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La sombra del detective

En el imaginario popular, dos policías desquiciados por las carnicerías de un asesino en serie remiten a «Seven» (1995). Recursos estilísticos y temáticos que evocan la oscura narración del guionista Andrew Kevin Walker, retomados con similar morbosidad por Nic Pizzolatto en «True Detective» (2014). En su debut literario, el italiano Mirko Zilahy describe Roma como una ciudad asediada por una lluvia incesante, telón de fondo y metáfora del espíritu torturado del comisario Enrico Manzini. Pero la Roma oscura que presenta en «Así es como se mata» tiene más de estado mental de Manzini, de la pasión de ánimo de este ser atormentado por la muerte de su mujer de cáncer, que de la ciudad.

Son los crímenes que perpetra la Sombra, dispuestos con gran aparato escenográfico en espacios arqueológicos postindustrial, los que dan sentido a esa otra Roma, desconocida y crepuscular, capital del dolor de Manzini. El diluvio y los escombros industriales del milagro italiano de posguerra sirven a Zilahy para enfrentar el dolor del asesino en serie con la aflicción del comisario, y espolear el delirio asesino de uno y la desesperación del otro, bajo una lluvia incesante. Se diría que homicida y comisario viven unidos por un mismo dolor. Transidos por un duelo del que reniegan, hasta el punto de que sin la locura de la Sombra el comisario Manzini sería incapaz de aceptar el suyo. Porque «Así es como se mata» es una variante del «William Wilson» de Poe. Entre el asesino en serie y el comisario Manzini existe una relación que va más allá de la pena que los aúna en su deriva autodestructiva, como gemelos que tratan, cada uno en su delirio, de superar el duelo que aboca al homicida a matar y al comisario a analizar la simbología que el criminal deposita en los cadáveres.

Narcisista y agónico

La puesta en escena del asesino es un perverso jeroglífico que debe ser descifrado por Manzini mientras se suceden los crímenes. Un desafío intelectual que el criminal monta para su lucimiento, narcisista o agónico, pensando en el detective como el único capaz de dotar de sentido a su obsesión patológica. Un homicida que escribe sus textos crípticos con el cuerpo y la sangre de los muertos. La narración tiene un punto de histeria, típica de la actual narrativa negra italiana. Si Carrisi es un ejemplo del giallo metafísico, Zilahy lo es del giallo psicoanalítico. Ambos desplazan el relato hacia la novela gótica sin renunciar a la tradición de terror de Darío Argento, con sus excesos manieristas. Zilahy gusta abusa de las situaciones escabrosas hasta el punto de que Manzini vive en tal estado de angustia y pesar que el lector sospechará que su doble no es otro que el asesino en serie. Un relato truculento que mezcla la espectacularidad del «thriller» norteamericano con la reflexión sobre el dolor, la venganza y la maldad. Escrito con buen pulso pero lastrado por el abuso de las descripciones y aburridos excesos narrativos.