Los pasos dobles de Leguineche

El camino más corto para encontrarse a uno mismo rebosa de kilómetros. Porque, a menudo, tenemos que irnos muy lejos para acercarnos a los que somos, huyendo de lo que creemos ser y, sobre todo, de lo que los demás quieren que seamos. Manu Leguineche, uno de los grandes periodistas españoles del último siglo, aprendió la lección muy pronto y a los 23 años, en 1965, se dispuso a recorrer el mundo en coche con el corazón ligero y una infinita curiosidad como equipaje. Lo contó en «El camino más corto», el cuaderno de bitácora de un hombre en busca de sus entrañas, de un joven periodista asomándose al mundo. De esta obra de culto casi en paradero desconocido, reeditada ahora afortunadamente por Ediciones B, dice en el prólogo otro gran viajero y escritor, Javier Reverte, que es «un libro casi canónico en la literatura viajera del siglo XX». Y no exagera.

«Abrígate», le aconsejó a Leguineche su madre en la despedida. Falta le iba a hacer. 60.000 kilómetros y más de dos años después, el reportero entre los reporteros había sobrevivido a los estertores de la monarquía en Libia, a una epidemia de cólera en Afganistán, a la amenaza de las tribus patanas en el desfiladero del Kaider, a la guerra indopakistaní en Cachemira... Ese gran viaje le convirtió, según reconoció después, en «una especie de gurú de los aventureros», en el oráculo de Delfos al que todos los espíritus inquietos recurrían en busca de consejo e inspiración antes de emprender el reto de sus sueños (¿verdad, Daniel Landa?). ¿Qué encontrará el lector en «El camino más corto»? Más allá de la profusión de paisajes y gentes, de aventuras y crónicas disparatadas, de encuentros con protagonistas de la historia como Indira Ghandi, Tenzing Norgay, el Dalai Lama o Madre Teresa, el libro es un espejo que nos sitúa, como al autor, frente a la tesitura de lo que somos y de lo que podríamos llegar a ser. A menudo, la pasión del autor por contar lo que pasa a su alrededor empuja a Leguineche a detenerse durante semanas, incluso meses, en países como Vietnam o India, lo que añade al relato el indudable valor de la mejor crónica periodística.

Siempre habrá metas

Porque, al fin y al cabo, todos tenemos ante nosotros un reto formidable que no nos atrevemos a acometer («en la vida de los hombres siempre habrá otros Annapurna», dejó dicho el conquistador del primer ochomil, Maurice Herzog), pertrechados tras una tonelada de excusas que nos sirven de coartada.

El autor, fallecido en 2014, sí estaba dispuesto a dejarlo todo, huyendo de la «náusea del asfalto» en pos de la mayor aventura que todo ser humano tiene por delante: el insondable conocimiento de uno mismo. Por eso, cuando los periodistas norteamericanos que organizaban la expedición le entrevistaron para saber si reunía los requisitos, le escucharon decir sin inmutarse que no sabía conducir ni entendía nada de mecánica. «Pero sé cantar, jugar al mus, tengo muy buen humor, sé algo de geografía y he leído a Conrad, Stevenson y Verne». Y se lo llevaron, claro.