En el sótano con Jung

La génesis de la psicología como disciplina autónoma y transformadora en nuestras sociedades modernas, en la Centroeuropa entre el «fin de siècle» y el término de la I Guerra Mundial, por no hablar de su intersección con el mundo de la creatividad coetánea, constituye uno de los episodios más apasionantes de la historia de las ciencias y de la cultura. Nada nunca más fue como antes de Freud y Jung. La auténtica revolución intelectual que implicaron sus relecturas del alma humana, convertida en psique, conciencia y subconsciente o inconsciente, tiene implicaciones y postrimerías muy difíciles de subestimar. Pero la obra de ambos deja ver precedentes inmediatos tanto en la ciencia positivista del XIX como en la filosofía alemana, del Idealismo a Nietzsche.

A contextualizar y explicar la posición de Jung al respecto se dedica una prolija y completa obra de referencia a cargo de Sonu Shamdasani –editor del misterioso «Libro Rojo», en 2009–, publicada originalmente en inglés por la Universidad de Cambridge (2003). Injustamente oscurecido por Freud, pocos autores como Jung ayudan a comprender mejor el decurso de nuestra modernidad tardía y la confluencia de ciencias y humanidades (o «ciencias del espíritu», según el evocador término «Geisteswissenschaften») y la necesidad de conciliar lo espiritual con lo positivista que marca el conocimiento actual. Este personaje difícil de clasificar –Shamdasani abunda en su personalidad poliédrica y polémica entre ciencia, arte, creación y reflexión– logró conciliar en su psicología la doble vertiente –individual y colectiva– de la mente humana: con su obra indispensable el viejo dilema platónico entre el alma del mundo y el alma individual cobraba nuevo vuelo.

Curiosamente, los dos grandes padres fundadores de la psicología moderna están firmemente anclados en la devoción por los mitos, temas y figuras de la antigüedad clásica. La idea de que los sueños son la clave para entender al hombre no era del XIX, sino que hundía sus raíces en el mundo antiguo y sus añejas teorías sobre el alma y la conciencia –en la cultura griega y de otros pueblos–, como se ve, por ejemplo, en Artemidoro, Elio Aristides, el chamanismo antiguo o en el rico repertorio onírico-legendario de la mitología. Freud y Jung empezaron haciendo una suerte de «arqueología de la conciencia» en la creencia de que los sueños mostraban un estrato oculto del hombre. Sus estudios coincidieron también con hallazgos arqueológicos tan rompedores como los de la Creta minoica que excavó en 1900 Arthur Evans. Freud, un apasionado de las antigüedades, solía comparar su labor psicoanalítica, como indagación en lo subterráneo de la psique, con ese descubrimiento arqueológico de una Grecia antes de Grecia, de unas raíces subterráneas de Occidente.

El sueño simboliza esa arqueología de la psique que desvela una cara desconocida pero nuclear para entender lo que somos y por qué hacemos lo que hacemos. Ya sean impulsos, pulsiones o complejos, desde la perspectiva patológica freudiana, o bien impulsos del alma hacia un «pool» de conocimientos primordiales y colectivos, en el caso de Jung, el sueño conecta invariablemente con el mito. También Jung, en su encuentro con lo inconsciente durante los años en que rompe con Freud, se obsesiona con las antigüedades de la conciencia. El inicio de su vuelo teórico propio viene marcado por un sueño que recuerda en su autobiografía e inspira su obra «Símbolos de transformación» (1912).

Dos cráneos enterrados

Jung sueña una «katábasis» a lo profundo de una morada, cuyos pisos de arriba están burguesamente amueblados pero que esconde, en su sótano, dos cráneos enterrados, entre otros restos arqueológicos. Para su, entonces, aún amigo Freud simbolizan deseos de muerte, quizá vinculados a su ya difícil relación. Pero Jung se opone y ve la parte normal de la casa como su estado de conciencia y los cráneos como un estrato hasta entonces ignorado: en la planta baja comenzaba lo inconsciente y cuanto más descendía tanto más conectaba con restos de una cultura primitiva, o sea, del alma primordial del hombre, en una imagen directriz que le sugirió el presentimiento de una psique colectiva que se puede indagar en los mitos.

Como es obvio, el tratamiento de los sueños y del subconsciente de Jung en absoluto palidece, sino que, las más de las veces, supera a Freud en riqueza de matices y en utilidad no solo terapéutica, también creadora y creativa. Véanse si no sus muy diversos epígonos en psicología compleja y en literatura, historia, antropología o mitología, con nombres como Hillman, Kerényi, Campbell, Cashford y Vogler. Gigantesca es la talla intelectual e imprescindible la huella cultural del gran Jung, como justamente acredita esta obra académica pero accesible de Shamdasani en su excelente versión castellana.