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Miguel Ángel Delgado: «Mirar a las estrellas es un rasgo de inteligencia»

Miguel Ángel Delgado / Novelista. Escribe para que nadie olvide. Lo hizo para reivindicar a Tesla y ahora para recuperar a algunas pioneras de la ciencia.

Miguel Ángel Delgado, novelista
Miguel Ángel Delgado, novelista

Escribe para que nadie olvide. Lo hizo para reivindicar a Tesla y ahora para recuperar a algunas pioneras de la ciencia.

Es el tiempo de la caza de la ballena y de la guerra americana. Una época convulsa, con armas que asombraban a los hombres y con mujeres que, desafiando las convenciones, se internaban en un territorio hasta entonces vedado para ellas: la ciencia. Miguel Ángel Delgado cuenta esta aventura y revela el nombre, a veces injustamente olvidado, de sus protagonistas en su nueva aventura literaria, que publica destino y que hoy presenta en Telefónica.

–Su libro se llama «Las calculadoras de estrellas». ¿Quiénes eran?

–Un grupo de mujeres que contrató la Universidad de Harvard para catalogar todas las estrellas del cielo, en un momento en el que en esta institución no se admitían las mujeres.

–¿Qué les debemos?

–Hicieron descubrimientos que sentaron la base de la revolución astronómica del siglo XX.

–¿Como cuáles?

–Les debemos una parte importante de la comprensión del universo. Gracias a sus aportaciones se avanzó en la comprensión de las estrellas. Con ellas se desarrolla el primer sistema de catalogación de estrellas por el brillo y la composición, y permitió avanzar en el ciclo de sus vidas. También crearon un método de medición de las distancias del universo. Antes no se sabía si una estrella era pequeña porque realmente era pequeña o porque estaba lejos y, además, entendieron que el tamaño del universo era más grande de lo que se creía. Ellas se dieron cuenta de que las estrellas estaban compuestas de hidrógeno, algo con lo que nadie contaba y que supuso un avance fundamental.

–¿Y qué era el Vassar College?

–La primera universidad de élite fundada para mujeres exclusivamente en 1865, porque entonces ellas no podían estudiar en las universidades. Varias «calculadoras» estuvieron en esta institución y, también ahí, se formaron algunas de las primeras mujeres científicas que trabajaron en Estados Unidos.

–Es la época de la primera globalización, que viene con el comercio del aceite de ballena en Nantucket, como cuenta Melville.

–De hecho, el astrónomo de Nantucket era un puesto importante, porque gracias a sus medidas lograba que los barcos volvieran a puerto. Gracias a este comercio también avanzó la ciencia. Pero esto no se puede separar de los cuáqueros que viven en esta población.

–¿Por qué?

–Como en toda sociedad en la que el hombre se dedica al mar, las mujeres llevan gestión de las casas, pero lo que llama la atención es su método educativo. Los cuáqueros enseñaban los mismo a las niñas que a los niños. Para ellos la ciencia es necesaria para entender la obra de Dios. ¿Cómo vas a admirar algo si no lo entiendes? Aquí no hay una confrontación entre ciencia y religión como ocurre en otros credos.

–Entonces, ¿se pueden relacionar Moby Dick y la ciencia?

–¡Claro! Ésta es una sociedad que vive asilada pero abierta al exterior y que llega a cualquier extremo del mundo. Tiene un punto de épica. El capitán del barco con el sextante es la comunión perfecta entre ciencia y épica. Se podría decir que la arrogancia del hombre con la ciencia es la misma que le empujaba a cazar a Moby Dick.

–¿Une ciencia y épica?

–-Hay muchos prejuicios respecto a la ciencia. La historia de cualquier descubrimiento es épica, porque implica superar obstáculos. Los descubrimientos científicos son como un «thriller» con giros de guión. Lo científico tiene un punto de aventura... Aunque a mí me gusta mostrar que los científicos son personas corrientes, que vivían en sus ciudades, que tenían sus problemas, que no son seres extraños ni locos que viven encerrados en un sitio, aunque haya genios disparatados, pero como en cualquier otro campo.

–¿Por qué al hombre le atraen tanto las estrellas?

–La astronomía es la primera ciencia. Antes de investigar otra cosa, el hombre miró al cielo, hizo calendarios, estableció las estaciones y midió el tiempo para sobrevivir. El hombre se interesó por ellas porque están ahí y, frente a otros conocimientos, no se requería tecnología. Para el hombre primitivo observar el cielo debía ser sobrecogedor. Ver cómo cambiaba, algo que rompía con la idea de un cielo inmutable. La pregunta nos sale casi del interior. Es raro que los niños no se fijen en la Luna. Con la superluna, la gente se ha puesto a mirar la de nuevo. Seguro que muchos repararían en ella por primera vez en años. Mirar a las estrellas es algo innato, y es uno de los rasgos de la inteligencia, porque los animales no son conscientes de ellas, no las contemplan, aunque haya aves que vuelen guiadas por la estrella polar.

–En la ciencia, ¿los sueños van por delante?

–La ciencia es una herramienta para conseguir sueños. Los niños son científicos por nacimiento porque enseguida preguntan por qué el cielo es azul. Todo surge de una pregunta y, también, de un sueño. La ciencia aplicada es la que nos hace ,de hecho, volar, navegar y sumergirnos. Y la que nos va a llevar a Marte.

–¿Somos adictos a la tecnología pero ignorantes en ciencia?

–Totalmente. Carl Sagan advirtió que íbamos hacia una sociedad que viviría inmersa en la tecnología, pero desconociendo cómo funcionaba. Emilia Pardo Bazán, que tenía un gran interés por la ciencia, echaba en cara a las mujeres que usaban la radio y el secador de pelo y no tenían curiosidad por saber cómo funcionaba. Eso nos está pasando. Es imposible saber cómo funciona todo, pero no tener la curiosidad es terrible. No se puede dejar el conocimiento científico y tecnológico a una élite.

–Como las compañías tecnológicas actuales.

–Ni Orwell ni Huxley intuyeron que el problema no sería un estado totalitario que invadiera la privacidad. Nosotros damos nuestra privacidad a cambio de nada. Regalamos esa información, que es poder, y nos sentimos satisfechos. Las grandes corporaciones tendrán cada vez más peso y, empieza a ser evidente, que podrían sustituir a los estados.

El lector

Ha divulgado la ciencia desde varios medios de comunicación, a los que considera necesarios para difundir el conocimiento científico y tecnológico. «La prensa y los medios en general han mejorado mucho en este aspecto, pero aún queda camino por recorrer».