Historia

La democracia no es un mito griego

La cuna de Occidente, la blanca y recta Grecia, es algo más que un modelo o arquetipo para nosotros: es, como señala acertadamente el título de este libro, todo un mundo del que aún somos parte. La historia de las ideologías políticas en nuestras sociedades democráticas occidentales no es más que una paráfrasis optimista del discurso fúnebre de Pericles, una recreación interesada, literaria e ideológicamente marcada que transmite el historiador Tucídides. En efecto, sobre esta visión autocomplaciente de la democracia antigua, que dice tanto por lo que calla que por su jactancia, se fundamentan nuestras ideas actuales sobre el sistema de participación política que aspira a la isonomía. Pero, huelga decirlo, las sombras de aquel mundo son también las nuestras hoy y a reparar en ello nos ayuda, con fina erudición y aliento crítico, Luciano Canfora, en un libro que debe ser saludado como uno de los más importantes sobre la Atenas clásica de los últimos años.

La triste ironía de Pericles

El epitafio pericleo contiene ciertos juicios del orador oficial que han pasado a la eternidad como epítome de la democracia: las leyes garantizan la igualdad de trato a todos; en la Asamblea puede intervenir cualquier persona que tenga algo útil que decir a la ciudad; la ciudad es «la escuela de Grecia», o sea, un lugar de cultura y de encuentros donde cada cual puede desarrollar su personalidad y su pensamiento en libertad, etc. Pero en contraste con la realidad histórica de una democracia ateniense imperialista, intervencionista, opresora y parásita de los tributos de sus aliados y con una clase política corrupta y clientelista, el discurso de Pericles parece teñido de una triste ironía: no es difícil de percibir la crítica de Tucídides, que no era precisamente un devoto del poder del pueblo, hacia el sistema que acabó por conducir al desastre. Cuando el historiador luego recuerda a Alcibíades exiliado, éste confiesa que todo aquello era «una locura universalmente reconocida como tal». No deja de ser sintomático que nuestro ideal de democracia se base en esa impostada idealización retórica que Tucídides pone en boca de Pericles.

El mito de la democracia se consagra en varios momentos clave, históricos, literarios e iconográficos: desde la estatua y representaciones cerámicas de los tiranicidas hasta las tragedias de Esquilo y Sófocles. Pero también tuvo pronto una impugnación clara, política y filosófica, por parte de un partido oligárquico y de ciertos pensadores críticos. El propio Tucídides definió la experiencia de la democracia de Pericles como «una democracia sólo de palabra, pero de hecho una forma de principado», y otro de los más feroces críticos de la democracia, Platón, en su Menéxeno, pone en boca de Aspasia, a la sazón amante de Pericles, que aquello era en realidad «una aristocracia con el apoyo de las masas». Por no hablar del crudo opúsculo antidemocrático «Athenaion politeia», pseudojenofonteo y tal vez del oligarca Critias, que Canfora presenta como un espejo invertido del discurso de Pericles y de su democracia aristocrática. En efecto, la ambivalente relación entre el demo y las élites, una democracia gobernada por las familias aristocráticas de siempre, es interesantemente descrita en un juego político de intereses y conveniencias. Es todo un «milagro», en suma, que ese gobierno de las élites, bajo la presión de las masas populares, lograra las más altas cotas en la política, en la cultura y en la economía de la época. Todo ello, autores, obras y trasfondo, aparece inteligentemente analizado y desmenuzado en este libro.

Canfora consigue un apasionante retrato –para el que es necesario algún conocimiento previo de la historia griega– del alma de Atenas, o de su democracia, que aquí viene a ser lo mismo, y lo hace con un acreditado dominio de las fuentes antiguas y un importante aparato de notas críticas y eruditas. En lo primero es modélico: realmente Canfora lee los textos antiguos, escudriña su intención y significado y nos hace comprenderlos mejor, es decir, hace auténtica filología. En lo segundo, no se deja amedrentar por la urgencia de las bibliografías académicas y cita los antiguos trabajos que siguen siendo válidos, los contrasta críticamente con las fuentes y los analiza en su contexto ideológico e histórico: es decir, hace auténtica historiografía.

Ley, Estado y libertad

Se le puede reprochar quizá la ausencia de algún texto importante –y una cierta repetición de frases o datos, que quizá delata el origen diverso de los capítulos aquí reunidos–, pero no la visión global de una interpretación histórica y el rigor filológico. El libro es magistral en estos dos sentidos. Y Atenas, nos recuerda Canfora, somos todos nosotros. Es la visión del mundo helenístico, de la Roma de Cicerón, de Bizancio, de Leonardo Bruni en Florencia. Es Maquiavelo, Montesquieu, Tocqueville o Constant hablando de la ley, el estado y la libertad. Pero también es Hans Bogner, luego miembro del partido nazi, describiendo la democracia real y el marxista Rosenberg estudiando la lucha de clases en la antigüedad. Y es nuestra corrupción y desgobierno de hoy. Por eso el mundo de Atenas sigue siendo nuestro mundo.