El eterno día de la marmota

Hay novelas que han sido concebidas como un laberinto y guiadas por la idea del giro inesperado continuo, como esos bucles incesantes y caídas en el vacío de la intriga en su carrera vertiginosa hacia el más difícil todavía. «La última salida», de Federico Axat, es un ejemplo magnífico de este subgénero de intriga psicológica laberíntica sometido al vértigo de la montaña rusa. Nada es lo que parece. La narración dislocada suele avanzar entre la sorpresa y la refutación. Volviendo una y otra vez sobre sí misma, enroscándose en una trama que encuentra en la circularidad su sentido último. El objetivo es sorprender al lector, confundirlo y descolocarlo con inesperados giros.

Como revelar el argumento sería letal, lo mejor es recurrir a algunas analogías que anticipen al lector de «La última salida» ante qué tipo de relato se enfrenta y no frustrar el cúmulo de sorpresas que le esperan. Un título reciente se enmarca en este tipo de intriga en laberinto: «Central Park», de Guillaume Musso, en la que un psiquiatra ayuda a una policía a recuperar la memoria, huyendo encadenados. Este tipo de relatos suelen ser a tumba abierta. Veloces. Irreales. Buscan que el asombro se imponga a la lógica. Tanto la novela de Musso como la de Federico Axat tienen precedentes significativos. Uno, «Memento» (2001), de Christopher Nolan; el otro, «Shutter Island» (2010), de Scorsese, basado en la novela de Dennis Lehane, y todos ellos presididos por «Atrapado en el tiempo» (1993), con su genial recurrencia al día de la marmota. La marmota es el inquietante anillo de Moebius que sólo tiene una cara y que se vuelve al punto de partida al recorrerlo entero, como lo familiar vuelto extraño cuando se confunden los bordes de realidad y ficción. Esa extrañeza es la particularidad de «La última salida», espléndida variante del thriller en laberinto.

Una historia puzzle

Desde el comienzo, se tiene la sensación de «déjà vu». El ciclo interminable, el bucle, la historia puzzle que recomienza nada más enunciada y su multitud de hilos argumentales que se enredan confundiendo al lector y proponiéndole nuevas versiones de una ficción desestructurada y anárquica que tiene una consecuente ilación pese a la apariencia de caos. ¿La verosimilitud?, quedó aparcada al comienzo. Similar al personaje de «Memento», que tiene una amnesia anterógrada que le afecta a la memoria a largo plazo, Ted, el protagonista de Axat tiene un problema de amnesia, posiblemente causado por un brote psicótico que le impide ordenar de forma lógica los sucesos recientes, distorsionados por una paranoia en la que mezcla sueño y realidad. La ayuda de una psicóloga, que trata de ordenar esos recuerdos confusos y tergiversados tiene un referente parecido en la protagonista de «No confíes en nadie» (2015): Christine es incapaz de recordar quién es, tras una accidente que le ha dañado el cerebro. Un neurólogo le ayuda a recordar con una cámara en la que graba su vida.

Ya sea por un problema de memoria como por una afección mental, el caso es que la intriga en laberinto suele colarse cada vez más en el genero psicológico de moda, como en «Flores cortadas», de Karin Slaughter o la serie de «El hipnotista» de Lars Kepler. «La última salida» aturde desde el comienzo, deslumbra con golpes de efectos inesperados y la hiperbólica trama deja al lector suspendido de un hilo cada vez que recela de su alucinante relato.