Millás y Lucía, la mujer pájaro

Juan José Millás (Valencia, 1946) es, desde hace años, un sólido representante del realismo fantástico; una estética narrativa caracterizada por la inserción de la inventiva quimérica en un marco de cotidiana habitualidad. En sus más emblemáticas novelas, como «El desorden de tu nombre» (1987), «La soledad era esto» (1990), «Dos mujeres en Praga» (2002) o «Desde la sombra» (2016), aparece el componente alucinado que vulnera la verosimilitud complaciente del relato tradicional. Personajes y situaciones retan la veracidad de la trama realista formulando una lógica irracional en el devenir de unos atrabiliarios acontecimientos. Una escritura, en fin, que requiere la complicidad de un lector activo, que empatice con un estilo cercano al esperpento, auxiliado por la parodia crítica, el escepticismo irónico y la hilarante sátira. «Que nadie duerma» abunda en esta línea transgresora con la historia de Lucía, una programadora de sistemas que pierde su empleo con la fraudulenta quiebra de su empresa; a partir de aquí rehace su vida laboral conduciendo un taxi por las calles de una ambivalente ciudad, Madrid o Pekín indistinta y sorprendentemente, intimando con un abanico de desquiciados clientes, huyendo de la infortunada mediocridad. En paralelo, ha oído, procedente del piso de un vecino, el aria operística «Nessun dorma» –«Que nadie duerma» del título del libro– de la «Turandot» de Puccini; conoce así al melómano Braulio Botas y se inicia un obsesivo enamoramiento, la pertinaz búsqueda de una identidad mutante y ambigua.

Lucía, contemplándose en el espejo como una extraña «falsa delgada», comprueba que «la vida se cuela en la ficción» (pág. 128), recreando un ilusorio imaginario de dobles verdades y engañosas apariencias. Su madre le repetía desde la niñez una enigmática sentencia vagamente premonitoria: «Algo va a suceder», creando la inquietante expectativa de sucesivas peripecias imprevistas, acotando las posiblidades del incierto destino.

La mujer párrafo

Nuestra protagonista, en clara simbología kafkiana, se percibe a sí misma, ocasionalmente, como mujer pájaro, con rasgos de taimada versatilidad, crueles reflejos sentimentales y arbitrarias reacciones psicológicas: «Tenía un pico curvo, muy duro, capaz de desgarrar la pared del vientre de un hombre y extraerle las entrañas» (pág. 167). Amor, soledad, deseo, frustración, esperanza o fracaso son los referentes de un relato bien estructurado, de pesimista comicidad, lúdico erotismo, intrigante suspense y ágil ritmo argumental; Juan José Millás insistiendo en sus mejores caracteres narrativos.