El vizconde no quiere envejecer

Álvaro Pombo (Santander, 1939) conmovía la narrativa española de los ochenta con dos innovadoras novelas: «El héroe de las mansardas de Mansard» (1983) y «El metro de platino iridiado» (1990), integradas en un original realismo que combinaba la introspección psicológica de los personajes con una paródica crítica social, obteniendo así un relato de moderna expresión testimonial y conseguida figuración intimista. Su abundante novelística posterior ha seguido ahondando, con un soterrado humor, en esta elaborada escritura plagada de conflictos familiares, desencuentros amorosos, cotidianos equívocos, extremos dilemas e inquietantes afinidades electivas. Una prosa de exquisito corte clásico, la lograda inserción de variadas subtramas en un fascinante argumento, diálogos de incisiva ironía y un humanismo que remite a la tradicional bonhomía cervantina, son las claves de una ficcionalidad de creciente interés y sólido reconocimiento.

La amante Lola Rivas

«Retrato del vizconde en invierno» desarrolla la historia, en época actual, de Horacio, un anciano intelectual de porte distinguido y aristocrática estirpe que tuvo un notable predicamento ideológico en la Transición y que vive ahora la decadencia de la vejez y el deterioro del tiempo. Junto a él, y habitando todos un amplio piso del Madrid céntrico y señorial, Aarón y Miriam, sus hijos ya maduros, dependientes de la fuerte personalidad paterna, añorantes de la sensible madre ya fallecida y desubicados en sus titubeantes expectativas vitales. Sin olvidar a Lola Rivas, la amante de Horacio, veinte años más joven que él, liberada y desenvuelta, de penetrante lucidez y probada honestidad. Con motivo del ochenta aniversario del protagonista su familia decide obsequiarle con un retrato al óleo; pretexto aquí para una reflexión sobre la experiencia de la edad, la mitificación del pasado, el balance vital y la pervivencia de las ilusiones. No se oculta el figurado paralelismo con «El retrato de Dorian Gray», de Oscar Wilde, fábula de fáusticos anhelos e inevitables estragos. El aparente estoicismo de Horacio no puede evitar su miedo a la muerte, la inanidad sentimental y una aguda sensación de irremediable fracaso.

El vizconde encarará su imagen real a la idealizada efigie, egregia y altiva, que va surgiendo en una impostada mixtificación plástica. Este es también un dramático proceso de afirmación intelectual en el que Horacio pretende mantener sus admiradas facultades críticas y perceptivas. Una inteligente y emotiva novela, en definitiva, sobre las apariencias de la edad y la estética de la decrepitud.