Historia

El reto de la inmortalidad

John Gray escribe ensayo para una generación escéptica, posmoderna y acostumbrada a la fragmentariedad del mundo contemporáneo y a saltar de una época a otra como en la máquina del tiempo. Con «La comisión para la inmortalización» marca un nuevo hito en un pensamiento que ofrece una visión retrospectiva de nuestra cultura a partir de mitos o momentos señalados de la historia reciente. Si en «El silencio de los animales» (recientemente publicado en castellano por Sexto Piso) diseccionaba el mito del progreso en el que se instaló cómodamente nuestra civilización occidental hasta que los mazazos de la barbarie y los totalitarismos europeos derrumbaron la creencia en el altruismo y la racionalidad innatos en los seres humanos, en «La comisión para la inmortalización» analiza los entresijos de los desafíos científicos que se plantearon a la muerte –pues muerto era ya Dios– en la Inglaterra victoriana y en los comienzos de la URSS.

Sesión espiritista

El libro se divide a partes iguales entre el análisis del surgimiento de la pseudociencia parapsicológica en Inglaterra y el intento de divinizar al ser humano de los «constructores de Dios» soviéticos. La primera parte comienza con una sesión de espiritismo en 1874 a la que asistieron Charles Darwin y George Eliot, para luego tratar por extenso el nacimiento de la Sociedad para la Investigación Psíquica, el pensamiento de Henry Sidgwick en pos de la superación de las barreras de la muerte y las aproximaciones de grandes figuras de la primera mitad del siglo XX que estuvieron seducidas por el contacto con el más allá. En la segunda parte del libro se centra en la obsesión de las tempranas autoridades soviéticas por superar la muerte llevando a la especie humana a un futuro mejor (aun a costa de los propios seres humanos vivos). El hilo conductor de esa segunda parte –sin duda lo mejor del libro– es la visita de H.G. Wells y sus encuentros con Lenin o Gorki, con una intriga de amores y espionajes de lo más sugestiva. Los intelectuales místicos rusos como H. Blavatsky o P. D. Ouspensky también desfilan por estas páginas que, como las referidas a la Inglaterra victoriana y paranormal, nos hablan de otro siglo XIX y otro positivismo muy diferente al que nos enseñaron, en el que el esoterismo y la ciencia, como dice Gray, fueron de la mano. La búsqueda de la inmortalidad tras la muerte de Dios, de la mano de la ciencia victoriana y de la maquinaria presuntamente racionalista de los bolcheviques, es una historia apasionante, y a ratos humanamente absurda, que muestra la intersección de ciencia y misticismo en un momento clave de la historia intelectual europea de la que somos aún deudores.