardados en los hospitales que la trataron, etc., para reconstruir cómo fueron sus pasos, narra así aquella mañana: «En la mano derecha, metido en un bolsillo, lleva un revólver Lebel, el arma estándar del Ejército francés, capaz de disparar seis balas de 8 mm cargadas en una recámara basculante. La ha envuelto en un velo negro». Gibson, una muy abnegada católica, a su llegada a Italia se había instalado en un convento, «donde había estado practicando con el revólver descargado, sujetándolo con las dos manos hacia un objetivo fijo». Sin embargo, el disparo no le saldrá bien. «En el bolsillo izquierdo del vestido de solterona lleva una piedra grande, escondida en un guante negro de cuero, con la que romperá el parabrisas del coche de Mussolini por si tuviera que dispararle en el vehículo. Estos son los instrumentos de su santo gesto». Con el arma solamente malogrará la cara de Mussolini, que en seguida querrá calmar a las masas: «No es nada, que todo el mundo permanezca tranquilo», dirá frente al pánico y el caos que se adueñaría del ambiente, haciendo honor así a una de sus frases favoritas: «Me gusta vivir peligrosamente».

Tiempo atrás, a inicios de siglo, Gibson, mientras se hace seguidora de la llamada «Ciencia Cristiana» y del movimiento religioso-filosófico-esotérico de la teosofía, para al final entregarse de forma extrema al catolicismo, Mussolini es un joven sin oficio ni beneficio huido a Suiza para evitar hacer el servicio militar y donde es arrestado por «vagancia» en 1903. El libro, pues, sigue en paralelo ambos caminos, e incluso se podría extraer un rasgo común que les caracterizaría al ser calificados como «histéricos». La anécdota llenará los periódicos y colocará al gobierno italiano en una difícil situación: qué hacer con esa demente que se había convertido en una cuestión de Estado para Londres. Una demente que iba a entrar en la historia del olvido, enclaustrada en hospitales como el de St. Andrew, que compartiría con Lucia Joyce, la hija, enferma de esquizofrenia, del escritor irlandés, que sería enterrada a su lado.

Traidor, héroe de guerra y orador

Este libro de Saunders es más que una biografía de la mujer que intentó matar a Mussolini; también la historia, llena de apuntes curiosos y que reflejan una sociedad muy contradictoria, de las andanzas de un hombre que, de ser casi un vagabundo y expatriado, e incluso antimilitarista, se convertirá en el mandamás de su país. Así, a los 29 años se hace con la dirección de «Avanti!», el órgano del Partido Socialista italiano, aunque será expulsado acusado de traición; más tarde, llegará a ser «el soldado más promocionado y condecorado» en la Gran Guerra, lo que será vital para ser visto como el líder ideal de la nación. En parte, por sus particulares dotes de arengar a las masas; como dijo una vez: «La multitud ama a los hombres fuertes. La multitud es como una mujer... Todo depende de la capacidad de uno para controlarlas».