Ferrero se salta el muro

Decir que Jesús Ferrero es uno de nuestros más originales autores no es original, porque desde aquella primera obra, «Bélver Yin» (premio Ciudad de Barcelona, 1982), hasta el momento presente su literatura sólo es identificable con él mismo, en cierto modo, el más habilidoso de sus personajes. Desde la vida sexual polifónica de sus novelas –donde parece plasmarse aquella cita de Freud con la que Durrell abrió «Justine»: «Empiezo a creer que todo acto sexual es un proceso en el que participan cuatro personas»–, hasta los ríos de violencia pedagógica por donde se embarran sus personajes y fluyen, así Ferrero recordará y parecerá recordarnos continuamente en esta novela la cita de Fausto: «En el oleaje de la vida, en la borrasca de la acción, subo, bajo y floto de un lado a otro».

Indagadora continuación de sus dos anteriores novelas sobre la detective Agata Blanc, a quien vemos aquí adolescente, francotiradora en la vida, tan pronto colgando fotos polaroid porno de ella misma como disparando entre gánsters. Y una acción constante en el Berlín de la caída del Muro, entre mafiosos y corruptos políticos, como aquella «Cosecha sangrienta», de Hammett.

Personajes flotantes en el amor, como Yaquio y Vera, asesinos profesionales como Klaus, mafiosos como Amadeus y la jovencita Agata, que recorrerá las calles silenciosas de Berlín en su bicicleta. Un Berlín este de nieve y un Berlín oeste de neón que se van a encontrar como dos trenes lanzados al vacío. Ferrero a veces parece colocar a sus personajes más allá del bien y del mal (como Kafka en el «El proceso»), como cuando Ulrich estrangula a un cura porque no le gusta Albéniz. Así, Ferrero nos dice que el infierno es sólo cuestión de detalles.